Beato Gárate

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El Beatro Francisco Gárate nació en Azpeitia, Guipuzcoa, el 1857. Azpeitia es una pequeña localidad famosa por ser cuna del más grande santo español, San Ignacio de Loyola. Sus padres Francisco  y María Bautista labradores, formaban un hogar ejemplar. De los siete hijos que tuvieron, tres entrarían en la Compañía de Jesús: Francisco, Ignacio y Domingo Andrés. En el caserío familiar, por pesadas que fueran las ocupaciones, ni un solo día se dejaba de honrar a la Santísima Virgen con el rezo del rosario reunida toda la familia. Frecuentaban los Sacramentos. Los domingos y días de fiesta acudían a la Misa Mayor.

Desde niño se distinguió entre sus propios hermanos en las tres virtudes que andando el tiempo habían de manifestarse en él de un modo admirable: el amor al trabajo, la humilde obediencia y el deseo de complacer y servir a todos. A los 14 años fue enviado a Orduña como criado en el Colegio de Nuestra Señora de la Antigua, de los Jesuitas, donde al cabo de tres años, resolvió consagrarse a Dios, que le llamaba a la Compañía de Jesús. Hizo el Noviciado en Poyanne, y los votos religiosos en 1876.

Desde Poyanne fue destinado al H. Gárate a La Guardia. Llegó el 30 de octubre de 1877. Se le confiaron los oficios de sacristán y de enfermero, a los que el Hermano se entregó con toda su alma. De él se dijo: "Para los tres colegios del Centro de La Guardia, no había más enfermero que el H. Gárate.(...) El nuevo Rector P. Landa le prohibió ayunar al H. Gárate porque, si no perdía agilidad, iba perdiendo carnes. Nadie le aventajaba entre los Hermanos en el cumplimiento de sus deberes. Siempre alegre, siempre risueño y de buen humor, pero manteniendo a raya con discreción al que abusaba de su confianza" Siendo enfermero, ni comía ni dormía ni hacía otra cosa que atender a cada enfermo. Así que decidieron liberarle del oficio de enfermero y dejarle simplemente como ayudante del sacristán. Ya se pensaba destinarle a Deusto, aunque no antes de que el Hermano emitiera sus Últimos Votos. El 15 de agosto de 1887 el H. Gárate emitió sus Últimos Votos de jesuita en la Capilla del Colegio de La Guardia. Y un día de primavera de 1888 se presentó en los Estudios Superiores de Deusto con un maletín de cartón. Allí iba a pasar el resto de su vida: 41 años.

Solo hizo tres salidas en esos 41 años: Tres días en Loyola en 1921 para celebrar las fiestas centenarias de la Herida de su ilustre paisano San Igancio en Pamplona. Un día en Orduña en 1927 para asistir a las bodas de oro de su hermano Ignacio. Y un día en la enfermería en 1929. Menos de un día: a las pocas horas iba a encontrarse con el portero del cielo. Recuerda un subordinado (y futuro jesuíta) "No nos mandaba más trabajo que el que pudiésemos fácilmente hacer, y él nos daba ejemplo yendo por delante. Muchas veces prefería hacer las cosas que molestar, aun a los empleados. Nunca se olvidaba de cumplir sus promesas, cuando las había hecho por algún trabajo extra que nos mandara. Aprovechando la circunstancia de que guardábamos las escobas debajo del tablado de su aposento, asomé la cabeza por ver cómo lo tenía. Tenía incluso menos cosas que nosotros, los sirvientes. Nosotros teníamos trípode para la palangana y la jarra. El tenía simplemente una jofaina sobre la silla. Cuando quería lavarse o afeitarse, tenía que bajar con su jofaina a tomar agua de la fuente del patio. Se lo vi hacer, cuando no había podido hacerlo antes. Usaba cilicio. Aprovechaba ratos de calma para retirarse a orar en alguna habitación de la portería. Los días de fiesta hacíamos la limpieza de los bancos de la Capilla como de ordinario, pero nosotros nos dábamos prisa para quedar libres. Él lo notaba y nos advertía que no habíamos hecho bien la limpieza y, con suavidad, sin enfadarse, decía: “No tenéis que hacer las cosas porque os vean, sino por Aquél”, y apuntaba al Sagrario. Nos inculcaba la devoción al Santísimo Sacramento, diciendo que hiciésemos el saludo con respeto. Con frecuencia se le escapaban los nombres ‘Jesús, María y José’. Cuando rezábamos el Rosario paseando, a veces nos hacía sentar, pero él seguía en pie. ¡Tenía una sonrisa cuando hablaba de Dios! Nos decía: “Si en este mundo somos mal pagados, no ocurrirá así en el otro”, “No procedáis bien para ser vistos de los hombres, que Dios será nuestro pagador”."

Cuando llegaban pobres, iba a la cocina a procurarse algo para ellos. El Hermano Cocinero (Bereciartúa, el de Katxalan), paisano suyo, le recibía algo bruscamente, pero terminaba dándole todo lo que pedía. Aconsejaba a los pobres que cumpliesen con sus deberes religiosos. Les preguntaba si habían oído Misa y les exhortaba a no dejarla. En la época de la Dictadura de Primo de Rivera, había sido nombrado Ministro de Economía D. Francisco Moreno, Conde de los Andes, uno de los primeros alumnos de la Universidad. Sus antiguos conocidos organizaron una comida de homenaje en Deusto. Al llegar al hall, en mitad del barullo, el Ministro alzó la voz en ademán de pedir silencio. Y señalando al portero dijo a todo el mundo: “¡¡¡Aquí está el santo!!!”. El H. Gárate, sin levantar la vista, respondió: “Tú siempre el mismo. ¡Poca cabesa! ¡Poca cabesa! Se tuvo el banquete y el homenajeado pidió al Rector P. Sagarminaga, que llamase al Hermano. Recibió una estruendosa ovación, la gran ovación de su vida en este mundo. En cuanto pudo, se escurrió y regresó a la portería.”.

El Decreto de virtudes heroicas le llama "el Santo de la vida ordinaria". Cifró la santidad en cumplir a la perfeccion su obligación. No tuvo heroicidades específicas, ni actos heroicos deslumbrantes. "No hay virtud mas eminente que el hacer sencillamente lo que tenemos que hacer". "La gran lección del H. Garate, recordaba el P. Arrupe, es la mejor leccion impartida en Deusto".