Confesión

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Una de las recomendaciones que la Iglesia no propone para la Cuaresma es la de acudir a la confesión. Al fin y al cabo, estamos preparándonos para que el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, padezca Su Pasión, Muerte y Resurrección para salvarnos.

La confesión, como otras tantas cosas de nuestra fe, es en apariencia algo duro, que cuesta, que dejamos para mañana pero que luego, obra sus efectos y nos preguntamos porqué no lo habré hecho antes y más veces.

Por eso, entre los creyentes hay tantos chistes y anécdotas sobre la confesión.

Tengo al costumbre de ir a Misa por la mañana como forma de empezar el día y en función de las circunstancias he ido a unas o a otras pero al que uso más frecuentemente ahora es muy especial. Está en una casa de los Carmelitas, donde hay frailes y novicios y cuando llegas con tiempo les ves con su característico marrón y capucha. El edificio per se es feo aunque ha tratado de embellecerlo en el Altar con unas piedras que forran el ábside y un par de ventanas de alabastro. Si no fuera por eso, podría pasar por una nave de almacenamiento y como en tantas iglesias “de diario”, el público es reincidente, como lo soy yo, supongo. Caras que se van haciendo familiares con el paso de las semanas.

Todo esto viene a cuento porque siendo una Misa con 20 o 30 feligreses, cada mañana, unos minutos antes de empezar la Misa, entra por detrás un carmelita muy anciano al que oyes entrar porque va arrastrando los pies y justo al llegar a la altura de mi sitio habitual, abre su puerta del confesionario, se sienta y cierra. Unos días con otros, tiene uno o dos “cliente”.

Al empezar la Cuaresma, me propuse confesarme, pero por un viaje o por llegar tarde, fueron pasando los días; no me preocupé porque sabía que todos los días, el anciano carmelita entraría arrastrando los zapatos y encendería la luz verde así que el otro día salí de casa con tiempo, me prepare en silencia la confesión y esperé a que llegara y …ese día no salió. Lo mismo al día siguiente y así hasta tres. Pensé: como he hecho esperar a Dios en mi confesión, ahora el confesor me hace esperar. Lógicamente no fue así, el anciano estaba enfermo y cuando tuvo fuerzas volvió a salir, pero me hizo pensar.

¿cuánto hacemos esperar a Dios? ¿qué excusas encontramos para retrasar la confesión? ¿te imaginas que su perdón se retrasara días o semanas?

Da mucho que pensar…