perseverancia

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Leía el otro día un artículo que, con un toque de ironía decía que la mejor forma de santidad es una vida corta, de unos seis o siete días. Lo decía con ironía, pero arropado por una dosis de realismo ya que conociéndonos como nos conocemos, se concluye que nuestro deslizamiento hacia el pecado es reiterativo.

No solo por las veces en las que caemos si no porque son siempre los mismos pecados.

Al seguir leyendo descubrí que el autor era un protestante convertido al catolicismo, por tanto, alguien que se ha enamorado en vida de Cristo, no alguien que se ha educado en Él y eso, le da algunas ventajas. Por ejemplo, valora más que nosotros el sacramento de la penitencia.

Este sacramento que, como requiere dolor de corazón, es, eso, doloroso, es un enorme regalo que Cristo nos dejó y que los hermanos separados en los diferentes cismas han perdido. De eso que un protestante escriba sobre la gracia que nos da la penitencia.

Pero no es ciego y como todos, cuando rascamos en nuestra conciencia o cuando ella sola nos pica ante nuestras debilidades, se da cuenta de que la reincidencia exige un espíritu fuerte, levantarse una vez más que el número de caídas y eso se llama la perseverancia, preciosa palabra.

No aceptar la derrota, no aceptar la no victoria, no aceptar lo malo como lo normal, pelear pelotas imposibles como Nadal o adelantar en sitios inverosímiles como Marquez, son muestras de perseverancia.

Lo contrario de la blandura de los tiempos actuales en los que nos convencen de que ante el dolor, la eutanasia, ante el sufrimiento, drógate o evádete, si no consigues lo que quieres, una subvención de papa Estado.

Eso por nuestro lado.

Y eso es posible porque Cristo usó un número misericordioso, el 490. Porque nos dijo (aunque no hubiera grabadoras) que el perdón se extiende al menos 70 veces 7. Podemos perseverar porque sabemos que al menos 490 nos van a perdonar y como hizo el hijo pródigo, diremos: si, me levantaré volveré junto a mi padre y Él abrirá su manto amoroso para resguardarnos del frío del pecado