Sínodos

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Es la palabra de moda en la Iglesia Católica. Lo que antes era un episodio más de la vida de la organización con transcendencia esencialmente hacia dentro, se ha convertido en el centro de la vida de la Iglesia y no solo de hecho si no de derecho tras las últimas modificaciones normativas aprobadas.

Probablemente todo empezó hace unos pocos años con el ruido y la música previos al anterior sínodo. Si se oyó lo que se oyó, no quiero pensar en todas las cosas que pasaron y que no trascendieron. Pero no solo eso, los trabajos y los documentos de ese sínodo fueron como las batallas medievales o napoleónicas en las que unos se tiran sobre otros con la orden de no hacer prisioneros. Y el remate fue el documento aprobado. Sin entrar en la discusión del contenido ni de la forma en la que se publicó, el texto y sus lecturas posteriores fueron otro campo de batalla en la que el general en jefe fue tomando posiciones contradictorias antes las discusiones que mantenían sus mariscales ante el desconcierto de la tropa.

Ahora, tras unos meses en los que se ha preparado el siguiente sínodo, ya se ha publicado el texto. Y el desarrollo de éste parece un calco del anterior: globos sonda para ver qué era “tragable”, bandos enfrentados, posicionamientos públicos de personajes de alto rango, ideas personales presentadas como doctrina asentada, documentos de trabajo llenos de trampas.

Terrible porque, todo ello no es más que un gran fracaso.

Puede que una facción quisiera de buena fe que se olvidara el concepto de pecado y para ello empezara difuminándolo para que el tiempo lo borrara. Puede que la otra facción quisiera recuperar el poder perdido con el cambio de Papa. También es posible que algunos no tan bien intencionados, quisieran dar carta de naturaleza a sus pecados, que su incontrolada homosexualidad quedara bendecida, que su incontinencia y falta de castidad quedara regularizada.

Pero todo eso, es un gran fracaso.

Lo que están consiguiendo es que los católicos de a pie consideremos a la estructura de la Iglesia (a los que llamamos la Jerarquía), de modo similar a los políticos. Que hacen lo que hacen por su interés y no por el interés de la gente. Y cuando hartos de votar a quien incumple sus promesas votamos a los llamados “populistas”, todavía se sorprenden. O tal vez, se parezcan a los euro-burócratas, que dictan resoluciones desde su inatacable torre de marfil y cuando una nación muestra su desapego, te tachan de euroescéptico.

Pues eso, un gran error, un gran fracaso.

El sínodo ha publicado un documento, me da igual que tenga 57 que 75 puntos; algo elaborado en esas condiciones no puede ser más que un panaché de verduras de ideas. Que la Verdad os hará libres, queda relegado a la búsqueda de consensos. Que la Palabra es Palabra de Dios y por tanto inmutable, lo arreglamos con vergüenzas intelectuales como separar Dogma de Pastoral.

Una vergüenza, un gran error y un doloroso fracaso.

De todos estos meses de angustia e incertidumbre en torno a ese Sínodo, yo me quedo con una frase pronunciada por un grupo de jóvenes: no queremos moldear a la Iglesia, queremos que ella nos moldee a nosotros.

Padres sinodales, ¿Ha quedado claro?