multitudes

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Los hombres somos animales sociales, es decir, necesitamos vivir en sociedad. Esta característica no es exclusiva de los humanos, muchos animales lo son, con sus diferencias e intensidades.

Y dentro de esta sociabilidad, una de las manifestaciones es que nos gusta el contacto con otros humanos. Nos gusta o no nos importa. Prueba de ello son las muestras de afecto y de sexualidad pero también lo son la atracción de las colas; pon a tres personas en cola y enseguida, otro se unirá, no sabrá porqué pero tenemos una pulsión interna hacia las colas. O también las multitudes, por ejemplo, un estadio de futbol, un concierto de un cantante postadolescente que hace un play back malísimo pero que baila bien, un viaje en Metro en punta y así multitud de ejemplos. Esto, tampoco es exclusivo de los humanos. Los corderos actúan así, los monos, también, los bandos de sardinas son lo más parecido a una caravana de día del orgullo gay.

Frente a estas relaciones sociales en multitud, los humanos necesitamos, y por tanto, buscamos, las relaciones personales, de tu a tu, para ti y para mi. Aquí la humanidad hace muy específica la forma de relacionarse. Mirar a los ojos mientras te habla tu amada o tu hijo es algo que mueve el mundo. La caricia de una madre cura enfermedades y aleja miedos. El abrazo de un amigo recuperado activa sentimientos específicos del ser humano.

Pues esto es lo que le ha pasado a Cristo en el Texto de este domingo 1 de Julio (Mc 5, 21-43)

“…Le seguía un gran gentío que le oprimía…” En otras traducciones he leído la palabra apretujaba. No se cuál es la más adecuada pero sin duda, hoy, apretujar es una palabra llena de contenido. La gente quería el contacto gregario con Cristo. Y eso, el Señor lo lleva con dignidad.

Pero en medio de esa multitud que le apretujaba, una mujer, “se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto”. Una persona que busca el contacto con otra persona. Una timidez que se supera para pedir un favor.

Y mientras Cristo sobrellevaba el contacto de la multitud, recordad el ejemplo del Metro en hora punta, notó el contacto de una persona, una específica, con su realidad específica, con su dolor. Y Él la busca en medio de la multitud. Y ella, seguro que bajó la mirada, intimidada, sin darse cuenta de que la mirada del Otro iba a salvarla, iba a curarla.

Y así es nuestra vida, nos movemos como una sardina más dentro del banco, nos dirigimos como ovejas al aprisco a pasar la noche, pero debemos mirar a los ojos de Cristo y acomodarnos en sus brazos en un, de tu a tu consolador, sanador