Ya no es Nochebuena

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El núcleo central de las Navidades ha pasado. Queda la epifanía, tan querida como abandonada pero lo que ahora disfrutamos son unas vacaciones “civiles” así que podríamos decir que el Niño ya no nacerá hasta el año que viene. Luego vendrá la Semana Santa en la que el Niño habrá crecido, dictado los Evangelios, pasará por la Pasión, morirá, bajará a los infiernos y al tercer día resucitará y, de nuevo, hasta el año siguiente.

Este círculo es en el fondo, un mecanismo, un truco que los hombres empleamos para recordar. Son las efemérides que también se aplican al resto de nuestra vida: nuestro cumpleaños, nuestro aniversario de boda, el aniversario de la muerte de nuestros padres, el día de la Patria, incluso algunos celebran el día del orgullo gay. Fijamos un punto en el calendario y lo repetimos con una cadencia.

La verdad es que la vida discurre de otra forma: a nuestras mujeres la deberíamos celebrar cada día como si fuera el del aniversario, a nuestros padres los deberíamos echar de menos aunque no fuera el aniversario de esa noche en la que cerró los ojos para siempre, deberíamos abrazar a nuestros hijos todos los días aunque no fuera el aniversario de que su madre te diera ese bichito con el pelo pegado y los ojos rasgados.

Y si la vida es así, con más razón nuestro recuerdo hacia las entregas que Cristo hizo de Sí hacia nosotros.

Probablemente Cristo nació en una fecha cercana al 24 de diciembre de hace unos 2017 años. Pero tomemos tanto el día, el mes y el año como una aproximación. Y qué decir de la Pasión, Muerte y Resurrección, basados en el calendario lunar.

Pero, creo, sin soporte teológico alguno, que el Niño nace en todo momento del año, en paralelo a que en cada momento nace un niño. Nace para ese niño que viene al mundo y así lo hacen los pastores que adoran al Niño sin parar, o los Reyes Magos y los soldados de Herodes. Cada día, ese Niño que la Virgen besó descubriendo en Él los rasgos de Su padre y de ella, nace en un continuo, iniciando todos y cada uno de los ciclos vitales de cada una de las criaturas de Dios.

Pero también en ese mismo continuo, Cristo sube a Jerusalén, se arrodilla y llora en el Huerto de los Olivos, es prendido, azotado, juzgado, sube al Calvario, dice las siete últimas palabras, se entrega a su Abba, expira, sorprende a la de Magdala, sorprende al discípulo al que tanto ama, se presenta a su madre y a los 11. Esto es algo que los hombres no somos capaces de entender porque somos humanos, no divinos.

Ya se que es imposible mantener la tensión todo el rato y que por eso las efemérides funcionan tan bien pero en los momentos de debilidad, de duda o de desesperación, debemos saber que en ese mismo instante, Cristo en su inmensidad, está naciendo y padeciendo, muriendo y resucitando por mí y por todas sus criaturas.

Y que eso es el amor de Dios.