El tirano de Siracusa

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Dionisio, el tirano de Siracusa, era cruel y sanguinario. El pueblo lo odiaba y él lo sabía. Pero un día, para su asombro supo de una anciana que rezaba por él y su salud a diario en el templo. Intrigado por ello la mandó llamar. Ella le explicó sus oraciones: "Siedo yo niña, tuvimos un tirano muy cruel. Rogué a los dioses que se lo llevasen, y los dioses me escucharon. Pero al tirano aquel le sucedió otro peor. Por lo que volví a rogar para que también se lo llevasen, y otra vez fueron mis ruegos atendidos. Después viniste tú, que has hecho buenos a los antecesores. Por ello, escarmentada, pido a los dioses te alarguen la vida convencida de que el siguiente será aún peor".

Por muy ingrato, desdeñoso, incapaz o mendaz que nos parezca nuestro párroco, nuestro obispo o el mismísimo Papa, tengamos mucho cuidado en desear sea removido o que se nos jubile. Todo es susceptible de empeorar. Mejor dediquemos nuestras oraciones a que corrija su comportamiento y actitud.