De tan moderno, que ya era antiguo

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Qué gusto por ser moderno, contemporáneo. Cómo gustan en señalar la necesidad de un aggiornamiento eclesial, de vocear que buena parte de lo que la Iglesia sostiene ante un mundo cambiante está desfasado. Patético. Como las películas llenas de lo último en moda, que en una década produce rubor el vestuario que lucen los actores, esos escritos y tantas ideas modernas se demuestran ajadas ante un buen texto pontificio. Señores, todo está inventado, no hay herejías innovadoras.

Escribía León XIII, un extraordinario pontífice, en 1899 una carta al cardenal Gibbons, arzobispo de Baltimore. "Testem benevolentiae". Trataba de varios temas de actualidad en aquella época, algunos asuntos ahora del todo sin interés, fuera del meramente historiográfico. Pero hay un par de párrafos que leídos hoy, dan que pensar.

"El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al "depósito de la fe". Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado. No se necesitan muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano dice al respecto: «La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta, como una invención filosófica, para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que ha sido entregada como un divino depósito a la Esposa de Cristo para ser guardada fielmente y declarada infaliblemente. De aquí que el significado de los sagrados dogmas que Nuestra Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una comprensión más profunda de los mismos» (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV).

No podemos considerar como enteramente inocente el silencio que intencionalmente conduce a la omisión o desprecio de alguno de los principios de la doctrina cristiana, ya que todos los principios vienen del mismo Autor y Maestro, «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18). Estos están adaptados a todos los tiempos y a todas las naciones, como se ve claramente por las palabras de Nuestro Señor a sus apóstoles: «Id, pues, enseñad a todas las naciones; enseñándoles a observar todo lo que os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,19). Sobre este punto dice el Concilio Vaticano: «Deben ser creídas con fe divina y católica todo aquello que está contenido en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio» (Constitutio de Fide Catholica, cap. III)."

Las negritas son mías. ¿Se ven reflejados en estas sabias palabras tantos que pregonan la necesidad de diluir la doctrina para que sea consumida con mayor facilidad y por mayor número de personas? ¿Caen en la cuenta de su futilidad?