El Papa Francisco

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Quisiera conocer a esa persona que afirma sinceramente no sentirse sorprendido en el inicio del pontificado de Francisco. La inmensa mayoría de los católicos tenían como mucho una ligera idea de la existencia de un indeterminado cardenal llamado Bergoglio. Tan incierta su nacionalidad como sus méritos, virtudes y enseñanzas. Para este grupo, cualquier acto un poco fuera del estándar atribuido a un pontífice ya resulta una sorpresa. Para aquellos que conocíamos una parte de su trayectoria a la sorpresa de su designación (en mi caso mayúscula) se ha sumado el estupor y el encanto ante sus declaraciones y actuaciones.

Es inevitable comparar a un pontífice con su antecesor; especialmente en un caso como el que nos ocupa, donde el antecesor está vivo y observa callado el quehacer del sucesor. Por ello cada acto o manera del nuevo se compara con el correspondiente del anterior. Si este se muestra risueño, se habla de la seriedad del otro. Si uno gusta del contacto de la gente, hablamos de la tremenda timidez de BXVI. Pero también lo hacemos a la inversa. Si se nos aburrió con el tema de los zapatos del BXVI ahora se dedica alguna portada a los zapatones gastados de Francisco. Si BXVI gustaba de utilizar la vestimenta propia del Papa y aprovechaba las posibilidades estéticas que la historia eclesial ha permitido que florezcan, se señala el reparo de Francisco por cualquier signo externo de boato.

Esta dualidad permanente, que aún durará un tiempo, esta confrontación con poco contenido entre lo que X hacía y lo que Y ahora dice, sirve para llenar columnas periodísticas. Para poco más. Conviene fijarse en aquellas cosas esenciales que BXVI se empeñaba en subrayar y dejar a un lado lo que tiene de idiosincrasia y es puramente propio del Papa como ser humano. Francisco no podrá (no deberá) soslayar esas cosas. Del resto, hará lo que considere, con libertad.

 "¡Cómo me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres!"

Primer aviso para quienes admiramos la manera de reinar de BXVI. Dos cualidades sobresalientes de BXVI fueron su bondad y su precisión. Para el alemán, nada estaba en un texto o en una alocución porque hiciera bonito, sonase bien o se le hubiese ocurrido de repente. No. Leía sus discursos para decir lo que tenía muy pensado (memorable por inusual como en su despedida llegó a improvisar sus razones) meditado, medido y sopesado. Su terminología era precisa y como teólogo y como profesor no permitía la duda al oyente.

Francisco es evidente que es de otra escuela. Improvisa, teniendo claro su discurso de fondo, teniendo claras sus ideas base, se lanza a la perorata. Tiene tanto de italiano como de argentino en sus caracteres más prototípicos. Esto nos obliga a no tomar tan al pie de la letra lo dicho. Porque si no fuera así ¿cómo interpretar sus palabras? Cuando dice Iglesia ¿se refiere al pueblo de Dios o a la institución eclesial? Si fuera lo primero ¿quiere vernos a los católicos mendigando? Si fuera lo segundo ¿afirma que hay sacerdotes, monjas, obispos o papas que viven como reyes? Y cuando se refiere al fin de la Iglesia, ese “para los pobres” ¿pretende decir que no está volcada en ellos desde hace muchísimo? Es evidente que no se le puede tomar al pie de la letra y que lo que quiere decir es otra cosa y que con buena voluntad, todos lo entendemos.

El cristianismo condena con la misma fuerza tanto al comunismo como al capitalismo salvaje. Existe una propiedad privada, pero con la obligación de socializarla en parámetros justos. Un ejemplo claro de lo que sucede es lo que pasa con el dinero que fuga al exterior. El dinero también tiene patria, y aquel que explota una industria en el país y se lleva el dinero para guardarlo afuera está pecando. Porque no honra con ese dinero al país que le da la riqueza, al pueblo que trabaja para generar esa riqueza.

Esta declaración es obra del cardenal Bergoglio. Lo que piensa el hombre como cardenal no tiene que ser necesariamente lo que piensa ese mismo hombre como Papa (el caso del cardenal Mastai luego Pío IX y la unificación italiana es paradigmático). Pero con la importancia que tiene en el pensamiento económico y social del catolicismo, aunque trasciende a todo occidente, la Doctrina Social de la Iglesia, me pone ciertamente nervioso que una idea tan contraria a la ciencia económica como la expresada pudiera plasmarse en alguna encíclica o documento papal de relieve.

No es mi intención tratar el tema en profundidad, pero sirva este ejemplo para subrayar la falta de precisión terminológica de Bergoglio que parece trasladarse a Francisco. El capitalismo, como sistema humano es imperfecto. Tiene muchos fallos, y de hecho su aplicación completa no creo que haya llegado jamás a ser instaurada. Pero dichos fallos no invalidan la certeza de su idoneidad frente al resto de sistemas. ¿Tendría sentido una oración como “El cristianismo condena con la misma fuerza tanto a las dictaduras como a la democracia salvaje.”? Yo diría que no. Los fallos evidentes de las democracias no convierten el sistema en equivocado o en sustituible. Que gracias a la democracia lleguen al poder dirigentes como Hitler o Chavez no convierten a la democracia en una bicha a la que mentar para asustar a la gente. Y no tiene sentido añadirle el epíteto de “salvaje” al término capitalismo para justificar políticas en gran medida liberticidas. Que las buenas intenciones, y aquí habría que señalar todo el trabajo de Bergoglio a favor de los necesitados, no nos empujen a predicar políticas equivocadas.

El Papa Francisco se está destapando como una agradabilísima sorpresa. Sus gestos y palabras llenan de sonrisas las caras de los oyentes. Acostumbrémonos en este pontificado a escuchar más la música que fijarnos en la letra. Está capacitado para grandes cosas, ayudémosle como él nos pide insistentemente. Recemos por él.