Una semana decisiva

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Cuando estamos a punto de entrar en la semana decisiva en la que se puede consumar, Dios no lo quiera, el cisma en Alemania, han ocurrido algunas cosas significativas. En primer lugar, un grupo de origen brasileño y portugués han comenzado una recogida de firmas para pedir al Santo Padre que intervenga y no permita la bendición de parejas homosexuales, prevista para el día 10; este grupo viene avalado por el apoyo del cardenal Zen -emérito de Hong Kong- y por monseñor Schneider, y han aportado su firma, hasta ahora, un numeroso grupo de sacerdotes y laicos.

En segundo lugar, un experto en Derecho Canónico, juez en la Archidiócesis de Colonia, Gero Weishaupt, ha recordado que los que lleven a cabo esas bendiciones, las apoyen o las toleren están ejecutando un acto de desobediencia al Papa, lo cual constituye un acto cismático con una herejía subyacente, lo cual implica incurrir en la pena canónica de la excomunión; esta excomunión se produce bajo la forma de “latae sententiae”, es decir que el interesado sabe que está excomulgado y no puede impartir sacramentos, pero no es pública esa excomunión hasta que no haya un decreto del Papa; esta excomunión es automática y afecta tanto a obispos como sacerdotes.

En tercer lugar, según publica un diario alemán, el canonista Thomas Schüller afirma que el cardenal Marx -arzobispo de Münich-, monseñor Bätzing -obispo de Limburgo y presidente de los obispos alemanes- y monseñor Ackermann -obispo de Triers-, han protegido a un sacerdote pederasta. Eso implicaría, si se demuestra, que los tres se verían sometidos a un juicio civil, pues los hechos ocurrieron en 2006, y que se verían obligados a renunciar a sus cargos episcopales. Siendo los tres obispos representantes de máximo nivel del sector que promueve el Sínodo alemán, de confirmarse la acusación podría producirse un giro de 180 grados en la aplicación de las reformas que promueven.

Hasta aquí lo más relevante que ha ocurrido esta semana sobre este tema. Pero hay dos cosas que me preocupan. La primera es el lenguaje que están utilizando algunos de los que defienden la fidelidad a la Iglesia. Hay que evitar toda palabra que suene a insulto y que implique agresividad. El Vaticano ha sido muy cuidadoso al tratar estos temas y siempre ha dejado claro que los homosexuales merecen el mayor respeto, aunque no se esté de acuerdo con su comportamiento. La agresividad se vuelve contra el que la practica y quita la razón incluso al que la tiene.

Me preocupa también que se esté insistiendo tanto en la cuestión de las bendiciones a las parejas homosexuales y que no se hable nada del proyecto de dar la comunión a los protestantes. Si no se puede bendecir un pecado, como ha recordado la Congregación para la Doctrina de la Fe, siempre será más grave cometerlo que bendecirlo. Lo peor que podemos hacer es cometer un sacrilegio contra la Eucaristía, porque ahí está realmente presente Cristo, en cuerpo y alma, humanidad y divinidad. Si la Iglesia no defiende la Eucaristía, no defiende a Cristo, y si no defiende a Cristo no tiene sentido su existencia. Considero, pues, que es un error librar la batalla para impedir la bendición de las uniones homosexuales y a la vez olvidar que pocos días después está previsto llevar a cabo un sacrilegio masivo y público.

En todo caso, como he dicho, los acontecimientos pueden dar un giro si se confirman las acusaciones contra los tres obispos alemanes implicados en un caso de protección a un pederasta. Debemos seguir rezando, a la vez que alzamos nuestra voz y hacemos todo lo posible, sin faltarle el respeto a nadie, para evitar que esas cosas ocurran.