Las parroquias, a examen

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En pleno verano y con muchas parroquias cerradas o bajo mínimos debido a la pandemia, la Congregación para el Clero, que preside el cardenal Stella, ha sacado un documento sobre las parroquias. Sin que se pueda decir que hay en él nada esencialmente nuevo, ha provocado reacciones de rechazo en distintos sitios y por motivos diversos.

La exigencia de que no se pidan tarifas fijas por los sacramentos, ha molestado sobre todo a algunos párrocos de Latinoamérica. Afirman que muchos de sus feligreses, si se les dice que den lo que quieran por el sacramento que solicitan (sobre todo misas por difuntos, celebraciones de quinceañeras, bautizos y bodas) no van a dar nada o casi nada. La consecuencia sería que la parroquia no podría sobrevivir sólo con las colectas y esas aportaciones voluntarias. Y, por supuesto, tampoco podrían hacerse obras de caridad. Acusan, además, a los que han hecho el documento de no conocer la realidad en que viven muchas parroquias y muchos sacerdotes, que es de gran pobreza, quizá porque llevan aislados demasiado tiempo en los palacios vaticanos.

Personalmente creo que, sobre este punto, habría que fijarse sobre todo en la intención que persigue el documento y que no es, me parece a mí, asfixiar económicamente a las parroquias, ya de por sí en condiciones precarias muchas de ellas. Se trata de que a nadie se le niegue un sacramento porque no tiene dinero y de que no se utilicen las intenciones de las misas aplicadas a los difuntos para recaudar lo que no se obtiene con la colecta. Varias veces, en varios países latinos, he visto que cinco o diez minutos antes de empezar la misa se comienzan a recitar los nombres de las personas por las que se va a ofrecer la Eucaristía, tanto difuntos como enfermos y otras intenciones; es una prueba de la fe de la gente en el valor de la Santa Misa, pero no debería convertirse en una comercialización de la misma. Me parece a mí, por lo tanto, que lo que el Vaticano quiere es evitar los abusos y permitir el acceso a los sacramentos a todos, aunque no puedan pagar. Por lo que conozco, y creo que es bastante, raro será el párroco que niegue un sacramento a alguien porque no tiene dinero.

Las críticas más duras han surgido, sin embargo, de Alemania. Aquí sí son serias las cosas en cuestión de dinero. Si no pagas el impuesto anual por ser católico, eres considerado un apóstata y no tienes derecho a recibir los sacramentos. Me imagino que en las grandes ciudades se podrá ir a comulgar, aunque no se haya pagado, e incluso es posible que se pueda confesar, pero en las comunidades pequeñas donde todo el mundo se conoce el control es exhaustivo. Y en cualquier caso, si no has pagado el impuesto, no tienes acceso a los otros sacramentos (bautismo, confirmación, matrimonio o unción de enfermos). Lo de las tarifas, por lo tanto, les afecta directamente a ellos, ya que lo que están haciendo es muchísimo más que cobrar una tarifa por una Misa. Por eso, y porque la instrucción de la Congregación del Clero recuerda que el párroco sólo puede ser un sacerdote, que el laico no puede predicar la homilía en las Misas y que los Consejos parroquiales (el de economía y el de pastoral) son sólo consultivos, muchos obispos alemanes han cargado duramente contra el Vaticano. Como siempre, los pocos prelados conservadores, encabezados por el cardenal Meisner de Colonia, han sido los únicos que han salido en defensa de Roma, mientras que otros han acusado al documento de ser teológicamente deficiente, de que traerá más mal que bien a la Iglesia, de que es un freno al trabajo de los laicos, de que limita su libertad como obispos, y han llegado a afirmar que es un documento que nunca debería haber sido publicado.

Quizá lo que habría que plantearse de una vez es la supresión en Alemania del impuesto religioso, porque eso es muchísimo más grave que pedir una tarifa por una misa. Incluso en el caso de abusos, que no justifico, lo que se recauda en Latinoamérica con las tarifas es una migaja en comparación con lo que recogen en Alemania con el impuesto. De paso, habría que recordar a la mayoría de los obispos alemanes que si no están en comunión plena con Roma han dejado de ser católicos.