El futuro es el pasado

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Esta semana me han llamado la atención los pronunciamientos de dos cardenales africanos. Prácticamente han pasado desapercibidos, primero por su contenido y segundo porque procedían de africanos, que son los grandes olvidados.

El cardenal Napier, arzobispo de Durban, se ha referido a lo que está sucediendo en Estados Unidos con la violencia desatada, directa o indirectamente, por el movimiento “Black Lives Matter”. Para el cardenal surafricano, este movimiento ha sido secuestrado por aquellos que quieren destruir lo mejor de las civilizaciones y se pregunta por qué no protestan contra el aborto, que es la mayor causa de mortalidad en la población negra norteamericana. El 36 por ciento de los abortos que se producen en Estados Unidos ocurren entre afroamericanos, siendo sólo el 13 por ciento de la población.

El otro cardenal africano que ha intervenido ha sido el arzobispo de Kinshasa, en el Congo, monseñor Ambongo. En una homilía pronunciada con motivo del 60 aniversario de la independencia de su país, ha tenido el valor de pedir a sus conciudadanos, negros como él, que dejen de echar la culpa de todos sus males a los colonizadores blancos. Y eso que la colonización del Congo por Bélgica ha sido una de las más dañinas de la historia. Queríamos vivir como los blancos -ha afirmado- y ocupar las casas de los blancos, pero no queríamos trabajar como los blancos.

Qué fácil es echar la culpa de lo que va mal a los que nos han precedido o a otros países. Es un recurso que explotan muy bien los dictadores de turno para desviar la atención del pueblo y lograr que no se fijen en su incompetencia o en su corrupción. Y eso vale no sólo para los africanos del Congo.

En cuanto a Europa, Alemania sigue dando que hablar. Los que mandan en el Sínodo que se está llevando a cabo han sido tajantes, con respecto a los pocos disidentes que se atreven a denunciar que es un camino hacia la protestantización de la Iglesia. El que no quiera cambios, que se vaya, han dicho. Ellos van a seguir su hoja de ruta, pase lo que pase. Y eso que saben muy bien lo que va a pasar. Esta semana se ha conocido una encuesta, según la cual el 30 por 100 de los católicos alemanes está pensando dejar su Iglesia. Si a esa cifra se le suman los que morirán en los próximos años, dado que la mayoría de los pocos católicos practicantes son ancianos, en una década la Iglesia alemana habrá quedado reducida a la mitad. Los que están impulsando los cambios saben todo eso y no les importa. Avanzan orgullosamente hacia atrás. Pero no lo hacen para encontrarse con lo mejor de sí mismos, con la Alemania de San Bonifacio, de los constructores de la catedral de Colonia o de mártires como Edith Stein, sino para olvidarse de todo eso y construir lo que orgullosamente llaman la “nueva Iglesia”, que ya no se reconoce ni en la Palabra de Dios ni en la Tradición, sino en la propia voluntad de decidir por sí mismos qué está bien y qué está mal, qué es verdad y qué es mentira. Creen que van hacia adelante, hacia el futuro, pero en realidad están regresando al peor pasado, al del pecado original, al de la soberbia, que costó al hombre la ruptura con Dios y la pérdida del paraíso.

El futuro está en nuestro pasado. No en la adoración de las cenizas, sino en el amor y fidelidad a quienes nos fundaron: Jesús, Dios hecho hombre, el Verbo encarnado en el hijo de un carpintero, y María, la sede de la Sabiduría, ama de casa. Esas son nuestras piedras fundacionales y ese y sólo ese puede ser nuestro futuro.