Es más que el coronavirus. Es un cambio en la historia que arrastra consigo a la Iglesia

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Autor: Roberto PERTICI, historiador

El texto de Pietro De Marco, como siempre, me ha iluminado (se refiere al artículo “La peste de la banalidad”, que se puede leer en este link: http://catolicos-on-line.frmaria.org/index.php?option=com_content&view=article&id=7245%3Ala-peste-de-la-banalidad&catid=37%3Acategoria-articulos&Itemid=28). Esta vez es incluso más brillante de lo habitual. Sin embargo, y hace años que me lo pregunto, no conseguimos comprender: 1) cómo ha llegado la Iglesia a la situación descrita por De Marco y 2) si y cómo es posible invertir el rumbo.

No creo que sea útil explicarlo todo utilizando el motivo de la “cesión doctrinal”, como hace el ala tradicionalista, que culpa al modernismo, el Concilio Vaticano II, etc., y como me parece que deja también entrever De Marco.

Cada vez me convenzo más de que la Iglesia no es, ciertamente, del mundo, pero vive “en el” mundo y, por consiguiente, en su influyen, más de lo que se suele admitir habitualmente, los procesos más generales de la sociedad contemporánea (como escribí hace un tiempo en relación al patriotismo de los sacerdotes italianos). En resumen, es necesario que miremos a estos procesos más generales en los que se insertan las vicisitudes de la Iglesia.

Entonces, ¿qué ha sucedido en el mundo, en la sociedad occidental “in primis”, pero no sólo, a partir de 1945? ¿Cuánto ha influido este contexto en el rapidísimo cambio ocurrido en la cultura difundida en las jerarquías, en la base social de las parroquias, en el vaciamiento de los seminarios, en el cambio de la moral sexual, en las relaciones entre las personas, en la crisis del principio de autoridad, en el final de la trascendencia?

Respecto a estos aspectos, la cultura histórica (pero no sólo) algo ha dicho: basta con agarrar un libro de elevada síntesis como “El siglo corto” de Eric Hobsbawm y leer sus páginas sobre “La edad dorada” y sus efectos sociales y culturales para darse cuenta de ello. No es casualidad que el historiador inglés subraye, sin ningún tipo de complacencia, es más, con preocupación –¡él, que era marxista y comunista!–, que las primeras “víctimas” de esta inmensa transformación han sido la institución familiar y las Iglesias, no sólo la católica.

El paso –a nivel de mentalidad difundida y de sentido común, además de en la gran cultura– de una concepción prevalentemente holístico-jerárquica del mundo a una concepción individualista-igualitaria–, paso que tuvo un prólogo en 1945-1960 llegando más tarde a ponerse plenamente en marcha, planteaba por fuerza enormes problemas a la Iglesia católica, que desde el apóstol Pablo a la “Mystici Corporis” ha basado su eclesiología precisamente en esa visión anterior. En resumen, como decía Séneca, “ducunt volentem fata, nolentem trahunt”, el destino conduce a quién quiere hacerse guiar y arrastra a quien no quiere, ¡también a la Iglesia!

Por esto, la inversión de tendencia no podrá suceder sólo dentro de la Iglesia (¿y con qué fuerzas, además, si los sacerdotes ya razonan tal como ha descrito muy bien De Marco?), sino por un cambio global de paradigma, como sucedió después de 1945 y otras veces en la historia.

La Iglesia puede, en todo caso, dar su contribución a este cambio de paradigma. Bien visto, este era el proyecto de Benedicto XVI cuando invitaba a los no creyentes a vivir “veluti si Deus daretur”, como si Dios existiera, para construir una especie de frente común contra las fuerzas de la “sociedad líquida” (por utilizar una imagen desgastada).

Es por esto por lo que los teóricos de la “revolución individualista” consideran que el magisterio del papa Benedicto es un gran peligro y lo han combatido infatigablemente, seguidos -o, deberíamos decir, no obstaculizados en absoluto- por el grueso de la jerarquía y la intelectualidad católica.