La tragedia de los inocentes

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote FM

Me han hecho reflexionar mucho unas palabras de un cardenal italiano, con el cual comparto un gran amor a Chiara Lubich, la fundadora de los Focolarinos. Según la prensa, habría dicho a un grupo de periodistas que está cansado de tanta crítica negativa y de tanto insulto al Papa y habría invitado a los que consideran que la Iglesia es demasiado estrecha para ellos a que se hicieran protestantes.

Yo también estoy en contra de los insultos, contra el Papa y contra cualquiera -por ejemplo, contra Benedicto XVI o el cardenal Sarah-. Muchas veces he dicho que ese no es el camino y que la razón se pierde, al menos en parte, cuando se pierden las formas. Así que estoy de acuerdo con el cardenal en que los insultos, todos los insultos y no sólo los de un sector, deben terminar. Podemos discutir, e incluso podríamos separarnos, pero no deberíamos jamás dejar de amarnos. ¿Cómo puedo defender la verdad, o lo que yo considero que es la verdad, faltando a la caridad?

Más confusas son las palabras que habría dicho a continuación el cardenal italiano, porque habría invitado a hacerse protestante a los que no les gusta la Iglesia católica porque la consideran demasiado estrecha; esta frase podría ir dirigida a los que quieren reformas que la Iglesia no puede admitir -como la del sacerdocio femenino- y se quejan precisamente de esa estrechez; tendría razón el cardenal al invitarles a que entren en una de las muchísimas comunidades eclesiales protestantes, donde eso está aceptado desde hace muchos años. Lo que pasa es que el cardenal ha unido esa frase a la crítica hacia el Papa. ¿Se refería a los que quieren que la Iglesia acepte todo lo que el mundo exige, y acusan al Santo Padre de ser demasiado conservador? Si esta fuera su intención, no tendría ninguna objeción que hacerle. Pero, en cambio, si lo que Su Eminencia quiso decir es que deben hacerse protestantes los que no están de acuerdo con la confusión que hay en la Iglesia y con algunos cambios en las normas morales -como la comunión a los divorciados vueltos a casar- que fueron concedidas como excepciones y se han generalizado en muchos sitios, me atrevo a decirle, con todo respeto, que eso es una incongruencia. Porque lo que esos católicos desean es, precisamente, ser católicos, seguir siendo católicos. Lo que les hace sufrir es ver que su Iglesia, a la que aman, se desliza hacia el protestantismo. ¿Cómo van a hacerse protestantes si lo que no quieren es que la Iglesia se haga protestante?

Detrás de todo esto, lo que pasa desapercibido es justamente lo más importante: el sufrimiento de muchos católicos que aman a su Iglesia, que aman al Papa, y que no entienden lo que está pasando y se sienten desgarrados por ello. Son esos “niños” de que hablaba Benedicto XVI en aquel mensaje que envió a los presidentes de las Conferencias Episcopales del mundo, reunidos en Roma para debatir la cuestión de la pederastia en el clero, y que nunca llegó a su destino. Son esos “inocentes” que no saben teología, pero que persisten en la fidelidad a la Iglesia y en el cumplimiento, aunque no sea perfecto, de sus normas morales. Estos inocentes están viviendo una auténtica tragedia, porque por un lado aman a Cristo, a su vicario y a su Iglesia, y por otro están desconcertados ante lo que está sucediendo. ¿Se pensó en ellos cuando se produjeron los actos de culto a la Pachamama en el Vaticano? ¿Se piensa en ellos cuando, como consecuencia de aquello, son invitados a irse a las sectas, en Latinoamérica pero cada vez más también en África, porque los pastores de esas comunidades les dicen que en la Iglesia ya no se adora a Jesucristo? O, por ejemplo, ¿ha pensado el arzobispo de Lima, cuando acaba de prohibir que el Señor de los Milagros procesione en Semana Santa, en lo que van a sufrir muchos miles de peruanos devotos, que lo interpretarán como una falta de amor a su querida imagen?

Es en estos inocentes, que son la inmensa mayoría de los católicos practicantes, en los que tenemos que pensar. Hay que centrarse en buscar respuestas para el bien de la Iglesia y de la humanidad, y no quedarse sólo en la crítica de lo que no se está haciendo bien, aunque a veces no quede más remedio que señalar lo que no va bien para que no vaya peor. El camino, como dije la semana pasada, es el de una fidelidad creativa que incorpore las novedades sin traicionar el mensaje de Cristo. Pensemos en los inocentes y en la tragedia que están viviendo. Los responsables deberían tener en cuenta lo que dijo el Señor sobre lo que les sucederá a los que escandalizan a los pequeños.