Ser como Dios

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Autor: Francisco Javier GARCÍA, químico

Cuenta el Libro del Génesis que la serpiente prometió a nuestros primeros padres que si comían el fruto del árbol prohibido serían “como dioses”. Desde entonces, el deseo de ser como los dioses se repite una y otra vez a lo largo de la historia. Así, Gilgamesh, según cuenta un poema del tercer milenio a.C., abandonó Uruk de Sumeria, la ciudad de la que era rey, en busca de una inmortalidad similar a la que disfrutaban los dioses, aunque, al final, no lo consiguió.

Por la misma época, los faraones egipcios trataban de seguir, después de morir, los pasos del dios Ra en su eterno recorrido por el cielo. Lo intentaban mediante ritos y encantamientos que conocemos bastante bien y que luego imitaron nobles y poderosos como cuenta el “Libro de los muertos” encontrado en distintas tumbas egipcias. Mucho más tarde, los emperadores romanos quisieron tener un estatus divino por ley, inicialmente, tras morir y, luego, en vida.

Con el triunfo de la ciencia y la tecnología, el hombre contemporáneo pretende, de nuevo, asumir poderes divinos, no en vano el libro de Yuval Harari se titula “Homo Deus”. Este modo de pensar queda diáfanamente reflejado en el eslogan de moda “tú puedes ser lo que quieras”. Puedes ser hombre o mujer, puedes acabar con el hijo indeseado o con el anciano achacoso, etc,

Sorprendentemente, la Iglesia también pide que seamos como Dios, pero de un modo bastante diferente. En concreto, la oración después de la comunión del domingo XXVII del tiempo ordinario dice literalmente: Que esta comunión, Señor, sacie nuestra hambre y nuestra sed de ti y nos transforme en tu Hijo, Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Como la separación entre el hombre y Dios es insalvable, la única manera de acercarse a Dios es que Dios se haga hombre. Solo a través de Jesucristo que es Dios y hombre verdadero es posible insertarse en la Vida Divina. Pues bien, ahora en Navidad, celebramos que Dios se haya hecho hombre.