La amenaza alemana

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Mirando hacia atrás sobre lo ocurrido en estos seis años de pontificado del papa Francisco, se puede percibir que hubo, casi desde el principio, una gran preocupación en el sector de los católicos que querían seguir siendo fieles a la Palabra de Dios y a la Tradición. Esa preocupación tuvo su momento álgido en los dos Sínodos sobre la familia. No era raro oír hablar en esos dos años de cisma. Curiosamente, la “Amoris laetitia” sirvió para rebajar la tensión, puesto que no se cumplieron las peores expectativas y podía ser interpretada con un criterio de continuidad con el Magisterio anterior, aunque también podía serlo con un evidente criterio de ruptura.

Hubo de nuevo tensión, aunque no como antes, con motivo del Sínodo de los jóvenes. Pero éste, para sorpresa de la mayoría, sólo produjo la llamada a la Sinodalidad como forma de gobernar y vivir en la Iglesia, que no se sabe muy bien lo que es y que puede servir para lo que cada uno quiera que sirva. Un ejemplo es lo que ha hecho el cardenal Cupich, de Chicago, uno de los adalides de la Sinodalidad, que ha cerrado el seminario diocesano sin consultar con la Junta Asesora formada por laicos, la cual ha puesto el grito en el cielo y ha dicho que eso de la Sinodalidad es una tomadura de pelo.

Ahora las aguas se están revolviendo de nuevo, con motivo de la celebración de otro Sínodo, el de la Amazonía. Los más provocadores hablan no sólo de la aceptación de los curas casados, sino incluso de que, para la eucaristía, podrá utilizarse una harina de yuca en lugar de harina de trigo; de momento no han dicho nada sobre el vino, pero pueden llegar a proponer que sea sustituido por la cachaza brasileña, el ron del Caribe o incluso el tequila mexicano. De hecho, ya se habla de que va a ser el Sínodo de la pacha mama y no sé si lo hacen como estrategia, para que, poniéndonos en lo peor, luego se acepte con alivio algo que es malo, pero no tanto.

Sin embargo, lo más peligroso -dando por supuesto que con lo del Sínodo amazónico no llegará el agua al río del Amazonas-, puede venir de Alemania. Esos son, creo yo, más temibles que los pintorescos delegados sinodales que irán a Roma en octubre. El cardenal Marx, como presidente del Episcopado alemán, ya ha dicho que van a someter a una profunda revisión tanto la moral sexual de la Iglesia como la doctrina. Y que sólo consultarán a Roma si tienen dudas en algo, pues en lo que no duden van a actuar por su cuenta, porque, dice Marx, los tiempos de escuchar a Roma han pasado. Ahí sí que hay peligro y grave. Y peligro de cisma serio, pues hay cosas que no se podrán pasar.

A la vez, otro cardenal, Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, ha publicado un libro en el que, entre otras cosas, dice que “la Iglesia se ha convertido en una madriguera de tinieblas”. Pero el objetivo del libro no es el de denunciar con frases gruesas el descontrol que hay en la Iglesia, sino el de pedir a los descontentos y escandalizados que no se vayan de la misma. La cuestión es, ¿hasta cuándo habrá que aguantar? ¿cuántos sapos y culebras habrá que tragar?

Lógicamente, también hay otra cuestión: ¿qué papel juega el Papa en todo esto? Me da la impresión, y no creo ser el único que la tenga, de que los autodenominados amigos del Papa están pisando el acelerador para conseguir unas reformas que no acaban de llegar. Saben perfectamente que ponen al Santo Padre en un grave apuro, pues él no podrá consentir, sin que resulte inevitable el cisma, que se modifique el dogma o la moral, más allá del uso ambiguo del concepto de discernimiento, que se está empleando para que cada uno en la práctica haga lo que quiera, pero sin modificar la teoría. Los alemanes quieren dar un paso más y van a por la teoría, insatisfechos con haber conseguido el cambio en la práctica. Y esa es una barrera que no se podrá cruzar. Son ellos los que están llevando al Papa a una encrucijada y lo están haciendo porque les parece demasiado conservador y están decepcionados con el incumplimiento de algo que se les había prometido o que ellos creían que se les había prometido. Un cambio en la doctrina y en la moral sería el final de la Iglesia. Los alemanes lo saben y lo sabe también el Papa. Estoy seguro de que el Santo Padre no lo quiere. La cuestión es qué hará si los otros le echan un pulso. Con amigos así, ciertamente, no se necesitan enemigos.