La astucia del cristiano

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Autor: Osman RAMOS, sacerdote Franciscano de María

“Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”(Mt 7, 15)

Si nuestra confianza está puesta solamente en Cristo, no habrá nada ni nadie que nos haga tambalear; no habrá nada ni nadie que nos haga abandonar la Iglesia. Ahora bien, Cristo también ha querido que nuestra confianza también sea depositada en sus apóstoles. Pero fijaos bien: “sus apóstoles”, es decir en aquellos que están íntimamente unidos a Él y a toda su doctrina. Él mismo nos dijo: “Quien a vosotros os escucha a Mí me escucha” (Lc 10, 16). Él quiere que confiemos en sus amigos más íntimos, pues Él mismo les dijo: “No os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Jn 15, 15). Así pues, el cristiano debe ser astuto como la serpiente (cf. Mt 10, 16) para distinguir quién es “el apóstol de Cristo” y quien es “falso apóstol”. Y como mansa paloma (Idem) el cristiano católico debe confiar a ciegas solamente en Cristo y sólo en segundo lugar en los amigos de Cristo, que son los verdaderos apóstoles. Así pues, el cristiano con santa astucia confía “ciegamente” solo en Cristo, pues sólo Dios es Dios y sólo en Él se pone la confianza ciega. Por tanto, no se debe confiar en Dios de la misma manera que se confía en el apóstol de Dios; la confianza en Dios debe ser absoluta, sin límites;  la confianza en el apóstol de Dios debe estar mediada por la caridad que “se alegra con la verdad” (1Co 13, 6) que sale de la boca del apóstol de Cristo. Y es así que sólo a Dios se ama con todo el corazón, con todo el alma, y con todas las fuerzas (cf. Dt 6, 5) y al apóstol de Dios se le ama, se le escucha y se le obedece con toda la caridad que se alegra siempre de la verdad (Idem). Sólo nos subordinamos a los apóstoles que están subordinados a Cristo.
Pero, dicho esto ¿cuál es la clave para saber distinguir el verdadero profeta del lobo rapaz? Nuestro mismo Señor nos da la respuesta: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7, 16), El Señor dice estas palabras inmediatamente después de que nos previene de cuidarnos de los falsos profetas; consecuentemente,  una cosa va unida a la otra. Así pues,  la clave fundamental para distinguir al falso profeta del verdadero son sus frutos, es decir: la santidad o, al menos,  la búsqueda sincera de ésta que conlleva la íntima unión con Cristo, a sus enseñanzas y a su Iglesia;  éste es el verdadero profeta. Sin este parámetro indispensable podemos augurar con toda seguridad la presencia de un lobo rapaz disfrazado de oveja.
Curiosamente, en la mayoría de los casos, estos lobos suelen engañar con mucho éxito porque son sabios y entendidos, pero Nuestro Señor es más listo que ellos y sabía que todo esto iba a ocurrir por eso dijo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y entendidos, y se las revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Así pues, el falso profeta nos predica algo que no ha sido revelado por Dios sino por el adversario de Dios. En cambio el verdadero profeta ha recibido la sabiduría divina que se traduce en sencillez de espíritu, en santidad… y por eso sólo nos predica, con sus obras y palabras, lo que Dios ha revelado. El pequeño, el humilde, es el verdadero justo que nos predica la verdad de Cristo; en cambio, el hablador embustero nos predica falacias, Dios mismo nos advierte en la Sagrada Escritura: “La boca del justo destila sabiduría, la lengua embustera será arrancada” (Pr 10, 31)
Queridos amigos, no os dejéis engañar,  no os dejéis poner vendas en los ojos, que nada ni nadie os mueva de la Roca firme que es Cristo, que nadie os convenza de que la Iglesia tiene que modernizarse y cambiar su doctrina, porque todo lo que nos ofrecen es un cofre precioso cubierto de oro y perlas preciosas pero lleno de podredumbre. En cambio, Dios y sus verdaderos profetas nos ofrecen todo lo contrario: una humilde cuna de madera y pajas pero que porta al Dios Único y Verdadero. Que nuestra falta de fe y astucia evangélica no nos conduzcan a la puerta ancha que lleva  la perdición (cf. Mt 7, 13); no permitamos que el Señor nos corrija diciendo: “No seáis irracionales como caballos y mulas cuyo brío hay que domar con freno y brida” (Salmo 32, 9).
Tengamos en cambio la actitud humilde de querer ser santos y perfectos, y aunque no los seamos tangamos siempre el deseo ardiente de querer serlo pues dice San Agustín que “Querer amar ya es amar”. Pidamos diariamente la gracia de amar cada vez más al Señor siendo fieles a Él, a sus enseñanzas, a su Iglesia, a sus verdaderos pastores; y si por esto nos llaman retrógrados, ultra conservadores o tradicionalistas,  no nos importa como a ellos nos les importa predicar una doctrina cuyo germen es el mismo demonio. A nosotros, lo único que nos importa es ser fieles a Jesucristo, solamente queremos seguir lo que el Señor nos manda: “Por encima de todo, vigila tu corazón, porque de él brota la vida. Aparta de tu boca el engaño y aleja la falsedad de tus labios. Que tus ojos miren de frente, y que tu mirada sea franca. Allana el sendero de tus pies y todos tus caminos serán firmes. No te desvíes a derecha o izquierda y aleja tus pasos del mal” (Pr 4, 23-27). Queremos solamente desechar la mentira y decir la verdad (cf. Ef 4, 25).