Los riesgos del momento presente

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Esta semana se han producido dos graves ataques contra obispos. Uno ha tenido lugar en Filipinas y el otro en Nicaragua. Desde extremos opuestos desde el punto de vista político, pero iguales en virulencia. El presidente de Filipinas, Duterte, ha animado a matar a los obispos, a los que ha calificado de inútiles, porque se enfrentan a él en la lucha que está llevando contra la droga sin ningún tipo de respeto a los derechos humanos. En Nicaragua, el dictador comunista Ortega ha acusado a los obispos de ser terroristas y estar implicados en un supuesto golpe de Estado.

Pero lo peor no es eso, pues de alguna manera forma parte de los riesgos que hay que correr por defender a Cristo, contra unos y contra otros. Lo peor es la desafección creciente en un porcentaje no pequeño de los católicos practicantes hacia su jerarquía, que deja a ésta más expuesta y más débil a los ataques que vienen de fuera. Todo empezó con la cuestión de la pederastia de algunos sacerdotes y, sobre todo, con la protección que algunos obispos a ese tipo de sacerdotes, que llegó incluso a cambiarles de parroquia, con lo que pudieron cometer nuevos delitos en sitios diferentes. Pero si ese fue el principio, posiblemente lo que ha causado más desafección hacia el cuerpo episcopal en los católicos practicantes ha sido la permisividad con que se actúa ante ciertos desmanes litúrgicos o morales o, cuando menos, el silencio con que se responde a ellos. Son cada vez más los católicos que están no sólo desconcertados ante la pasividad de los pastores, sino que además están escandalizados por ello.

Por eso, en momentos así, conviene recordar las enseñanzas de Jesús a sus discípulos sobre lo que debían hacer cuando se encontraran con malos pastores: “Haced lo que dice, no lo que hacen”, dijo el Señor. Y un personaje tan atractivo como San Francisco, al que nadie podía reprocharle la más mínima veleidad con el pecado, se comportó en cambio con una gran misericordia con los sacerdotes que vivían en pecado por convivir con mujeres; en uno de sus escritos dice: “Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros”.

Es verdad que hay que erradicar, en la jerarquía de la Iglesia, los pecados y más aún los delitos que ensombrecen el rostro de la esposa de Cristo, pero también es cierto que algunos han empezado por su cuenta una auténtica caza de brujas, arrogándose el derecho a juzgar a los demás como si ellos mismos estuvieran libres de toda culpa. Pienso, por ejemplo, en monseñor Wilson, arzobispo de Adelaida, en Australia, que tuvo que dimitir por la presión de algunos de sus compañeros en el Episcopado y que ahora ha sido absuelto de los delitos de que era acusado. Por eso creo que estos ataques a la jerarquía de la Iglesia, que vienen de fuera pero que encuentran acogida dentro de ella, deben hacernos reflexionar. La conversión sincera tiene que ser el principio de todo, unida a la denuncia de aquellos comportamientos que son delictivos, pero sin olvidar que el Señor dijo a los que querían matar a la adúltera que quien estuviera libre de culpa -y no necesariamente de ese tipo de culpa- que tirara la primera piedra. Es posible que se corra el riesgo de recaer en comportamientos de complicidad con el delito o al menos con el pecado, en nombre de la misericordia o del respeto debido a los sacerdotes que mostraban personajes como San Francisco. Pero también hay un riesgo, un gran riesgo, en el creciente desapego e incluso hostilidad entre el pueblo y la jerarquía de la Iglesia; eso nos está acercando a posturas más próximas a las Iglesias protestantes anabaptistas que a posturas verdaderamente católicas; creo, además, que son muchos los que lo ven pero tienen miedo a decirlo para no ser tachados por los que se las dan de guardianes de la ortodoxia como cómplices de los peores pecados y delitos. La misericordia y la justicia deben ir siempre unidas si no queremos devorarnos a dentelladas unos a otros.