El balancín que me levanta

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Autor: Manuel MORALES, agustino

Me dijo en cierta ocasión un amigo psicólogo que “primero se vive y luego se aprende a vivir”. A mis 82 años espero yo encontrarme en esta segunda fase, por la cantidad de cosas que pienso y aprendo cada día.

Estoy dándole vueltas a un tema que, en mi propia vida y en la vida de tantos que he acompañado espiritualmente, me parece de importancia capital: la enorme dependencia que sufrimos todos del juicio de los demás, lo vulnerables que somos ante la valoración que los demás hacen de nosotros, de nuestras conductas, de nuestras decisiones. Y el influjo que todo eso tiene -querámoslo o no- en el desarrollo de nuestra vida y en nuestra felicidad. Por mucha espiritualidad que le pongamos, nuestro subconsciente se encargará de recordarnos pesadamente esas “valoraciones” ajenas.

Lo afrontaba la revista Sal Terrae, con trazos fuertes, en marzo de este año. Bajo el título “La experiencia subjetiva del fracaso y el coraje de ser”, el jesuita Rufino J. Meana, profesor de Psicología Clínica, después de señalar lo desprovistos de recursos que nacemos para enfrentarnos al medio, y la relevancia que otorgamos a las personas que nos rodean (¡Heinz Kohut dice que nadie puede tener una sana autoestima si no ha experimentado el brillo de ternura en la mirada de su madre!), deducía que, en lo sucesivo de nuestra vida, seguiremos “dando a la presencia y al juicio de los otros un gran poder”; y, entre otras muchas cosas, a lo largo de toda la vida, “aprenderemos de otros a valorar y a valorarnos”. ¡Y ojo! Porque “la vivencia de fracaso -sentirse desvalorizado-, dice, se inscribe ente las angustias más básicas de la persona”. ¡Tela marinera!

Me acaban de regalar un librito de la interesante colección de Ciudad Nueva que dedica 15 días a dejarse acompañar por algún sabio. Esta vez son “15 días con Catalina de Siena”. Me ha bastado el primer día para quedar prendado de esta mujer. “¿Quién soy yo?”, titula el primer capítulo, que introduce enseguida el problema: “la aprobación y el poder de los demás, la necesidad de reconocimiento y de protección, la dependencia de la mitrada del otro…”. Pues bien: En torno a los 18 años, Catalina se las entiende directamente con Dios. ¡Asombroso! Y le pregunta a quien sabe, sin más rodeos: “Señor, ¿quién soy yo? Y dime también, Señor, quién eres tú””.

La respuesta del Interlocutor le parecería decepcionante a cualquiera, pero es metafísica pura: - “¿Sabes, hija mía, quién eres y quién soy yo? Si tienes ese doble conocimiento, serás feliz. Tú eres la que no es. Yo soy el que es”. ¿Más clarito? ¡Genial Catalina! Esa es la valoración de peso, la que te sirve “para ser feliz”. A sus 23 años (morirá a los 33), esta criatura se meterá en todos los líos de la sociedad, la vida política y eclesiástica de su tiempo. Y hoy es patrona de Italia, doctora de la Iglesia y copatrona de Europa.

No es verdad que el espíritu va por un lado y nuestros condicionamientos psicológicos por otro. No es verdad. Basta que el espíritu le pase trabajito a la mente, que es poderosa, y ya se las arreglará el subconsciente de engullir mensajes. Me convence la imagen explicativa del libro: el balancín en que se columpian dos. Pones todo el peso en una parte, en Dios, en lo que Él piensa y valora; tú te colocas en la otra. Y, automáticamente, te vas arriba. ¡Y eras “el que no es”! ¡Anda que si llegas a “ser algo”! Aciertos, errores, alabanzas, menosprecios, éxitos, fracasos, derrotas, victorias, heridas… Lo miras bien de frente, y todo lo ha levantado el que de verdad “pesa”. ¡Gracias, Catalina!