Alta tensión en Estados Unidos

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Las asambleas plenarias de las Conferencias Episcopales suelen generar pocas noticias de alcance mundial. Es interesante saber quién ha sido elegido presidente o secretario, para ver el grado de deslizamiento hacia la izquierda o hacia la derecha de un episcopado concreto, pero pocas veces eso trasciende de las fronteras del propio país y se convierte en noticia global.

No ha sido así con lo ocurrido en Estados Unidos. En un país muy castigado por la plaga de la pederastia entre el clero, se pensó dedicar la Plenaria de los obispos a estudiar cómo se podían arbitrar medidas que evitaran los abusos no ya de los sacerdotes, sino de los propios obispos, así como la protección que varios de ellos brindaron en el pasado a los sacerdotes delincuentes.

Para sorpresa de todos, empezada ya la Plenaria, llegó una nota del Vaticano prohibiendo que se estudiasen dichas medidas y que se esperase a la reunión que tendrá lugar en febrero en Roma, donde se estudiará esa cuestión, pero con validez para la Iglesia universal. Curiosamente, hace muy poco los obispos franceses pudieron establecer sus propias medidas de control sin que el Vaticano se opusiera.

Un sector del Episcopado norteamericano reaccionó ante la prohibición mostrando su malestar. Incluso el propio presidente, el cardenal DiNardo, no ocultó su disgusto. Se oyeron voces a favor de desobedecer la orden recibida y al final se decidió votar una petición dirigida a la Santa Sede y en la que se pedía a ésta que hiciera públicos los documentos concernientes al ex cardenal McCarrick. Pero ni siquiera esta petición prosperó, pues la mayoría de los obispos votó en contra de ella.

Así las cosas, la situación de la Iglesia católica en Estados Unidos es bastante complicada. Por un lado, los católicos practicantes están sorprendidos e indignados con la falta de eficacia de las medidas de protección de los niños que se llevan aplicando desde hace ya bastantes años, pero que no han impedido que obispos pederastas o protectores de pederastas siguieran escalando puestos en el escalafón de la Iglesia. Por otro lado, el sector de obispos más conservador no se fía de sus colegas y desea que se cree una comisión independiente, en la que participen laicos, que investigue a los propios obispos. Ahí es donde parece estar el punto de desencuentro: en la aceptación de que sean laicos los que investiguen a los obispos, aunque no sean ellos necesariamente los que den las sentencias sino simplemente los que aporten las pruebas. Ese será un aspecto decisivo a estudiar en la reunión de febrero en el Vaticano y quizá sea la clave de hasta dónde se quiere llegar en la búsqueda de las raíces del problema.

Conviene, sin embargo, poner las cosas en el contexto en el cual ocurrieron, pues la inmensa mayoría de los casos de abusos son de hace años y entonces había otros criterios para juzgarlos, tanto en la sociedad como en la Iglesia. En la Iglesia, en general, se aplicaba la política de lavar en casa la ropa sucia, para no dar escándalo a los fieles. Eso llevó a aberraciones como las practicadas en Boston o en Los Ángeles, donde sacerdotes violadores eran simplemente cambiados de parroquia y con ello seguían cometiendo los mismos crímenes. Pero estos casos no fueron mayoritarios; por el contrario, la mayoría de los obispos retiraron en silencio a los sacerdotes culpables, aunque no siempre dieron la debida satisfacción a las víctimas. Además de esto hay una tercera variante: la del llamado ”lobby gay”; consiste en la red de sacerdotes y obispos homosexuales que se protegían y se protegen entre ellos e incluso se ayudaban y se ayudan a subir puestos en el escalafón. Es este tercer sector el que ha salido a la luz al destaparse lo sucedido con el ex cardenal McCarrick y al publicarse la carta de monseñor Viganò denunciando la connivencia con ese “lobby” al más alto nivel.

Son, por lo tanto, tres situaciones diferentes, aunque estén relacionadas entre sí. Están los sacerdotes pederastas protegidos por obispos que entendieron muy mal su labor episcopal; están los sacerdotes pederastas no protegidos por sus obispos, pero tampoco denunciados a la policía -porque en esa época no era obligatorio- y cuyas víctimas no fueron atendidas; está, por último, el “lobby gay” que ha logrado conseguir nombramientos episcopales para algunos de sus miembros a fin de ir creando en la Iglesia una cultura favorable a la aceptación de la homosexualidad. Cuando se está hablando de crear comisiones de investigación, aunque esa investigación afectase a los obispos responsables de los dos primeros casos, lo que más miedo les da a algunos es que se averigüe quién forma parte del “lobby”, porque se sospecha que son nombres muy importantes los que podrían salir a la luz. Además, así como el primer y segundo caso corresponden en su mayoría al pasado, los protagonistas del tercer grupo están en el pleno ejercicio de su poder y, además, les gusta hacer ostentación de ello. Pocos días antes de la Plenaria de los obispos norteamericanos, el más famoso jesuita pro gay, James Martin, declaraba abiertamente que el Papa está nombrando obispos “gay friendly” para ir cambiando la actitud de la Iglesia hacia ese grupo. Nadie le ha desmentido.

Como consecuencia de todo esto, la situación en la Iglesia católica norteamericana es de gran tensión y dolor, sobre todo entre los fieles. Un sector de obispos está desanimado al ver que no prosperan sus iniciativas de búsqueda de transparencia, otro sector está asustado por lo que pueda pasar, mientras que un tercer grupo, minoritario, se muestra indiferente porque se siente -con razón o sin ella- protegido, y sigue con su plan de cambiar la doctrina de la Iglesia en todo lo concerniente al sexto mandamiento y no sólo en la cuestión de los homosexuales.

¿Qué podemos hacer? Dos cosas importantes: saber qué es lo que está pasando para que no nos engañen y rezar. La cosa es tan seria que sólo Dios puede salvarnos.