Aborto, la batalla continùa

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Las recientes elecciones norteamericanas, además de dirimir quién manda en el Congreso y en el Senado, han tenido como protagonista menor pero muy importante el tema del aborto. En dos Estados, Virginia Occidental y Alabama, se aprobaron sendas enmiendas en contra de que el aborto sea considerado como un derecho y a favor de que se supriman las ayudas públicas a los centros abortistas. Los jueces de Alabama, además, han pedido al Tribunal Supremo que se pronuncie sobre el aborto por desmembramiento (cuando trocean al feto en el interior de la madre), que es una de las fuentes de ingresos más suculentas para los comerciantes de seres humanos.

No mucho antes de las elecciones, y con influencia en ellas, se produjo la feroz campaña contra el juez Brett Kavanaugh, propuesto por el presidente Trump para el Tribunal Supremo. Católico practicante y convencido pro vida, se desataron contra Kavanaugh todos los infiernos. Fueron varias las mujeres que le acusaron de haberlas violado, a pesar de lo cual, y por falta absoluta de pruebas, fue aceptado para esa importante magistratura. Pero si las acusaciones tuvieron un eco no sólo masivo en Estados Unidos, sino mundial, ha pasado casi desapercibido el arrepentimiento de una de las acusadoras, que ha confesado que, al menos lo suyo, era falso y que el objetivo era impedir que Kavanaugh llegara al Supremo. De hecho, uno de los proyectos del Partido Demócrata, una vez conquistada la mayoría en el Congreso, es lanzar un “impeachment” (proceso de destitución) contra este juez, además de querer hacerlo contra el propio presidente norteamericano. El motivo no es otro que la oposición al aborto de una persona que, hasta que no se demuestre lo contrario, es y ha sido honorable durante toda su vida.

Pero ¿por qué esta obsesión con el aborto? Más allá de que es un suculento negocio y de las tesis malthusianas de que es bueno todo lo que restrinja el crecimiento de la población, el fondo de la cuestión está en el odio hacia la familia. Haciendo que la madre mate al hijo, queda destruida la base de la familia, pues la relación materno-filial es la más fuerte no sólo en la especie humana sino en la generalidad de las especies animales. El aborto no sólo destruye la vida del inocente, sino también la de la madre y la de la familia, existente o futura. Las heridas en la mujer y en el hogar son tan graves que a veces no se curan nunca. Con razón, por lo tanto, el cardenal Cipriani, arzobispo de Lima, decía esta semana que el aborto es la prueba de la existencia del demonio en el mundo.

¿Cuál es la postura de los católicos sobre el aborto? Si nos fijamos en Estados Unidos, los católicos fueron votantes demócratas en su inmensa mayoría durante muchos años. Eran emigrantes pobres y por eso apoyaban al partido que defendía sus intereses. Pero cuando fue aprobado el aborto, a raíz del caso Roe contra Wade en 1973, muchos católicos se plantearon si era posible compaginar su apoyo al Partido Demócrata con su fidelidad a una Iglesia que rechazaba esa práctica. En ese momento, acababa de ser nombrado arzobispo de Cincinnati el que después lo sería de Chicago, el cardenal Bernardin, que pronto se convirtió en el líder del sector liberal-progresista de la Iglesia en su país. Bernardin, que ejerció su influencia hasta su muerte en 1996, lanzó la teoría de la “túnica inconsútil” -aludiendo a la que llevaba Cristo el Viernes Santo y que, según la tradición, había sido tejida por la Virgen-. Para él, la defensa de la vida debía abarcar todo el arco de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Por lo tanto, tan importante era luchar contra el aborto como defender la calidad de vida del que ya había nacido, sus derechos laborales y económicos. Eso permitió a muchísimos católicos norteamericanos seguir votando al Partido Demócrata, convencidos de que, a pesar de su apoyo al aborto, era más importante lo que supuestamente ese partido hacía por los pobres y por las minorías. Esta ha sido y es la tesis que sigue predominando en los ambientes católicos liberal-progresistas hasta nuestros días.

Esta tesis, sin embargo, se ha encontrado con un obstáculo: el Papa Francisco. La oposición del Papa al aborto no es menor a la que tenían sus predecesores, con la diferencia de que los progresistas estaban en contra de aquellos y están a favor de éste. Aunque Francisco no ha hablado de las implicaciones políticas del aborto, sí ha dejado claro que no se le puede apoyar de ninguna manera. Por ejemplo, en el pequeño y singular Estado de Andorra, donde hay dos co-príncipes, uno de los cuales es el obispo español de Seo de Urgel, se está pensando aprobar el aborto. El Papa ha hecho saber a quien corresponde que si eso ocurre el obispo renunciará, creando así una gravísima crisis institucional en un país que sobrevive gracias precisamente a su singularidad política.

Aunque los católicos liberal-progresistas hablen mucho del Papa Francisco y dicen que es uno de los suyos, la realidad es que no están dispuestos a seguirle en el tema del aborto. Sistemáticamente silencian las declaraciones que el Pontífice hace contra esa lacra para la humanidad, a pesar de lo cual poco a poco la postura del Papa va siendo conocida. Todo esto hace pensar que la batalla del aborto no ha acabado y que, mientras muchos siguen luchando para que se extienda esa plaga diabólica, otros muchos van ganando posiciones en contra, e incluso personas que, como el Papa Francisco, están claramente a favor de los derechos de los pobres, no aceptan la teoría de la “túnica inconsútil” y consideran que el aborto de ningún modo puede ser justificado. Hay esperanza y eso nos debe animar para continuar en la lucha.