Espadas en arados

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Hay una escultura, en la entrada de la sede de la ONU en Nueva York, que muestra a un hombre golpeando con un martillo la espada que tiene en su otra mano. El autor es el artista ruso Yevgueni Vuchétich y la obra se titula Convirtamos espadas en arados, en una alusión directa al profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas” (2, 4). De manera figurada, esta escultura vincula guerra y destrucción, y apunta, por contraste, a la necesidad de trabajar por el desarrollo sostenible si queremos construir la paz.

Recuerdo esta imagen al pensar en el Día Internacional para la prevención de la explotación del medio ambiente en la guerra y los conflictos armados, instituido por la ONU para el 6 de noviembre de cada año. En una resolución de 2001, se constataba que “los daños causados al medio ambiente en tiempos de conflicto armado siguen afectando los ecosistemas y los recursos naturales mucho después de terminado el conflicto y a menudo se extienden más allá de los límites de los territorios nacionales y de la generación actual”. La conexión entre medio ambiente y paz es doble. Por un lado, el medio ambiente se convierte en una víctima más de los conflictos bélicos. Se destruyen viviendas, se queman campos, se envenenan suelos..., además de que, desgraciadamente, se violan mujeres, se mutilan niños y se asesinan todo tipo de personas. Por otro lado, y cada vez con mayor intensidad, las guerras surgen por el control de recursos naturales como el agua, los diamantes, los minerales o el petróleo. De acuerdo con el Programa de la ONU para el Medio Ambiente, al menos el 40% de los conflictos internos registrados en los últimos 60 años han tenido relación con la explotación de los recursos naturales.

El anhelo profético de convertir “las espadas en arados” se convirtió, en boca de San Pablo VI, en un grito incesante. Ya en su viaje a Bombay, en diciembre de 1964, pidió destinar los gastos militares a la constitución de un Fondo Mundial dirigido a ayudar a los más desheredados de la tierra, propuesta que amplió, tres años más tarde, en su encíclica Populorum Progressio. Quería transformar las lanzas en podaderas, pero parece que la suya fue una voz que predicaba en el desierto. Por ello, décadas después, el Papa Francisco ha tenido que recordar que “la guerra siempre produce daños graves al medio ambiente y a la riqueza cultural de las poblaciones” y que, en nuestro mundo, “es previsible que, ante el agotamiento de algunos recursos, se vaya creando un escenario favorable para nuevas guerras” (Laudato Si’, n. 57). Además, en la misma encíclica, el Santo Padre denuncia que “la política y la economía tienden a culparse mutuamente por lo que se refiere a la pobreza y a la degradación del ambiente”, lo cual lleva a que, “mientras unos se desesperan sólo por el rédito económico y otros se obsesionan sólo por conservar o acrecentar el poder, lo que tenemos son guerras o acuerdos espurios donde lo que menos interesa a las dos partes es preservar el ambiente y cuidar a los más débiles” (n. 198). Seguimos entre espadas y lanzas, sin convertirlas en arados y podaderas.

La presente jornada pone el énfasis en la prevención. De hecho, los estudios indican que menos de una cuarta parte de las negociaciones de paz dirigidas a resolver conflictos relacionados con los recursos naturales han abordado la cuestión de sus mecanismos de gestión. Ante ello, se recomienda reforzar la capacidad de los países y del sistema de la Organización de Naciones Unidas para ofrecer medidas de alerta temprana y pronta actuación en los países que son vulnerables a los conflictos referidos a los recursos naturales y el medio ambiente; mejorar la supervisión y la protección de los recursos naturales durante los conflictos; abordar la cuestión de los recursos naturales y el medio ambiente como parte del proceso y mantenimiento de la paz; e incluir las cuestiones ambientales en estrategias integrales de consolidación de la paz y de recuperación económica en situaciones post-conflicto. ¿Y nosotros, qué podemos hacer?

Podemos incorporar esta causa a nuestra oración. Podemos apoyar los proyectos de desarrollo sostenible que incluyan esta dimensión en su diseño y puesta en práctica; tomar mayor conciencia de la gravedad de este asunto, personal y comunitariamente. Y, en un plano más cotidiano, evitar caer en la trampa interesada de quienes generan conflictos azuzando la competencia por recursos escasos y dividiendo a la población. En lugar de ello, trabajemos juntos a favor del bien común y de un desarrollo sostenible que prevenga conflictos. Es decir, podemos poner nuestro granito de arena para que de las espadas se forjen arados y de las lanzas podaderas.

(Publicado en Diario Jaén)