La Iglesia en la encrucijada

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Ha terminado el Congreso previo a la Jornada de las Familias en Dublín, un Congreso diferente a los demás, por los acontecimientos que han acontecido antes e incluso durante el Congreso. Si tuviera que darle un nombre, diría que es el del Congreso de la diversidad. La Iglesia ha querido mostrar la diversidad de vocaciones, de situaciones personales y familiares, que afectan a gente muy distinta, y ha querido mostrar también que todos son acogidos en la Iglesia.

La conferencia más numerosa en cuanto a público fue la de James Martin, sacerdote jesuita, que habló de la recepción en las parroquias de las personas LGBT (homosexuales, etc.). Una conferencia rodeada de mucha expectación, con muchísima gente, hasta el punto de que se tuvo que impedir el paso a gente que venía a escucharle por estar de acuerdo con sus ideas o porque querían saber qué iba a decir. Fue una conferencia de crítica dura a la Iglesia, a la que acusó de no haber sido suficientemente madre para acoger a los homosexuales, de haberse fijado sobre todo en el sexo en vez de otras cualidades que tienen; dejó en el aire (no lo aclaró) si esa acogida tenía que llevar consigo la aceptación en la comunión, aunque sí dijo, por ejemplo, que tenían que ser admitidos como ministros de la eucaristía lo cual se supone que les permitiría comulgar, aunque no dijo nunca que esa admisión como ministros de la eucaristía implicaba que renunciaban al ejercicio de la sexualidad homosexual, es decir que practicaban la castidad.

En todo caso, la conferencia de James Martin como el resto de las que han tenido lugar en este Congreso, hay que enmarcarlas en lo que se ha llamado “la revolución de la ternura”, que está poniendo en marcha el Papa Francisco, con la que la Iglesia que quiere mostrarse como una madre que acoge a todos sin distinción.

Pero junto a esto, hay otras cosas que han sido noticia y que se muestran en contradicción con esta acogida. Sobre todo proceden, esta semana, de Estados Unidos. La explosión que supuso el informe del fiscal general del Estado de Pennsylvania, sobre los 300 sacerdotes que habrían abusado de más de mil menores, todavía tiene muchísimas consecuencias; entre otras, por ejemplo, que el cardenal Wuerl, arzobispo de Washington, uno de los obispos implicados como supuesto protector de aquellos sacerdotes pederastas, renunciara a venir al Congreso, o que el cardenal O´Malley de Boston, que no estaba implicado directamente, sin embargo también renunció a venir, alegando que tenía un problema de homosexualidad en su propio seminario y que tenía que entrar a fondo en ese tema.

Se ha sabido que la fiscal del Estado de Illinois, ha decidido investigar a todas las diócesis que están en su Estado, incluida Chicago, para ver qué es lo que está pasando. Tras Pennsylvania, ahora viene Illinois y posiblemente vendrán otros Estados, por lo que se hace muy difícil prever las consecuencias. No faltan las voces dentro de la Iglesia, por ejemplo la del cardenal Napier de Sudáfrica, que dicen que el problema está en la admisión de homosexuales dentro del clero. Que no todos los homosexuales ni dentro ni fuera del clero son pederastas, es evidente, pero la mayor parte de los casos de pederastia que se han producido en el clero están relacionados con homosexuales. Nos encontramos en una encrucijada; por un lado la Iglesia quiere hacer un esfuerzo por acoger a los homosexuales sin poner en claro -como en el caso de James Martin- si para comulgar se les exige la castidad, y por otro lado esa misma Iglesia se encuentra con que una parte de los homosexuales que están dentro, en su propio clero, le está creando un gravísimo problema con la pederastia. No es una situación fácil de manejar, hasta el punto de que el periódico Washington Post ha pedido que quiten al arzobispo Wuerl de su sede, lo mismo que ya se hizo con McCarrick (que también lo fue de Washington) e incluso ha llegado a decir que, si no lo hace, el Papa tendría que presentar su dimisión.

¿Se tiene que abrir la Iglesia, no sólo a los homosexuales que viven en la castidad (algo que siempre ha hecho) sino también a los homosexuales que no viven dicha castidad aceptándolos con todas sus consecuencias? Eso generaría el rechazo de muchos católicos porque va en contra de la enseñanza de la Iglesia, y si se abre a los homosexuales que viven activamente su homosexualidad ¿lo tiene que hacer también con el clero homosexual? Y si eso lo hace ¿generará pederastia? Son muchos interrogantes que de momento están en el aire, en una encrucijada verdaderamente difícil. Lo único que se me ocurre es pedir a todos oración, oración sobre todo por el Santo Padre que tiene que guiar la Iglesia en un momento como éste.