La madre tierra y la Virgen, Madre de la tierra

La madre tierra y la Virgen, Madre de la tierra

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

La celebración del Día de la madre tierra tiene lugar el día 22 de abril de cada año, es decir, apenas una semana antes del inicio del mes de mayo, tradicionalmente dedicado a la Virgen María. Esta confluencia nos ofrece una espléndida ocasión para reflexionar sobre estas dos cuestiones y sobre la relación entre ambas.

Al proclamar esta fecha, la Asamblea de las Naciones Unidas “reconoció que ‘Madre Tierra’ es una expresión común en varios países y regiones, reflejando la interdependencia que existe entre los seres humanos, otras especies y el planeta que habitamos”. Esto es así también en la tradición cristiana. Como dice el Santo Padre: “Todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra” (Laudato Si’, n. 92).

 

Ahora bien, conviene caer en la cuenta de un matiz y recordar una advertencia. En 2003 el Consejo Pontificio de la Cultura y el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso publicaron conjuntamente un documento titulado Jesucristo, Portador del agua de la vida. Una reflexión cristiana sobre la ‘Nueva Era’, en el que señalaban: “Ha tenido un enorme éxito la generalización de la ecología como fascinación por la naturaleza y resacralización de la tierra, la Madre Tierra o Gaia”. El riesgo de este desenfoque es real y no ha desaparecido en estos quince años.

            Por eso cobra una especial relevancia el hecho de que el Papa Francisco, siguiendo las huellas de San Francisco de Asís, hable en su justo término de la “hermana y madre tierra”. De lo que se trata es de contemplar nuestra casa común “como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos” (Laudato Si’, n. 1). De este modo, se evita caer en la sacralización de la tierra o en algún tipo de panteísmo difuso. El mismo Papa Francisco, en su Discurso con motivo de la II Conferencia Internacional sobre Nutrición, en noviembre de 2014, se refirió al planeta como “nuestra hermana y madre tierra” y pidió “cuidarlo, para evitar que se autodestruya”. Así, al hablar de la tierra como hermana y madre, lo que se pretende es cultivar virtudes focalizadas al cuidado, a velar por nuestro planeta, a no agotar ávida y mezquinamente sus recursos, evitando en cualquier caso el posible riesgo de la ambigüedad mencionada.

            Por su parte, la sabiduría del Pueblo fiel de Dios ha sabido reconocer en la Virgen María no solo a la Madre de la Humanidad, sino también a la Madre de la tierra. Así se ha representado a lo largo de la historia, uniendo el globo terráqueo a la imagen de la Madre de Dios. En las culturas campesinas cristianas, esta vinculación adquiere connotaciones más concretas. Así, por ejemplo, la Virgen de la Abundancia es una devoción surgida en el siglo XVII, cuando los pobladores de la pequeña ciudad de Cursi (Italia) sintieron la protección amorosa de la Virgen, en medio de una dura situación de sequía y hambruna. También en los Andes peruanos, especialmente en la zona de Ayacucho, existen representaciones de la Virgen de la Abundancia, tanto en la época colonial como en la actualidad. El sentido más profundo de esta advocación es pedir la protección a Dios por la intercesión de la Madre de Cristo y Madre nuestra, para que el cuidado de la tierra, que Dios encomendó a la humanidad, se realice conforme a su plan de salvación.

            Su Santidad Benedicto XVI, en la audiencia general del 2 de enero de 2008, recordaba que el título de Madre de Dios es “el apelativo fundamental” con el que la comunidad de los creyentes honra a la Virgen y “expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación”; de hecho, “todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan” en este de Madre de Dios. Por eso mismo, la Virgen María es Madre de la Iglesia, como Pablo VI declaró solemnemente el 21 de noviembre de 1964, durante el concilio Vaticano II. Diez años más tarde, ahondó su reflexión sobre la Virgen como Madre señalando que esa “prodigiosa maternidad constituida por Dios es ‘tipo’ y ‘ejemplar’ de la fecundidad de la Virgen-Iglesia” (Marialis Cultus, n. 19). Ese mismo documento indica también que la contemplación evangélica de la Virgen ayuda a captar “una visión serena y una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre la muerte” (Marialis Cultus, n. 57). Y San Juan Pablo II recordaba que María acompaña maternalmente el desafío constante del ser humano: “La humanidad ha hecho admirables descubrimientos y ha alcanzado resultados prodigiosos en el campo de la ciencia y de la técnica, ha llevado a cabo grandes obras en la vía del progreso y de la civilización, y en épocas recientes se diría que ha conseguido acelerar el curso de la historia. Pero el cambio fundamental, cambio que se puede definir «original», acompaña siempre el camino del hombre y, a través de los diversos acontecimientos históricos, acompaña a todos y a cada uno. Es el cambio entre el «caer» y el «levantarse», entre la muerte y la vida. Es también un constante desafío a las conciencias humanas, un desafío a toda la conciencia histórica del hombre: el desafío a seguir la vía del «no caer» en los modos siempre antiguos y siempre nuevos, y del «levantarse», si ha caído” (Redemptoris Mater, n. 52). Por su parte, el Papa Francisco, recientemente, considerando que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año.

            Cuando sentimos que nuestra casa común corre graves riesgos, dirigir nuestra mirada a María, evocando su amparo maternal, es un manantial de consuelo y un acicate para tomar en serio nuestra vocación de ser custodios de la creación. Conviene no olvidarlo, sobre todo en la hora presente, en la que sobrevuelan múltiples amenazas sobre la tierra y sobre nuestros hermanos más frágiles. Mientras no faltan instancias que promueven una cultura del descarte, en nosotros, en cambio, ha de robustecerse la convicción de que los recursos naturales no están para arrasarlos y devastarlos.

Que nuestra actuación, por tanto, se rija por una mirada distinta, toda ella transida de sensatez y solidaridad. Que a ello nos ayude la confianza en nuestra Madre, la Virgen María, siempre dispuesta a acoger “el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo” (Laudato Si’, n. 53). De su mano podemos, en verdad, vivir la filiación y la fraternidad, el esmero por velar por nuestro planeta, que ha de ser hogar para todos, espacio de comunión y apertura, casa donde nadie se sienta ignorado ni excluido.

            Virgen María, Madre nuestra y Madre de la Tierra, ora pro nobis. Ruega por nuestra hermana y madre tierra y por todos sus habitantes.

(Publicado en "La Verdad", de la Archidiócesis de Pamplona-Tudela)