Avivar la llama del amor: Una tarea permanente

Imprimir

Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO.

En su Mensaje para la Cuaresma, el Papa Francisco nos invitaba a incrementar la caridad en nuestras vidas. Sin duda que esta exhortación pontificia era la mejor forma de prepararnos para la Pascua, pero no solo. El amor cristiano no es exclusivo de unos días ni está sujeto a modas. Hemos aprendido de Cristo que el amor es constante o no lo es. Él, con su ejemplo, nos ha mostrado que, si no permanecemos arraigados en el amor, no podremos ser discípulos suyos. Mal lo haríamos entonces si en nuestras vidas el amor conociera tregua, si permitiéramos que su llama se apagara o fuera vacilante en nuestras almas.

Mostremos al mundo que con amor nada es imposible y sin amor nada es posible. Y conviene que el mundo se entere de esta verdad por el resplandor de nuestra vida. Es preciso que el mundo perciba, viendo actuar a los cristianos, que no es el dinero la fuente de una vida plena y dichosa. Lo que salvará al mundo de sus miserias será la caridad. Su fuego será el que derrita el frío glacial del pecado. Y esto porque la caridad es la sola fuerza capaz de frenar al mal, a la mediocridad, al individualismo, a la indiferencia, a la seducción de la riqueza, cuyas garras siguen lastimando sin piedad a tantos hermanos nuestros.

El que ama se asemeja a Dios. La caridad es un don suyo, por eso hay que pedirla diariamente en la plegaria. Pero también exige de nuestra parte un esfuerzo. Súplica y tarea. Dios enciende la llama del amor en nuestras almas y a nosotros nos corresponde custodiarla.

Si la caridad siempre fue necesaria, la hora presente, con su cúmulo de aflicciones, está exigiendo de nosotros un suplemento especial de amor. Y para ello es urgente que la caridad no se reduzca en nuestras vidas a un simple vocablo, usado hasta la saciedad pero sin respaldo real en las conductas. Es fundamental que el amor deje de ser una vaga teoría, un propósito abstracto, para pasar al ámbito del testimonio, de la vida concreta.

Actualmente, las estadísticas de la guerra y la violencia en el mundo están reclamando imperiosamente que se dilate la caridad, que nuestro estilo de vida abandone la senda de los caprichos veleidosos y se caracterice por una generosidad abierta a todos, nacida de un sincero amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación.

El mapa mundial del sufrimiento humano es hoy extenso y variopinto. Son innumerables las personas que viven en las periferias de muchas ciudades, hacinadas y cubiertas de desolación y abandono. Son cuantiosos los pueblos carentes de comida, de vestido y de casa. Sus problemas no se resuelven con discursos grandilocuentes. Lo que precisan es un amor activo, una solidaridad transformada en medidas concretas.

Todos esos niños privados de auxilio, toda esa increíble cantidad de desfavorecidos que llaman a las puertas de los países más pudientes, no pueden dejarnos insensibles. Han de interpelar nuestras conciencias y disponer nuestras manos a una ayuda generosa.

Las cuantiosas necesidades que atenazan a los pobres de la tierra nos han de llevar a tener los mismos sentimientos del Buen Samaritano de la parábola evangélica (cf. Lc 10,25-37), que no dejó tirado en la cuneta al que encontró maltrecho y agonizante. Por el contrario, lo socorrió con solícita caridad. Inspirado en ese ejemplo, el Papa Francisco ha hablado de la Iglesia como hospital de campaña, que atiende a cuantos se hallan desolados y menospreciados. En un hospital de ese tipo no hay burocracias paralizantes, ni prejuicios, ni pretextos. Hay solo cercanía, proximidad, prisas para no dejar a nadie al margen. Hay solo un amor que no se cansa, que se vuelca sin reparos en los más vulnerados y vulnerables.

Animados por esta imagen y siguiendo las huellas de Jesucristo, de quien era figura el piadoso samaritano, sanemos también nosotros las llagas de la humanidad doliente. Aprendamos bien esta lección para ponerla en práctica siempre. Reivindiquemos como misión propia esta labor de curar las heridas de cuantos se desangran por la penuria, el hambre, la imposibilidad de acceder al agua potable, la injusticia, la falta de sanidad, la corrupción, la soledad, el desempleo, la depresión… Es mucho lo que podemos y debemos hacer. El amor puede adquirir mil formas en nuestra vida para no permitir que nadie quede atrás.

Si por la pujanza de su amor la primitiva Iglesia logró despertar a una sociedad pagana que estaba sumida en el sopor de su egoísmo, también nosotros estamos llamados hoy a hacer lo mismo. Que sea la caridad, por tanto, el emblema de nuestra vida.

Si muchos solo piensan en ellos mismos, que nosotros, por el contrario, pongamos todo lo mejor de nuestra parte para salir de nuestra indolencia y ayudar a los menesterosos, dar consuelo a los afligidos, protección a los débiles, compañía a los que están enfermos o atribulados. Y todo ello no por mero interés, por una afanosa búsqueda de aplausos, por sed de un malsano protagonismo.

Lo nuestro es amar gratuitamente. Así lo aprendimos del Maestro y así iremos despojándonos del pecado que nos envejece para vestirnos de la novedad del Evangelio. Lo conseguiremos si oramos, si suplicamos a Dios que nos otorgue un corazón nuevo. Será el Espíritu de Cristo el que obre este milagro si lo pedimos con fervor en estos días y dejamos que sus dones fortalezcan y aviven en nosotros la llama pujante y redentora del amor.