Santiago Martín, sacerdote

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Autor: Ramón PÉREZ-MAURA, adjunto al director de ABC

ADVERTENCIA previa: todo lo que aquí diga puede estar influido por el hecho de que escribo sobre un amigo, que ha sido durante años compañero en la Redacción de ABC –donde sigue felizmente colaborando cada sábado– ha sido igualmente muchos años mi párroco y fue el sacerdote que dio la Extrema Unción a mi mujer a puertas de la muerte.

El padre Santiago Martín es un sacerdote excepcional, que en 1988 fundó los Franciscanos de María, una asociación internacional católica que fue aprobada por Benedicto XVI el 25 de marzo de 2007 con un decreto en el que se afirmaba que ha influido «en la vida de numerosos fieles cristianos, convirtiéndose en un auténtico camino y escuela de santidad y apostolado». Hoy está en 31 países, incluyendo todos los del continente americano –exceptuando alguna pequeña isla caribeña– y tiene unos diez mil miembros que forman jurídicamente parte de su asociación. Su parroquia madrileña de María, Virgen Madre está repleta cada domingo.

 

Los Franciscanos de María transmiten diariamente la Misa por medio del canal Magnificat.tv y cuatro minutos de la homilía del pasado domingo del padre Santiago se han convertido en lo que ahora se llama un «fenómeno viral». Para quien no lo haya visto lo resumiré diciendo que el sacerdote dijo que ante atentados como el de Barcelona, además de rezar, que es lo más importante, hay que hacer algo más para frenar a los asesinos. Y que siendo los asesinos los responsables de sus crímenes, quienes no ponen los medios para impedirlos, teniendo advertencias de la Policía de que era necesario instalar bolardos, también tienen una responsabilidad. Algo que parece una obviedad. Pero al padre Santiago le ha caído la del pulpo. Sospecho que no por hacer desde el púlpito una descalificación de unos políticos. Porque yo eso lo he oído en Misa muchas veces en mi vida y referido a servidores públicos de una ideología y de la contraria. El problema es que la homilía del padre Santiago ha tenido una repercusión mundial. A mi teléfono ha llegado rebotada desde Italia, Colombia y Estados Unidos. Siempre sin un solo comentario crítico a la misma.

Yo no puedo entender que nadie crea que un sacerdote no pueda defender la vida de todos contra los terroristas y que para ello no pueda denunciar a quienes desde sus cargos públicos no hacen todo lo que podrían hacer por frenar la acción de los asesinos. Yo no creo que mi Iglesia deba estar callada ante ello. Y espero que algún día el Ayuntamiento de Barcelona sea condenado por su negligencia en este caso al haber ignorado las indicaciones de la Policía Nacional. Pero, sobre todo, lo que me parece más importante es que la Iglesia sea consciente del poder de una homilía de cuatro minutos que ha motivado a centenares de miles de personas.

(Publicado en ABC el 25.8.17)