Evitar la ruptura

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Autor: Santiago MARTÍN, sacerdote

Esta semana se han conocido unas declaraciones del cardenal Müller en las que, si bien reconoce el derecho de los cuatro cardenales que presentaron al Papa sus dudas (dubia) sobre la “Amoris laetitia”, lamenta que éstas se hicieran públicas y considera, además, que no existe un riesgo para la fe que haga necesaria la reprobación pública del Pontífice. Pocos días antes, el cardenal Burke, en otra entrevista, había insistido en que si no había respuesta habría reprobación. Como se ve, la confusión aumenta y parece que estamos entrando en un escenario en el que todos están contra todos.

Como decía la semana pasada, al margen de quién tiene razón, lo que está en peligro es la unidad de la Iglesia, pues es ella la que de hecho se encuentra sometida a tensiones y a contradicciones. Creo en el valor insustituible de la unidad. Fue la última petición de Cristo al Padre antes de salir para el huerto de los olivos, en lo que se conoce como la oración sacerdotal o el testamento de Jesús: “Padre, que sean uno como tú y yo, para que el mundo crea”. Así como el pan y el vino es la materia sobre la que el Señor se hace presente en la Eucaristía, la unidad es la materia sobre la que el Señor se hace presente en la comunidad: “Donde dos o más están unidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sin unidad no hay catolicidad y probablemente tampoco hay santidad, con lo cual la cuarta nota identificativa de la Iglesia, la apostolicidad, podría quedar reducida a un mero elemento arqueológico.

Ante este choque de trenes, ¿se puede hacer algo? Es fundamental rezar por la unidad de la Iglesia en este momento tan delicado. Y también ofrecer algunas posibles soluciones. Creo que deberíamos aplicar lo que el Papa Benedicto nos enseñó. Hacía pocos meses que había sido elegido vicario de Cristo cuando tuvo que hacer el discurso a la Curia vaticana, que es tradicional que los pontífices hagan en los días previos a la Navidad. Como en ese año se conmemoraba el 40 aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, se refirió a él con palabras llenas de sabiduría. Habló de las dos hermenéuticas con que se habían leído los documentos conciliares. Una, que él denominó “de ruptura” y otra, que llamó “de reforma o continuidad”. Dijo claramente que una interpretación del Concilio en clave rupturista había llevado incluso a despreciar los textos conciliares, pues los consideraba imperfectos, fruto de transacciones con la minoría conservadora y que había generado la división entre una Iglesia considera posconciliar y otra denostada como preconciliar. Se refirió a la auténtica hermenéutica con la que había que leer, interpretar y aplicar el Concilio, la de continuidad o reforma, esta hermenéutica, esta clave de interpretación, no rechazaba el magisterio anterior, sino que lo ponía al día, como, por otro lado, siempre ha hecho la Iglesia.

Personalmente hice eso con la “Amoris laetitia” desde el primer momento, aunque algunos no me entendieron y me insultaron por ello. “Amoris laetitia” tiene muchísimas cosas positivas y eso lo afirman hasta sus más encendidos críticos. Tiene también algunas cosas ambiguas, especialmente en el capítulo octavo, que están siendo interpretadas en muchos casos con esa hermenéutica de ruptura que denunciaba el papa Benedicto. Me parece que todo se solucionaría si se dijera y se hiciera, con la “Amoris laetitia”, una hermenéutica de continuidad, que no anulara el magisterio anterior, devaluándolo y manipulándolo. La Iglesia ha avanzado siempre así y del mismo modo debe hacer ahora. Hay que hacer todo lo posible por evitar la ruptura y para ello debemos pedir al Señor el don de la unidad y leer los documentos que puedan ser conflictivos en continuidad con las enseñanzas de los Papas anteriores y no en oposición a ellas.