Mensaje del Papa a la Curia: Aceptar la crisis, evitar los conflictos

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El Papa Francisco pronunció el lunes el tradicional mensaje a la Curia con motivo de las fiestas navideñas. El pontífice reconoció que esta es «la Navidad de la pandemia», pidió ver la parte positiva de la actual crisis y evitar, a la vez, la extensión de los conflictos.

El Papa Francisco dirigió una reflexión sobre la crisis provocada por la pandemia a los miembros del Colegio Cardenalicio y colaboradores de la Curia Romana con motivo del encuentro anual celebrado esta mañana con motivo de los saludos navideños.

El Papa destacó que «esta Navidad es la Navidad de la pandemia, de la crisis sanitaria, socioeconómica e incluso eclesial que ha lacerado cruelmente al mundo entero».

La crisis de la pandemia, dijo el papa Francisco, es una buena oportunidad para hacer una breve reflexión sobre el significado de la crisis.

«La crisis es un fenómeno que afecta a todo y a todos. Está presente en todas partes y en todos los períodos de la historia, abarca las ideologías, la política, la economía, la tecnología, la ecología, la religión. Es una etapa obligatoria en la historia personal y social. Se manifiesta como un acontecimiento extraordinario, que siempre causa una sensación de inquietud, ansiedad, desequilibrio e incertidumbre en las decisiones que se deben tomar».

«Desarmado» como en la cuna

El pontífice se inspiró en la intuición de Hannah Arendt, quien «sobre las ruinas de los totalitarismos del siglo XX, reconoce» cómo «el milagro que preserva el mundo» se encuentra en las «pocas palabras con las que anunciaba el Evangelio: 'Nace un niño entre nosotros'».

En consecuencia, explicó Francisco, «encontramos el lugar adecuado sólo si estamos desarmados, humildes, esenciales», realizando «en el entorno en el que vivimos el programa de vida sugerido por San Pablo» o imaginándonos «en el escenario del pesebre», como pregunta San Ignacio de Loyola.

Con más razón, añadió el pontífice, en esta «Navidad de la pandemia, de la crisis sanitaria, económica, social e incluso eclesial que golpeó ciegamente al mundo entero», en la que «ha dejado de ser un lugar común de discursos para convertirse en una realidad compartida por todos. Este flagelo ha sido un banco de pruebas no indiferente y, al mismo tiempo, una gran oportunidad para convertir y recuperar la autenticidad».

El riesgo de un análisis desesperado

Tras recordar cómo incluso la Biblia está «poblada de personas que fueron 'zarandeadas', de 'personajes en crisis' que, sin embargo, cumplen la historia de la salvación precisamente a través de ella», el obispo de Roma ofreció los ejemplos de Abraham, Moisés, Elías, Juan Bautista, Pablo de Tarso y del mismo Jesús, que «inaugura la vida pública a través de la experiencia de la crisis vivida en las tentaciones» y luego pasa a la de Getsemaní: todo esto, aclara Francisco, porque «a veces nuestros análisis eclesiales parecen historias sin esperanza», mientras que este último consigue poner de relieve «lo que nuestras miradas miopes son incapaces de percibir».

Además, aseguró, «Dios sigue haciendo crecer la semilla de su Reino», como lo demuestran los muchos que «en la Curia dan testimonio con su trabajo humilde, discreto, silencioso, leal, profesional, honesto. También nuestro tiempo tiene sus problemas, pero el Señor no abandonó a su pueblo «, aunque luego» los problemas acaban inmediatamente en los periódicos, en cambio los signos de esperanza son noticia al cabo de mucho tiempo, y no siempre «.

La fragilidad no obstaculiza el Evangelio

Profundizando en la segunda palabra clave del discurso, a saber, la de conflicto, el Papa observó que la Iglesia, si se «lee» con las «categorías» habituales -«izquierda y derecha, progresista y tradicional»- acaba fragmentándose, polarizando, pervirtiendo y traicionando su propia naturaleza: «Es un cuerpo en crisis perpetua precisamente porque está vivo, pero nunca debe convertirse en un cuerpo en conflicto, con ganadores y perdedores. De hecho, de esta manera se esparcirá el miedo, se volverá más rígido, menos sinodal, e impondrá una lógica uniforme y estandarizadora, lejos de la riqueza y pluralidad que el Espíritu «le dio».

Al respecto, advirtió el pontífice, «todas las resistencias que hacemos para entrar en crisis dejándonos llevar por el Espíritu en el momento de la prueba nos condenan a quedarnos solos y estériles».

En resumen, concluyó, «en cada crisis siempre hay una necesidad imperiosa de actualización. Pero si realmente queremos una actualización», necesitamos «una disponibilidad total» y un compromiso de no «pensar en la reforma de la Iglesia como un parche» de un vestido viejo, o la simple redacción de una nueva constitución apostólica.

«La reforma de la Iglesia es otra cosa. Es un compromiso y un esfuerzo para que, a pesar de los muchos problemas, «nuestra fragilidad no se convierta en un obstáculo para el anuncio del Evangelio».

No te quedes en el laberinto

En su último deseo, Francisco señaló cómo «sería lindo si dejáramos de vivir en conflicto y en cambio volviéramos a sentirnos en el camino», ya que el conflicto «es un camino falso, es un vagar sin propósito, es permanecer en el laberinto», un «desperdicio de energía» y una «oportunidad para el mal». Y el primer mal al que nos lleva el conflicto, y del que debemos tratar de alejarnos, es propiamente la murmuración, el chisme, que nos encierra en la más triste, desagradable y sofocante autorreferencia, y convierte cada crisis en un conflicto.

Sin dejar de agradecer a la Curia su servicio, el Papa nos invitó a mantener «plena conciencia del hecho de que todos nosotros, yo primero, somos sólo 'servidores inútiles' para quienes el Señor usó misericordia».