San Felipe Howard, mártir

Imprimir

Philip Howard, XX conde de Arundel (1557 –  1595) fue un noble inglés nacido en Strand, Londres. Fue el hijo mayor de Thomas Howard, IV duque de Norfolk y de Lady Mary FitzAlan, hija de Henry FitzAlan, XIX conde de Arundel. Fue bautizado en el Palacio de Whitehall, con la asistencia de la Familia Real y en honor a su padrino, el rey Felipe II de España. Su padre, por apoyar la causa de María estuardo fue decapitado y su hijo perdería los derechos sucesorios sobre el ducado, manteniendo sobre los títulos de la madre.

Casó con su hermanastra Ana Dacre, y estudió en Cambridge. Más tarde pasaría a la corte a servir a la Reina. Su vida resultó disoluta y parece ser que con gran influencia protestante. Encerró en su castillo a su mujer durante años y descuidó su alma. En 1581, muy impresionado por una discusión que había oído en la Torre de Londres entre san Edmundo Campion y algunos teólogos protestantes, decidió volver al buen camino y tomó nuevamente cariño a su esposa. Su esposa, devota conversa al catolicismo fue una formidable ayudadesde entonces en su vida espiritual.

Debido a su catolicismo y a la persecución que sufrían, Felipe determinó huir con su familia y su hermano Guillermo a Flandes. En una larga carta que escribió a la reina para explicar su conducta, antes de embarcarse en Sussex, le decía que había llegado al punto «en que se veía obligado a escoger entre la pérdida de los bienes materiales y la pérdida de su alma». La nave en que viajaban fue capturada en el camino a Flandes, y Felipe fue aprisionado en la Torre de Londres.

Si bien los cargos de alta traición nunca se demostraron, pasó diez años en la torre, hasta su muerte por disentería. En su lecho de muerte, había solicitado a la reina que le permitiera ver a su esposa e hijo, que había nacido un año después de su encarcelamiento. La Reina respondió que se si se convertía al protestantismo su solicitud sería concedida. Él se negó y murió solo en la torre.

Felipe Howard tenía treinta y ocho años al morir y había estado prisionero diez años consecutivos. Su paciencia y su conducta en la prisión, fueron no sólo ejemplares, sino heroicas. Su conversión había sido muy sincera, y el conde pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo y copiando libros devotos. Como si el confinamiento solitario no fuese una pena suficiente, solía ayunar, mientras se lo permitió la salud, tres veces por semana, y todos los días se levantaba a las cinco de la mañana para orar. En particular, hacía penitencia por la forma en que había tratado a su fiel esposa. En una carta a san Roberto Southwell, le decía: «Nuestro Señor es testigo de que ninguno de mis pecados me hace sufrir tanto como el haber ofendido a mi esposa». A ésta le escribía: «Aquél que todo lo ve, sabe que lo sucedido es como un clavo en mi corazón y constituye la carga más pesada que llevo en la conciencia; tengo la intención de hacer toda la penitencia que me permitan mis fuerzas».