Mujeres

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Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

El 8 de marzo se ha convertido desde hace años en un referente mundial para recordar la necesidad de lograr la igualdad esencial de derechos entre varones y mujeres, superando toda forma de discriminación. El Día Internacional de la Mujer conmemora en esta fecha el incendio ocurrido en 1911 en una fábrica textil de Nueva York, que causó la muerte de 146 personas, la gran mayoría de ellas mujeres inmigrantes.

Quiero aprovechar esta ocasión para presentar a cinco mujeres concretas, de cinco países distintos, que nos ofrecen paradigmas diferentes, complementarios y estimulantes del significativo papel y la valiosa aportación que brindan las mujeres para mejorar las condiciones de vida de toda la humanidad. Ya el Papa San Pablo VI había dicho con lucidez que, “para la Iglesia, el primer medio de evangelización consiste en un testimonio de vida auténticamente cristiana”. Y es que “el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan o, si escuchan a los que enseñan, es porque dan testimonio” (Evangelii Nuntiandi, n. 41). Contemplemos, pues, el testimonio de vida de estas mujeres dejándonos interpelar por ellas.

 

Comenzamos con Dorothy Stang (1931-2005). Esta misionera, religiosa de las Hermanas de Nuestra Señora de Namur, fue asesinada en la Amazonía brasileña, por defender los derechos de los pobres y los derechos de la tierra. Participó desde su fundación en la Comisión de Pastoral de la Tierra (CPT) de los obispos brasileños. Trabajando en el estado del Parâ (norte del Brasil) durante décadas, Dorothy Stang impulsó programas de cooperativas rurales, que reservaban un 20% de la tierra para la agricultura y un 80% para el mantenimiento de las selvas amazónicas. Solía decir que “la muerte del bosque es el fin de nuestra vida”. Varias veces amenazada por quienes tenían otros intereses en la zona, fue finalmente asesinada por dos pistoleros que dispararon seis tiros sobre la hermana Dorothy. Ella solo llevaba su Biblia y, momentos antes de morir mártir, leyó en voz alta un fragmento de las Bienaventuranzas. Dado que en octubre de este año 2019 celebraremos la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para la región panamazónica, su ejemplo, su testimonio de vida y su amor al Evangelio pueden ser de ayuda para todos nosotros.

La vida de Fannie Lou Hammer (1917-1977) también estuvo dominada por el deseo de encarnar el Evangelio. Mujer negra y pobre, nacida en el delta del Misisipi (sur de Estados Unidos), nada parecía indicar que pudiese ser una figura relevante en la historia pública, pero llegó a serlo. A los 45 años de edad, se sumó al movimiento de los derechos civiles, luchando contra la discriminación racial y a favor de la justicia social. Fue una brillante líder en varias iniciativas: el Comité de Coordinación de Estudiantes No-violentos, la “Delegación de la Libertad”, la Campaña de la Gente Pobre –iniciada por Martin Luther King–, la cooperativa agraria “Libertad”. Por todo ello, sufrió en sus carnes la amenaza social, la cárcel, la tortura física y la esterilización forzada. Firmemente anclada en una fe bíblica, decía que “el cristianismo consiste en preocuparse por el prójimo. De eso trata Dios y de ahí obtengo mi fuerza”. Murió en 1977 de un cáncer de pecho.

Pandita Ramabai (1858-1922) también tuvo que enfrentarse a la discriminación étnica y a la injusticia social. Había nacido en el estado de Karnataka (India) en una acomodada familia hindú, de casta brahmánica. Casada a los veintidós años, quedó viuda y con una hija apenas un año después. Poco a poco fue haciéndose consciente de la realidad de pobreza que sufrían los huérfanos y las viudas de su país. Fundó para ellas, en Poona y en Bombay, centros de promoción y de defensa de sus derechos. En este trabajo colaboró con numerosos misioneros cristianos. En 1883 viajó a Inglaterra, estudió la Biblia y pidió ser bautizada en la comunión anglicana. Al regresar a la India, expandió su trabajo socio-caritativo, fundando un centro para madres solteras, un programa contra el hambre y una red de escuelas para niñas pobres. Insistía en que la fuerza de su obrar manaba de su amor a Dios y al prójimo y de la constancia en la plegaria, que le impulsaba a mirar a todos por encima de barreras y diferencias.

Una figura un poco más conocida que las mencionadas hasta ahora es la de la keniata Wangari Maathai (1940-2011), sobre todo desde que recibió el Premio Nobel de la Paz en el año 2004. Años antes, en 1977, había fundado el Movimiento Cinturón Verde que ha plantado más de 50 millones de árboles y ha capacitado a más de 30.000 mujeres; de este modo tan sencillo, lucha eficazmente por la defensa del medio ambiente y por los derechos de las mujeres. Wangari Maathai, de la etnia kikuyu, nació en la aldea de Ihithe (Kenia), se educó en las escuelas católicas de la misión, perteneció a la Legión de María, logró una beca para estudiar la universidad en Estados Unidos, y fue la primera mujer del Este de África en obtener un doctorado, en anatomía veterinaria. Su fe católica le ayudó a que su ascenso social no se convirtiese en un alejamiento del pueblo sino, por el contrario, en una oportunidad sostenida de servicio a los más pobres. Me parece que su vida y su compromiso pueden considerarse como un modelo cristiano del ecologismo africano de los pobres, liderado por mujeres.

La española Pilar Bellosillo (1913-2003) fue, sucesivamente, presidenta de las Jóvenes de Acción Católica, de las Mujeres de Acción Católica y de la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC), cargo que ejerció entre 1961 y 1974. Participó como auditora laica en el Concilio Vaticano II, donde pidió a los padres conciliares: “No hablen de las mujeres como flores o estrellas, si no como personas humanas”. Con todo este bagaje, animó un vigoroso llamamiento para luchar contra el hambre en el mundo e inició en España la primera Campaña contra el Hambre, realizada en el año 1960, germen de la actual Manos Unidas. En el post-Concilio, participó en el Enlace Femenino Ecuménico y, ya en 1986, creó el Foro de Estudios sobre la Mujer. En cierta ocasión, dijo: “No sé si tendréis experiencia de que algo mana en vuestro interior, de que tenemos una fuente... Yo sí la tengo y en ciertas ocasiones la experiencia ha sido más fuerte, casi como una inundación”. Viendo su fecunda y luminosa vida, no parecen palabras exageradas.

Estas cinco mujeres provienen de América del Norte y del Sur, de África, de Asia y de Europa. Todas, menos una, son laicas. Tres son católicas y dos pertenecen a otras confesiones cristianas. Todas muestran cómo la fe cristiana es un motor de compromiso a favor de los más pobres. Y muchos de los más pobres entre los pobres, con frecuencia, se hallan en su penosa situación por carecer de medios, por ser mujeres y por pertenecer a una etnia o grupo discriminado. Que este Día Internacional de la Mujer, rico en iniciativas y conmemoraciones, sea una oportunidad propicia para aprender de estas cinco mujeres, descubriendo en ellas un hontanar de inspiración. Cada una desde su atalaya pone de manifiesto que el amor a Cristo es fuente de plenitud y acicate para estar cerca de los menos favorecidos de la sociedad. La fe en Cristo nos alienta a amar a todos, nos impulsa a no mirar la vida desde el balcón de nuestra comodidad, nos arranca del egoísmo y nos invita a hacer nuestro el dolor ajeno. La fe nos induce a salir al encuentro de los menesterosos con audacia y sin tibiezas. En definitiva, aviva en nosotros el deseo de nadar contra corriente, aunque ello cueste.

(Publicado en la revista "La Verdad", de la Archidiócesis de Pamplona y Tudela)