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Viernes, Octubre 23, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

El Cristo comunista chino

Cameron HILDITCH, historiador

A principios de este año tuvimos noticia de la intención del Partido Comunista Chino (PCC) de elaborar su propia “traducción” del texto bíblico aprobado por el estado. Evidentemente, las Sagradas Escrituras no son tan afines a la ortodoxia del PCC como le gustaría al Politburó.

De acuerdo con la agencia estatal de noticias Xinhua, el Partido reunió a un grupo de “especialistas” obedientes y dóciles a finales del año pasado con el encargo de “realizar una interpretación acertada y fundamentada de las doctrinas clásicas a fin de armonizarlas con los tiempos”. En otras palabras, el PCC planea transformar las Escrituras en otra propaganda del régimen mediante una reescritura más allá de todo reconocimiento.

Aún no tenemos acceso a toda la “versión del Presidente Xi” de la Biblia, pero los primeros frutos de este sórdido esfuerzo se hicieron públicos la semana pasada cuando una imprenta gubernamental publicó un manual escolar destinado a estudiantes de instituto. El libro, que es utilizado para enseñar “ética profesional y derecho”, incluye un pasaje del capítulo ocho del Evangelio de san Juan. El pasaje nos narra la famosa historia de la mujer sorprendida en adulterio y llevada ante Jesús por sus enemigos para que este la juzgue. Esta historia se emplea por los autores del libro como un ejemplo de moral aprobada por el Partido de cómo la obediencia a la ley es absolutamente necesaria, un principio básico a inculcar en los alumnos por parte de un gobierno que no tolera ninguna desobediencia a sus propias leyes.

Aquellos que estén familiarizados con este pasaje sabrán de la dificultad de utilizar este pasaje para instruir a los estudiantes en el arte de una inquebrantable sumisión a la ley al pie de la letra. El PCC es, evidentemente, consciente de ello y ha introducido cambios significativos en el texto. Para aquellos que no hayan leído nunca la historia, la plasmamos tal y como aparece en el Evangelio de Juan:

Al amanecer se presentó de nuevo en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?” Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.” E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?”

Ella respondió: “Nadie, Señor.”

Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.”

La “traducción” del PCC reproduce la historia con una relativa fidelidad, hasta el momento en el que Jesús se queda a solas con la mujer que los fariseos habían arrastrado ante él. Los acontecimientos sufren un giro completamente extraño y diabólico:

Cuando la multitud desapareció, Jesús apedreó a la mujer hasta la muerte diciendo: “Yo también soy un pecador. Pero si la ley solo pudiese ser ejecutada por hombres inmaculados, estaría muerta”.

Así es. Ha leído bien: en esta historia, Jesús se deshace de la multitud para tener él mismo el placer de lapidar a la mujer.

Huelga decir que esta alteración es una blasfemia y que resulta ofensiva para los cristianos, pero es comprensible por qué el PCC ha decidido llevarla a cabo. La historia de Jesús y la adúltera, en su versión original, claramente no la puede permitir el PCC. Aunque hasta el momento en el que Jesús queda a solas con la mujer todo es asimilable, el final sufre modificaciones y su diálogo final queda descalificado y reemplazado por algo no solo tolerable, sino útil al PCC. Estos puntos de divergencia entre la Biblia del PCC y su original nos dicen mucho sobre lo que el Politburó ve como diferencias irreconciliables entre la civilización occidental y la china.

El primer “problema” con el relato de san Juan desde la perspectiva del PCC radica en la licencia bastante arrogante con la que Jesús aplica la ley mosaica. Rechaza la idea de que el estricto cumplimiento de la norma realice la voluntad divina. Esta actitud escéptica hacia la eficacia de los requisitos legales es algo que la teología cristiana ha incorporado desde el principio. El teólogo Philip Sherrad señala que el cristianismo es la única de las religiones abrahámicas que carece de una constitución política divinamente revelada o de un programa legislativo. La Torá y el Corán presentan un dios que exige a su pueblo constituir estructuras políticas específicas que son asistidas por la divinidad. Por el contrario, el cristianismo traspone el drama divino, haciéndolo pasar de una clave legal a una clave existencialista.

Las implicaciones políticas de esto son evidentes. Si el estado ya no puede pretender encarnar la voluntad divina en la tierra, algo que se cumple en el ámbito de la conciencia, entonces el gobierno está limitado por el derecho de la conciencia, que no puede violar. Uno de los primeros Padres de la Iglesia, Orígenes de Alejandría, expresó esta convicción cuando escribió que “en todas las ciudades tenemos constancia de la existencia de otro tipo de pueblo, creado por la Palabra de Dios”. El modo de Jesús de abordar el adulterio separa la legalidad de la moralidad, posiblemente, por primera vez en la historia. Si la leemos junto a otras declaraciones del Nuevo Testamento (de las que Mt 22, 21 es la más obvia), se trataría de la primera teoría en el mundo de un gobierno limitado.

No hace falta señalar que los comunistas probablemente no acojan esta teoría con alegre entusiasmo. A los ojos del gobierno chino, las acciones del Cristo comunista son una corrección necesaria del lamentable e irresponsable apego del Hijo de Dios por la libertad. Los redactores de las escrituras del PCC han optado por que el Cristo rojo comunique a la desgraciada mujer que está a punto de matar que “si la ley solo pudiese ser ejecutada por hombres inmaculados, estaría muerta”. La idea de una ley muerta se presenta como el único escenario insoportable para el gobierno chino. Porque, si se quiere que el régimen del PCC dure, no se puede reconocer autoridad mayor que las leyes del estado. La misma dinámica explica la otra afirmación que sale de la boca de este Cristo comunista en el texto revisado: informa a la mujer que “Yo también soy un pecador”. Aquellos que creen en la divinidad de Jesús de Nazaret suelen elevarle por encima de cualquier autoridad humana. Por esto los primeros cristianos se enfrentaron a tantos problemas desde el principio. El pluralismo religioso era permitido en la antigua Roma siempre y cuando se reconociese al emperador por encima de los derechos de cualquier otra deidad particular. De la premisa “Jesús es Señor”, los primeros cristianos derivaron la peligrosa pero inevitable conclusión de que “el César no lo es”. El Presidente Xi sin duda alguna quiere evitar la aparición de este silogismo en la mente de los cristianos chinos. La afirmación de la divinidad de Jesucristo dotaría a los cristianos chinos de unos valores morales trascendentes y pre-políticos que les permitirían juzgar las acciones de su propio gobierno. Tales valores morales, si fuesen comunes a un amplio sector de la población, inevitablemente promoverían nociones contrarias al gobierno. No hace falta llegar al Segundo Tratado de Locke para ver cómo se fraguarían tales nociones. Allá donde el cristianismo se enraíza, la autoridad del estado es vista por parte de los ciudadanos como algo condicional. Por ejemplo, el siguiente pasaje recoge parte de una carta escrita por Manegold de Lautenbach al emperador Enrique IV de Inglaterra en el siglo XI. El autor, huelga decirlo, no era discípulo ni de Locke ni de Hobbes:

Porque el pueblo no lo exalta por encima de sí mismo para concederle un ilimitado poder de tiranizar sobre ellos, sino para defenderse de la tiranía y la maldad de otros. Sin embargo, cuando el elegido para reprimir a los malhechores y defender a los justos comienza a apreciar el mal en él mismo, a oprimir a los hombres buenos, a ejercer sobre sus súbditos la cruel tiranía que debe apartar de ellos, ¿no está claro que pierde merecidamente la dignidad que se le concedió y que el pueblo queda libre de su señorío y de su sujeción, ya que es evidente que él rompió primero el pacto en virtud del cual fue designado?

En la historia, los derechos absolutos de la religión se han convertido en derechos absolutos en el Estado. El cristianismo no fue inmune a ello, pero ha sido el único en rechazar la idea de que el estado pueda o deba encarnar el plan de Dios para la salvación de la humanidad. El PCC no puede permitir que la desacralización del estado y el concomitante auge de una idea de un gobierno condicionado y circunscrito por el pacto social ganen fuerza en China. Por ello, el Cristo comunista ha sido inventado como un correctivo necesario de estas peligrosas ideas.

Se podría decir mucho más acerca de este proyecto, pero la cuestión más importante que los estadounidenses deben entender es que el PCC ha aprendido de los errores de la Unión Soviética en lo que a religión se refiere. La apropiación, reempaquetado y cuidadoso control de Pekín del cristianismo dentro de las fronteras de China es un claro contraste con la abierta e implacable hostilidad de los soviéticos hacia la religión organizada. Es similar en muchos sentidos a la preferencia del Politburó chino por el capitalismo de estado sobre el marxismo-leninismo de los antiguos países del Este. El PCC ha aprendido que la supervivencia a largo plazo de un superestado comunista se beneficia más de la gestión a nivel local de aquellos elementos hostiles a la ideología comunista en lugar de intentar abolirlos abiertamente. Los caballos salvajes podrían apartar al pueblo chino de su tiránico gobierno, pero en lugar de disparar a los caballos, al más puro estilo soviético, el PCC ha optado por domarlos y someterlos. El nuevo comunismo chino es de control social, no de revolución social. Y así, sus arquitectos permiten la dosis justa de capitalismo para mantenerse en el poder, y la dosis justa de Jesús para mantener fuera a Cristo.

Quizás deberíamos dejar de enviar bonos del Estado y empezar a enviar sacerdotes.

(Publicado en National Review)

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