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Sábado, Septiembre 26, 2020
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Crisis-decadencia de la Iglesia

Autor: Héctor AGUER, arzobispo emérito de La Plata

Numerosos autores han hablado, ya desde hace años, de la crisis de la Iglesia. ¿Qué es realmente lo que se desea expresar empleando esos términos? ¿Puede pensarse en una situación que se prolonga por décadas, por ejemplo, desde la conclusión del Concilio Vaticano II? ¿O se trata de una sucesión de crisis, separadas quizá por algunos períodos de alivio y relativa bonanza?

Comencemos por un esclarecimiento de los posibles significados a reconocer del meneado sustantivo. En griego, krísis designa la acción o la facultad de elegir, de decidir. Hipócrates empleaba esa palabra para referirse a la fase decisiva en el proceso de una enfermedad. También vale por «explicación», «interpretación». En castellano, crisis se define como una mutación importante en el desarrollo de un proceso, sea de orden físico, histórico o espiritual. Se habla así cuando en la situación de un asunto puede dudarse acerca de la continuación, la modificación o el cese de la misma. Por extensión, se refiere al momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes, a una situación dificultosa o complicada. La acepción seis del Diccionario de la Real Academia Española, es: escasez, carestía. Esta digresión lingüística no es una vanidad; permite fijar bien de qué estamos hablando.

Normalmente, una crisis se resuelve en una superación que equivale a un apogeo, una culminación feliz, o por lo contrario, en una decadencia. Es bastante común seguir hablando de crisis cuando en realidad se ha caído en una declinación, cuando en un período o ámbito determinado se ha instalado ya un principio duradero de debilidad o de ruina. Ruina es la caída, destrucción o perdición de algo. En buen español se dice batir en ruina cuando se trata de percutir la muralla de una fortaleza hasta derribar un trozo de ella para que por allí entren las tropas enemigas para rendirla.

Si aplicamos esta expresión al estado de la Iglesia, nos acercamos a la interpretación que muchos de los Santos Padres hicieron de algunas lamentaciones colectivas del Salterio, una lectura de actualización cristiana de vivencias dolorosas del antiguo Israel. En el Antiguo Testamento la viña es frecuentemente imagen del pueblo de Dios, a tenor de lo expresado en el poema que el profeta Isaías incluye en el capítulo 5 de su libro: La viña del Señor de los ejércitos es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta (Is 5, 7). El drama registrado en ese texto consiste en que el dueño esperaba le diera uvas, pero dio frutos agrios (ib. 4). La reacción fue una amenaza cumplida: Quitaré su valla y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada; la convertiré en una ruina (ib. 8). Así leemos en el Salo 80 (79), 13 s.: ¿Por qué has derribado sus cercos para que puedan saquearla todos los que pasan? Los jabalíes del bosque la devastan y se la comen los animales del campo. El salmista se refiere seguramente a la invasión asiria, o a la de Nabucodonosor de Babilonia. Una situación análoga se describe en el Salmo 89 (88), 41 s.: Abriste brechas en todas sus murallas, redujiste a escombros todas sus fortalezas, los que pasan por el camino lo despojan, y es la burla de todos sus vecinos. El singular masculino se refiere al Ungido, representación del pueblo elegido. En este caso los enemigos son los pueblos vecinos de Israel: sirios, moabitas, amonitas, idumeos. Es necesario recordar, para una valoración plena de la imagen, que las viñas, en Palestina, estaban rodeadas de una pared de piedras o un cerco de cactus como protección. En cada una de ellas había una torre, desde la cual vigilaba el propietario, siempre dispuesto a intervenir. De allí la súplica angustiada: Vuélvete, Señor de los ejércitos, observa desde el cielo y mira; ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso (Sal 80 (79), 15 s.). También: ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Te ocultarás para siempre? (Sal 89 (88), 47). Como ya lo he sugerido, según los Santos Padres, la viña es la Iglesia, el nuevo Israel. Esta interpretación se hizo común; el mismo Lutero apreciaba en los salmos citados una profecía de la Iglesia.

Entremos ahora decididamente en el tema. Concluido el Concilio Vaticano II, teólogos destacados como Henri de Lubac, Louis Bouyer y Hans Urs von Balthasar, que no eran por cierto «conservadores», en el sentido negativo de la palabra, sino que se contaron como impulsores de la renovación, se pronunciaron abiertamente, y con severidad, para criticar la crisis –así se la llamó ya entonces- que se había desencadenado, poniendo en riesgo la identidad de la fe. El año 1968 fue tremendo. Pablo VI, para hacer frente a la situación lo decretó Año de la Fe, publicó el Credo del Pueblo de Dios, y la encíclica Humanae vitae tradendae; rechazada por varias Conferencias Episcopales, y sobre la cual se ha impuesto un ominoso silencio que ha llevado al olvido oficial de su cincuentenario. Joseph Ratzinger, el futuro Benedicto XVI, en una conferencia pronunciada en Munich, en 1970, decía: «Lo que era impensable hasta ahora, se ha hecho normal: hombres que desde hace tiempo han abandonado el Credo de la Iglesia se consideran en buena conciencia como cristianos verdaderamente progresistas. No hay para ellos más que un solo criterio que cuenta y que les permite juzgar a la Iglesia: el criterio de la funcionalidad que guía su acción». Pareciera que se está refiriendo a nuestros años, los veinte del tercer milenio, pero nadie interviene, como si no pasara nada.

El desmedro, la decadencia, no son uniformes, y en algunas regiones alejadas del centro eclesial se podrán reconocer crecimiento y un cierto apogeo, pero la débacle es estridente en casi todas partes, sobre todo en los países de vieja cristiandad, en los que se impone el imperio destructor del progresismo. La lista que consigno ahora es, seguramente, incompleta: descuido de la rectitud de la doctrina católica (estos términos han desaparecido del lenguaje oficial; por algo será), y de su difusión entusiasta, según corresponde a la misión de la Iglesia, en favor del activismo social. Pérdida de la identidad católica a causa de una comprensión relativista del diálogo ecuménico, interreligioso y cultural, con lo cual se frustra su noble finalidad. Devastación de la liturgia, en la que –olvidando las prescripciones del Concilio- cualquier celebrante, obispos incluidos, puede hacer lo que se le ocurre inventar, con pérdida del sentido del misterio y de la adoración. Supremacía del «pastoralismo» parlero sobre las dimensiones interiores y místicas de la vida eclesial, y del empeño en la santificación de los fieles. La vergüenza del abuso de menores por eclesiásticos, un aspecto singular del descuido o desprecio concreto de la virtud de castidad y de su valor para casados y célibes. Desequilibrio en la presentación del papel de la mujer, ignorando el magisterio y la acción de Juan Pablo II; y dejando el campo libre para la invasión de la ideología de género. Devaneos acerca de una posible promoción femenina a ministerios ordenados, otro síntoma de protestantización. Burocratización e ideologización de muchas Conferencias Episcopales, con daño de la auténtica misión del obispo en su Iglesia particular, perfectamente definida ya por San Ignacio de Antioquía en sus Cartas de los primeros años del siglo II. Congregaciones religiosas beneméritas que se encuentran al borde de la extinción. Recientemente se han difundido datos sobre el cierre de conventos dominicos en España; lo más tétrico es que los frailes se manifiestan contentos y se felicitan de ello. Otras veces me he referido a esa especie de «buenismo» que se extiende; recuerdo ahora un juicio picante de ese genio extraordinario que fue el poeta Paul Claudel: «El Evangelio es sal, y ustedes lo han convertido en azúcar».

El Cardenal Robert Sarah, en su magnífico libro «La noche se acerca y cae el día», conserva el nombre de crisis al describir la decadencia de la Iglesia; allí escribió que la crisis que vive la Iglesia en nuestros días «es como un cáncer que corroe el cuerpo desde el interior», y que «ha entrado en una nueva etapa: la crisis del magisterio». Designa en estos términos a la «cacofonía en las enseñanzas de los pastores, obispos y sacerdotes»; de ello resulta –afirma- «una situación de confusión, de ambigüedad y de apostasía». Estas palabras sinceras y valientes proceden de un testigo ubicado en un mirador privilegiado, una torre desde la que se divisa la viña: la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, organismo de la Curia Romana. «Cacofonía» es sonido desagradable, disonancia, inarmonía, lo contrario de lo que debe ser la palabra de la predicación.

El Cardenal observa que «el activismo atrofia el alma del sacerdote, y le impide dejar lugar a Cristo en él»; la fe, entonces, no puede animar su ministerio y desgraciadamente la mundanización le atrae el agrado del mundo y lo hace popular. En la obra mencionada, el ilustre autor incluye una cita del poeta y polemista Charles Péguy (1873 – 1914); es extensa, pero por su contundencia me permito reproducirla aquí. Procede de su libro Ética sin compromiso, y dice: «Que los párrocos no creen en nada, no creen más en nada, es la fórmula corriente hoy en día, la fórmula generalmente adoptada, y por desgracia no es injusta más que por algunos. Ellos dicen: ‘es la adversidad de los tiempos’… No existe la adversidad de los tiempos; existe la de los clérigos. Todos los tiempos pertenecen a Dios. Todos los clérigos desgraciadamente no le pertenecen. Uno se espanta de las enormes responsabilidades que tendrán que cargar, comprometidos en las responsabilidades extremas. Eso es lo que ellos no quieren ver… No es un secreto para nadie, y no se puede ocultar en la enseñanza, salvo quizá en la enseñanza de los seminarios, que toda esta descristianización, que toda la descristianización ha venido del clero. Todo el debilitamiento del tronco, la sequía de la ciudad espiritual, no viene de ninguna manera de los laicos. Viene únicamente de los clérigos». Y concluía Péguy: «Ellos quieren hacer progresos al cristianismo. Que no se confíen, que no se confíen. Quieren hacer progresar al cristianismo, progresos que podrían costarles, que les costarían caro. El cristianismo no es de ninguna manera una religión de progreso: ni (ni quizá menos todavía, si posible) del progreso. Es la religión de la salvación». Elocuente descripción del progresismo eclesiástico de los primeros años del siglo XX; y del siglo XXI, también. Otro problema gravísimo es la escasez de sacerdotes; no solo en la Amazonia.

Cornelio Fabro (1911 – 1995) fue el restaurador de la metafísica tomista, autor de una vastísima obra en la que reluce su erudición, su conocimiento de la filosofía moderna y su condición de hombre espiritual. En 1974 publicó L’ aventura della teología progressista, donde habla de la crisis de los pastores de almas; allí recoge los eslóganes que circulaban en aquellos años aciagos: «El sacerdocio debe ser desmitologizado, el patriarcalismo demolido, la Iglesia democratizada… Hay sacerdotes cuya jornada, el curso que ella sigue, está determinado por los programas de televisión; sacerdotes que descuidan regularmente sus propios deberes de piedad sacerdotal... Con la pérdida y el debilitamiento de la fe surge para la cura de almas un peligro mortal». Avala esta descripción con ejemplos concretos recogidos en los cursos de ejercicios espirituales para sacerdotes que él mismo dictaba. Esta cuestión particular se inscribe en el juicio más amplio que Fabro formulaba sobre el giro antropológico en la teología contemporánea, que consideraba una disolución de la teología en la antropología y su completa secularización, de raíces inmanentistas. El texto analiza ampliamente las consecuencias del desprecio de la metafísica, por ejemplo, la pretensión de fundar una «nueva moral»; negación de la ley natural como principio de normatividad universal y absoluta, en cuanto participación de la ley eterna en la criatura racional, enseñanza de raíces bíblicas y patrísticas que Tomás de Aquino expuso admirablemente. El magisterio de Juan Pablo II y Benedicto XVI ha refutado repetidas veces la perduración de aquellos errores.

El libro del Cardenal Sarah «La noche se acerca y cae el día» muestra que la crisis de los lejanos años 70 se ha prolongado hasta hoy; y se ha convertido en una especie de «vulgata» eclesial, una cultura anticatólica de perversa vigencia. En estas condiciones el dinamismo salvador de la fe cristiana reduce su influjo de tal modo que el hombre, y sociedades enteras, quedan atrapados en la ignorancia, la confusión y el pecado, abandonados al poder del Enemigo. ¡Mysterium iniquitatis!

¿Qué podemos hacer? Lejos estoy, obviamente, de regodearme en la descripción de los males que recojo en esta nota; ¡todo lo contrario!, lo hago con inmenso dolor. Los datos de la crisis – decadencia son inocultables; aunque muchos, muchísimos prefieren no verlos, ils crèvent les yeux, como diría un francés. Es un penoso ejercicio registrarlos, pero alguien lo tiene que hacer. Como se puede apreciar por las citas y referencias que ofrezco, soy un mínimo agente, un simple eco de gente con verdadera autoridad y sabiduría.

¿Qué podemos hacer? Amar a la Iglesia, nuestra Madre; rezar por ella con humildad, paciencia y esperanza. Y decirle al Señor, a quien cuesta reconocer porque hace ademán de pasar de largo, como los discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros (meîmon meth’ hemon), porque ya es tarde y el día se acaba» (Lc 24, 29). Hace ademán (prosepoiēsatoib. 28); ese verbo prospoiéo significa «hacer como que…», «simular», «fingir». Pero la fe nos asegura que Él no se va, y que como en un estallido fugaz podemos reconocerlo, lo reconocemos, en las Escrituras y en la fracción del pan.

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