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Martes, Noviembre 24, 2020
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"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Charles de Foucauld y el islam

Autor: Juan Carlos SOLEY, economista

La noticia de la próxima canonización de Carlos de Foucauld ha dirigido la mirada de muchos sobre este santo. Entre los múltiples aspectos de su vida, su relación con el mundo musulmán no es un detalle menor, pues éste jugó un importante papel tanto en su conversión como en el discernimiento de su vocación como en su vida retirada en el Sahara hasta que fue asesinado en 1916.

La tentación, en los momentos que vivimos, es presentar a un Carlos de Foucauld que se ajuste a nuestros deseos, especialmente a lo que consideramos políticamente correcto, expurgado de lo que nos pueda resultar molesto. Así, un escritor musulmán, Dídac P. Lagarriga, publicó un libro titulado «De tu hermano musulmán. Cartas de hoy a Charles de Foucauld», con prólogo de Javier Melloni y epílogo de Pablo d’Ors, en el que, según su editor, «nos invita a descubrir el islam silente y místico, un islam no exento de una intensa vertiente social y cultural que busca siempre el encuentro con el otro». Y en la web de la Familia Carlos de Foucauld se puede encontrar un artículo del teólogo e islamólogo Louis Gardet, titulado El P. de Foucauld y el Islam, en el que encontramos esta sorprendente afirmación: «Las raras veces en las que de Foucauld se refiere explícitamente al Islam en sus escritos no son significativas».

Para saber exactamente cuál era su visión real del Islam parece apropiado ir a lo que el propio Carlos de Foucauld escribió al respecto en su abundante correspondencia, así como en sus diarios y notas espirituales.

Es obvio que su encuentro con el Islam jugó un papel desencadenante en la conversión del entonces vizconde de Foucauld. Fue la actitud religiosa de los musulmanes, sobre todo su sumisión al Dios del Corán, de la que fue testigo durante su primera campaña en Argelia (1881-1882) y luego durante su expedición a Marruecos (1883-1884), la que provocó que se planteara la cuestión fundamental de la dimensión religiosa de la existencia. Esto se refleja en varias cartas a su primo Henry de Castries justo antes de su ordenación (1901), donde escribe que «la visión de esta fe, de estos hombres viviendo en la continua presencia de Dios, me ha hecho entrever algo más grande y más verdadero que las ocupaciones mundanas». Incluso llegará a confesar que estuvo tentado de hacerse musulmán: «el islamismo es extremadamente seductor; me ha seducido en exceso», y más adelante: «me gustaba mucho, con su simplicidad, la simplicidad del dogma, simplicidad de la jerarquía, simplicidad de la moral».

Para el joven oficial que era en aquel momento Carlos de Foucauld, atraído por la doctrina coránica que presenta a un Dios magnífico e inalcanzable en su soledad, la religión cristiana le parecía irracional y complicada, con todos sus dogmas de la Trinidad, la Encarnación o la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Fue el Padre Huvelin quien supo abrirle los ojos y hacerle descubrir el corazón del cristianismo, que Dios es Amor, y de este modo superar sus objeciones. Es entonces cuando Carlos de Foucauld pasa a considerar la religión de Mahoma como «demasiado material» para ser verdad. «Pude ver con claridad -escribe a de Castries- que [el Islam] carece de fundamento divino y que no era la verdad… no tiene suficiente desprecio por las criaturas para enseñar un amor de Dios digno de Dios: sin la castidad y la pobreza, el amor y la adoración son muy imperfectos».

Otro momento importante en su vida es su estancia en la trapa de Akbès (Siria), donde fue testigo, en 1895, de las masacres de cristianos orientales cometidas por los turcos y los kurdos. Más adelante pudo conocer más el Islam por su contacto con los tuaregs de Argelia, entre quienes se instaló en 1901. Este contacto de primera mano con el Islam se refleja, por ejemplo, en una carta a su cuñado, Raymond de Blic, del 9 de diciembre de 1907, en la que escribe: «Si en los países cristianos hay tanto mal, piense en lo que pueden ser estos países donde no hay, por así decirlo, más que mal, donde el bien está casi totalmente ausente: todo es mentira, duplicidad, astucia, codicia de todo tipo, violencia, ¡con qué ignorancia y qué barbarie!».

Este realismo, sin embargo, no llevó a Carlos de Foucauld al desprecio de aquellos junto a quienes vivía, al contrario: decide a amarles a imagen de Cristo a quien ha elegido imitar incondicionalmente y sin reservas. Mientras observa una estricta regla de vida, oración y trabajo, el Padre de Foucauld dedica mucho tiempo a acoger a los que llaman a su puerta, a hacer el bien, a redimir esclavos, a aconsejar y a enseñar. Llegará incluso a crear talleres para mujeres, aunque tiene muy claro que lo suyo no es lo que hoy en día llamaríamos voluntariado. El 16 de abril de 1915, diez años después de su llegada a territorio tuareg, escribe a su prima Marie de Bondy: «el tricotaje y el ganchillo marchan de maravilla… Todas estas cosas son útiles espiritualmente, pues todo encaja: no se conseguirá que estos pueblos abandonen el islamismo más que instruyéndolos, abriéndoles el espíritu, dándoles la idea y el deseo de una vida material, y luego, de una vida intelectual superior a la suya».

Y es que de la lectura de sus cartas aparece un Carlos de Foucauld volcado en la conversión de los musulmanes, un tema que se repite incesantemente en sus intercambios epistolares. A diferencia de muchos, Foucauld no considera que sea imposible convertir a los discípulos de Mahoma, y apostilla que ve menos fanatismo y prejuicios anticristianos entre los tuaregs que entre los árabes. Su método propio de evangelización, madurado en un largo período de tiempo, consistirá, en sus propias palabras en: «hacer todo lo posible por la salvación de los pueblos infieles de estas tierras, en el olvido total de mí mismo. ¿Por qué medios? Por la presencia del Santísimo Sacramento, el Santo Sacrificio, la oración, la penitencia, el buen ejemplo, la caridad, la santificación personal». Un método que actúa por el ejemplo y de modo progresivo y prudente, pero que no descarta nunca el anuncio explícito, como explica en sus notas personales del 19 de junio de 1903: «hablar mucho a los nativos y no de cosas banales, sino que, a propósito de todo, llegar a Dios; si no podemos predicarles a Jesús porque ciertamente no aceptarían esta enseñanza, prepararlos poco a poco para recibirla, predicándoles incesantemente en las conversaciones la religión natural, hablar mucho y siempre de manera que mejoren las almas, sean elevadas, se acerquen a Dios, se prepare el terreno para el Evangelio».

Es este espíritu el que le llevó a traducir los cuatro Evangelios al idioma de los tuareg y a escribir un catecismo en forma de entrevista que tituló El Evangelio presentado a los pobres del Sahara. Otra de sus iniciativas, que podemos calificar de audaz, fue la de repartir «rosarios de la caridad» a los musulmanes, a quienes enseñaba a rezar diciendo en cada cuenta: «Dios mío, te amo con todo mi corazón». En una carta al Padre Huvelin fechada el 15 de julio de 1904, Carlos de Foucauld escribe: «Con todas mis fuerzas, trato de mostrar, de demostrar a estos pobres hermanos extraviados, que nuestra religión es toda caridad, toda fraternidad, que su emblema es un corazón».

Pero quizás sea su carta a René Bazin, de 16 de julio de 1916, la que con más claridad expone lo que pensaba Carlos de Foucauld del Islam y de su misión entre los musulmanes. Se trata de un texto admirable, y me temo que muy significativo, donde presenta nuevamente las diferentes etapas que concibe para su misión entre los musulmanes, junto a un penetrante realismo que le hace predecir lo que ocurrirá cuarenta años después:

«Tenemos que hacernos aceptar por los musulmanes, convertirnos para ellos en amigo seguro, a quien acudimos cuando tenemos dudas o sufrimos, en cuyo afecto, sabiduría y justicia confiamos absolutamente. Sólo cuando hayamos llegado allí podremos hacer el bien a sus almas. Inspirar una confianza absoluta en nuestra veracidad, en la rectitud de nuestro carácter y en nuestra educación superior, dar una idea de nuestra religión por nuestra bondad y virtudes, estar en relaciones amorosas con tantas almas como podamos, musulmanas o cristianas, indígenas o francesas, es nuestro primer deber: sólo después de haberlo cumplido bien, durante suficiente tiempo, podremos hacer el bien.

A medida que se establece la intimidad, hablo siempre o casi siempre cara a cara del buen Dios, brevemente, dando a cada uno lo que puede asumir, huida del pecado, acto de amor perfecto, acto de contrición perfecta, los dos grandes mandamientos del amor a Dios y al prójimo, examen de conciencia, meditación de los fines últimos, viendo a la criatura pensar en Dios, etc. Hay muy pocos misioneros aislados que hagan este trabajo de despejar el camino; desearía que fueran muchos: cualquier párroco de Argelia, Túnez o Marruecos, cualquier capellán militar, cualquier católico laico piadoso (como Priscila y Aquila), podrían serlo.

[…]

Mi pensamiento es que si, poco a poco, lentamente, los musulmanes de nuestro imperio colonial del norte de África no se convierten, se producirá un movimiento nacionalista análogo al de Turquía: una élite intelectual se formará en las grandes ciudades, educada a la manera francesa, sin tener ni el espíritu ni el corazón francés, una élite que habrá perdido toda fe islámica, pero que mantendrá la etiqueta para a través de ella poder influir en las masas; por otra parte, la masa de los nómadas y de los campesinos permanecerá ignorante, lejos de nosotros, firmemente mahometanos, llevados al odio y al desprecio de los franceses por su religión, por sus morabitos, por los contactos que tiene con los franceses (representantes de la autoridad, colonos, comerciantes), contactos que demasiado a menudo no son los apropiados para hacernos querer. El sentimiento nacional o berberisco se exaltará entre la élite culta: cuando encuentren la oportunidad, por ejemplo cuando Francia esté en dificultades internas o externas, utilizarán el Islam como palanca, para agitar a la masa ignorante, y tratarán de crear un imperio musulmán africano independiente.

Si no hemos sabido hacer franceses a estos pueblos, ellos nos expulsarán. La única manera de que se conviertan en franceses es que se convierten en cristianos. No se trata de convertirlos en un día o por la fuerza: sino con ternura, discreción, por persuasión, con el buen ejemplo, la buena educación, instrucción, gracias a un contacto cercano y afectuoso, obra sobre todo de laicos franceses que pueden ser mucho más numerosos que los sacerdotes y tener un contacto más íntimo. ¿Pueden los musulmanes ser realmente franceses? Excepcionalmente, sí. En general, no. Varios dogmas musulmanes fundamentales se oponen a ello; con algunos se puede encontrar acomodo; con uno, el del mahdi, no lo hay; todo musulmán, (no hablo de los librepensadores que han perdido la fe) cree que al acercarse el Juicio Final el mahdi vendrá, declarará una guerra santa y establecerá el Islam en todo el mundo, después de haber exterminado o subyugado a todos los no musulmanes. En esta fe, el musulmán mira al Islam como a su verdadera patria y a los pueblos no musulmanes como destinados, tarde o temprano, a ser subyugados por él como musulmán o por sus descendientes; si está sometido a una nación no musulmana, se trata de una prueba pasajera; su fe le asegura que finalmente triunfará sobre aquellos a los que ahora está sometido; la sabiduría le anima a vivir con calma esta prueba; «el pájaro atrapado en la trampa que lucha perderá sus plumas y romperá sus alas, si está tranquilo llegará intacto al día de su liberación», afirman; pueden preferir una nación a otra, pueden preferir ser sumisos a los franceses antes que a los alemanes, porque saben que los primeros son más amables; pueden estar apegados a tal o cual francés, como uno está apegado a un amigo extranjero; pueden luchar con gran coraje por Francia, por sentido del honor, carácter guerrero, espíritu de cuerpo, lealtad a la palabra, como los soldados de fortuna de los siglos XVI y XVII: pero en general, salvo en casos excepcionales, mientras sean musulmanes, no serán franceses; esperarán más o menos pacientemente el día del mahdi, en el que someterán a Francia».

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