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Martes, Agosto 04, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Dios detiene el coronavirus

Autor: Domingo DE ALMOGUERA, escritor

La epidemia del coronavirus supondrá un antes y un después en la historia patria y en la historia de la Iglesia. Cierta histeria colectiva nos ha invadido, alimentada por los medios de comunicación y por el Gobierno. Muchos expertos sanitarios dicen que efectivamente hay razones para la inquietud. Sin embargo, hoy viernes 20 de marzo, en China no se han registrado nuevos contagios. Aunque nadie puede fiarse de los comunistas, que mienten de forma compulsiva y por sistema. Lo cierto es que las cifras están todavía por debajo de las defunciones que provoca cada año la gripe común. Y muy por debajo de los cuatro mil suicidios que se producen al año en España. Y las cifras son ridículas si las comparamos con el holocausto anual en España con el aborto, que supera las cien mil bajas. Esto sí que merece, no un Estado de Alarma, sino un Estado de Guerra.

A la preocupación por nuestra salud, especialmente por los más vulnerables en nuestras familias, se añade la incertidumbre sobre el futuro más inmediato. Las consecuencias del Estado de alarma será la ruina económica, especialmente de la industria turística, la especialización económica de España por imposición de la Unión Europea, en una división internacional del trabajo tan impuesta por la plutocracia dominante como asumida por el pueblo soberano. Esta ruina, lo será especialmente para los más humildes. Decía el coronel Pedro Baños que «es muy probable que estemos asistiendo a una reconfiguración del orden económico mundial. Un reseteo esperado, pero que la crisis del coronavirus puede acelerar. Queda por ver quién se va a beneficiar: el dinero no se crea ni se destruye, solo cambia de manos». Dicho esto, antes que la economía está la salud pública. Es verdad. Pero los pobres, sea con epidemia o sin ella, están condenados en esta sociedad posmoderna de los derechos ilimitados sin deberes, sin justicia y sin caridad.

Si algo no soporta el hombre moderno, el hombre light, que decía el psiquiatra Enrique Rojas, es que restrinjan su libertad omnímoda o su comodidad. Los que ven en los acontecimientos que estamos viviendo signos apocalípticos, ya se han adelantado a señalar que el castigo divino será en primer lugar para el bienestar, cuya idolatría grosera vive de espaldas a la mortalidad de hambre en el Tercer Mundo, al genocidio del aborto, o la marginación creciente de Dios de la vida pública y privada, en un ateísmo práctico generalizado.

Nos enseñaba Santo Tomás de Aquino que Dios nuestro Señor como potencia divina respecto al mundo se presenta creadora, conservadora y providencial. Esta actividad de Dios hacia fuera que llamamos conservadora consiste en el influjo constante de Dios sobre las cosas creadas para que conserven el ser. Como las cosas no han recibido el ser de sí mismas, ni recibieron la existencia como esencia porque su existir es exterior a su esencia, es necesaria una permanente comunicación entre las cosas y entre el ser que les concedió la existencia. Es lo que se llama creación continuada.

La Providencia es un acto de voluntad y amor divinos que nos impulsa, respetando nuestro libre albedrío, a respetar la Ley divina, que es la ordenación general del universo hacia el fin establecido por el Creador. En el caso del hombre es su felicidad y su salvación.

Por eso, en la voluntad permisiva de Dios está, según su Providencia, sujetar más o menos la libertad de las fuerzas de la naturaleza, como sujeta la libertad del demonio. El mal no viene de Dios sino del pecado, pero si Dios no limitase la rebelión de la naturaleza contra el hombre, expresión subsiguiente de la rebelión del hombre contra Dios en el pecado original, el hombre habría sido aniquilado. El desorden de la naturaleza es directamente proporcional al desorden moral. Dios bendice al pueblo que le ama y le respeta, y retira su bendición al pueblo impío, desagradecido e idólatra. Como hizo con el pueblo de Israel en la travesía del desierto, huyendo de la esclavitud de Egipto, el Señor retiró su favor al pueblo desleal e ingrato. Y se lo devolvió cuando le reconoció como único Dios. Esta es la Misericordia divina, único de sus atributos infinitos que es hacia afuera, complemento de la justicia divina, que da a cada uno lo que le corresponde.

El demonio anda suelto y lo estará más o menos en función de nuestra oración, penitencia y limosna. Es una lógica también humana, donde nuestros actos tienen consecuencias en las relaciones con los demás.

Por eso, resulta incomprensible que muchos templos católicos se hayan cerrado. Primero fue la diócesis de Roma, y ante el desconcierto de la Iglesia universal, casi nadie secundó inicialmente la medida. Roma rectificó al poco. Las iglesias estarían abiertas, pero sin Misa pública. Muchos obispos de España no han querido ser menos y han imitado a Roma. No hay misa pública en buena parte de España, menos –que sepamos- en las diócesis de Alcalá de Henares, Córdoba, Jerez de la Frontera y Granada. El obispado de Jerez ha editado incluso un salvoconducto que justifica la movilidad del portador para asistir a Misa, en cumplimiento del Real Decreto sobre el Estado de Alarma, que permite la misa pública en su artículo 11 si se evitan aglomeraciones. Por el contrario, esta semana ya estaban cerradas las iglesias de la Diócesis de Getafe. Se pregunta uno por qué el personal sanitario puede asistir a los enfermos del cuerpo, y muchos sacerdotes no pueden asistir a los enfermos del alma. ¿Por qué es una irresponsabilidad ir a Misa y no lo es salir a pasear al perro?

Ahora que necesitamos al Señor más que nunca, no podemos visitarle para consolarnos y para consolarle, porque Dios tiene coronavirus. Podemos arriesgarnos al contagio propio y ajeno para el alimento del cuerpo (comprar comida, medicinas y hasta tabaco), pero muchos obispos estiman que el riesgo no es proporcional para la vida del alma, que se alimenta de los sacramentos de la penitencia y de la Comunión. ¿Es más importante la vida terrena o la vida eterna?

Yo necesito el alimento divino para esta travesía, y si me contagio, como se contagiaron de la peste san Roque o san Luis Gonzaga, haré como ellos, me recluiré para no contagiar a otros y me dejaré morir en paz si Dios así lo quiere, porque estamos y queremos estar en sus manos. Los obispos han dispensado de la obligación de la Misa dominical. Dispensados estamos. Pero que ni cierren las iglesias ni nos priven de acudir al santo sacrificio. Que vaya quien esté sano y quiera ir, asumiendo libremente las consecuencias. Los misioneros lo arriesgaron todo. Los mártires también. San Damián en Molokai lo entregó todo hasta morir. ¿Por qué nos obligan a ser menos? ¿Las peluquerías estuvieron algunas horas abiertas y la casa de Dios cerrada o sin Misa pública?.

El pueblo de Dios ha tomado nota y los alejados de la Iglesia también. Nada grande se esconde en el Sagrario. Porque muchos han huido. Los que nos miraban en la Adoración nocturna, nos veían recogidos, sacrificados, enamorados. Ahora se preguntarán si realmente será verdad aquello de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía. O tal vez se tratase tan solo de un club social. En cuanto han venido mal dadas, muchos han abandonado el tesoro, que parece no serlo tanto, porque nadie abandona lo que más ama.

Por miedo y cobardía a sufrir como Cristo, golpes y cárcel, Pedro le negó tres veces. Ahora nosotros, igual que Pedro, ni confiamos en el poder de Dios, ni en su bondad, ni en su amor. ¿Lo que Tú quieras, cuándo Tú quieras, como Tú quieras?. Hemos demostrado que la Misa no es algo importante para nosotros. No merece la pena jugársela por ella. Y si no es lo más importante ahora en momentos de tribulación, ¿por qué lo será cuando vuelva la normalidad?. Hemos demostrado desconfianza en el Señor. ¿Es este un pecado contra el Espíritu Santo? En 590, se organizaron procesiones en Roma contra la peste en honor a la Santísima Virgen. Presidía el papa Gregorio I el Magno, a quien se apareció el arcángel Gabriel con la espada desenvainada. La peste desparecía a los pocos días. ¿Procesiones?. ¿Multitudes reunidas? ¿Para facilitar que se propague la peste?. No. Para pedirle al que todo lo pueda que se apiade de su pueblo. Y vino el milagro, pero primero había que impetrarlo.

Pero yo también necesito consolar al Señor en su sufrimiento. El alma necesita estar junto a su Padre, que sufre en su Hijo unigénito encarnado. Porque Cristo vive en el Sagrario la vida de todos los hombres de todos los tiempos. Vive mi vida, la vida del enfermo, la vida de los familiares de los difuntos, la vida de los sanitarios. Vivió en sus 33 años de vida en la Tierra las vidas de todos los hombres que han sido, son y serán. Y cuando viene al Altar de la Misa se trae consigo toda su vida divina. Viene con su perfección infinita y con las Tres Divinas Personas; viene con sus 33 años de vida, y viene con la vida de todo el género humano. Tantos pecados sobre sus espaldas, con el sufrimiento asociado al pecado que el hombre comete libremente, es un peso sobre el alma de Cristo que reclama el consuelo de los que le aman. Es el Sagrado Corazón de Jesús aplastado por la miseria del hombre empecatado.

¿Apenas quedan sacerdotes que desobedezcan esta decisión insólita? Tanta desobediencia durante tantos años con el Concilio, con las normas litúrgicas, con el Papa, con la doctrina social de la Iglesia…, ¿y ahora, súbitamente, nos asalta un fervor inusitado por la virtud de la obediencia? España, otrora Patria consagrada, «pueblo de tu herencia y de tus predilecciones», Señor, ¿es hoy digna de Ti?.

Laus Deo, Virginique Matri.

 

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