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Viernes, Octubre 30, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Si España no hubiera descubierto América

Autor: Borja CARDELÚS, presidente de Fundación Civilización Hispánica

Suponer lo que podría haber sido, la llamada historia contrafactual, suele ser ejercicio inútil. ¿Qué habría ocurrido si la Armada Invencible hubiera derrotado a Inglaterra? Imposible saberlo. Pero otra cosa es si hablamos del destino de América y sus gentes, de no ser España la nación descubridora y colonizadora. Y es necesario hacerlo, porque cuántos son los hispanos y los indigenistas que añoran otra cosa: ¡Ah, si nadie nos hubiera conquistado¡ ¡Ah, si nos hubiera colonizado Inglaterra¡, son preguntas harto frecuentes entre los criollos hispanos y los indigenistas, esos que están derribando las estatuas de Colón. Y es posible, porque basta con ver la obra de otras naciones en los rincones de América que poblaron, y proyectarla luego al resto del Continente.

Pudo ser China, porque la exploradora Flota del Tesoro del almirante Zeng He estaba a punto de descubrir América, cuando recibió la orden de regresar a China porque había cambiado la dinastía reinante, y la flota fue desmantelada. En este caso América sería una simple prolongación de la China comunista, en consonancia por otra parte con el probado origen oriental de los indios americanos.

Como se hallarían los amerindios bajo regímenes totalitarios, tiránicos y teocráticos, de no haberlos colonizado país europeo alguno, pues los indígenas de América, de condición sumisa, llevaban milenios asfixiados por sucesivas dinastías tiránicas, de las que los terribles aztecas e incas fueron simplemente las últimas.

Más posible es que hubiera sido Portugal el país colonizador, pero ahí está el ejemplo de Brasil para saber lo que hubiera ocurrido: desde su ínfima porción brasileña inicial, los bandeirantes portugueses progresaron robando territorio a España e indios en las misiones españolas, para esclavizarlos en sus plantaciones de azúcar. Pero no siendo suficientes estos brazos, importaron masivamente esclavos, africanizando en buena medida al Brasil actual.

Francia, ansiosa por hacerse con un imperio en el Nuevo Mundo, lo intentó en Norteamérica y se topó con Inglaterra al Norte y con España al Sur. Sus esfuerzos no hicieron otra cosa que importunar a ambos, hasta que acabaron expulsando a Francia del continente. Pero su paso por América dejó no obstante la muestra de su pésimo hacer: en la Luisiana se dedicaron los franceses a suministrar a los indios ron a destajo y armas contra los españoles, y en el Caribe dejaron tras ellos Haití, un país paupérrimo, con una población enteramente negra descendiente de esclavos.

Holanda, otro potencial descubridor, fue un caso extremo de codicia calvinista, que no vio en América otra cosa que un botín, hasta el punto de que, al igual que Inglaterra, colonizó su porción americana con el sistema de Compañías de Indias para su explotación, y aplicó en Antillas la práctica del monocultivo, lo más perverso inventado por el hombre para la tierra y para el ser humano, y del que hablaremos luego. Su depredador paso por América no dejó otro rastro que beneficios en Holanda, y en América campos yermos y negros esclavizados.

Y queda por supuesto Inglaterra. Sus colonos no buscaron en América cosa distinta a los recursos naturales, la tierra sobre todo, a despecho de sus propietarios anteriores, los indios americanos. No contaron con ellos ni como dueños de la tierra, ni como mano de obra, ni como parejas sexuales. Ocuparon la tierra y extendieron el sistema del monocultivo, que consistía en desbrozar los campos y condenarlos a un solo cultivo, en los primeros tiempos la caña de azúcar.

Pero el monocultivo es un azote para la tierra, ya que agota sus minerales y la esquilma, siendo necesario desbrozar más y más suelos para alimentar al rey azúcar. Después siguieron el plátano, el algodón… insaciables monocultivos destructores de la tierra y de las personas, porque precisan de una ingente cantidad de brazos.

Y estos brazos salieron de África. Con el azúcar como eje, Inglaterra instauró el infame comercio triangular: sus colonias americanas producían azúcar, que se llevaba a Inglaterra y se transformaba en ron; este ron se llevaba a África y servía para comprar esclavos, capturados en el interior del continente por corruptos caciques negros, que los servían maniatados a los barcos de la trata; y estos esclavos se llevaban a las plantaciones de azúcar de América, cerrándose así el siniestro triángulo. Y en el camino quedaban las fortunas de conocidos aristócratas ingleses, que con semejante negocio decoraron la campiña inglesa con soberbias mansiones palaciegas.

¿Y los indios? ¿Qué fue de los indios bajo los ingleses? Dicho que no contaron con ellos, sí les interesaron sus tierras, de las que los colonos se apoderaron sin más. Y cuando las tribus protestaron, fueron exterminadas. Inapelables son los números: cuando España e Inglaterra desembarcaron en Estados Unidos había un millón de indios. Cuando salieron quedaban 500.000, todos ellos en las áreas españolas del Oeste y casi ninguno en las inglesas del Este.

Esta es la realidad. De haber llegado nadie, hoy seguirían los indios presos de tiranías teocráticas. Y, según cuál hubiera sido la nación colonizadora, habrían sido esclavizados, extinguidos, alcoholizados o sustituidos por africanos. En lugar de eso llegó a América un país, España, que en líneas generales, y siempre con las consabidas excepciones, no dedicó la tierra al monocultivo, sino a un saludable mosaico de cultivos; ni tampoco extendió la esclavitud, como lo prueba que los antiguos virreinatos españoles no sean naciones negras; que con las Leyes de Indias protegió a los indios, su libertad, su trabajo retribuido y sus tierras, hasta el punto de que hoy en América viven más indios que a la llegada de España; que se mezcló con ellos hasta hacer de América un continente mestizo; que extendió el cristianismo y la lengua española; y que llevó a América, además de alimentos, aperos y ganados europeos, la cultura occidental, sembrándola de hospitales, templos, catedrales, colegios, universidades, ciudades, pueblos y misiones.

Documéntense pues los habituales críticos de la herencia española, a la que acusan de genocida, rapiñadora y destructora de culturas, y agradezcan que no otra nación, sino España, con su humanismo cristiano y sus leyes, arribara a sus costas.

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