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Viernes, Febrero 21, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

¿Adversarios o hermanos en el Espíritu? Sobre la relación entre el Papa Francisco y Benedicto XVI (y el celibato)

Autor: Gerhrard L. MÜLLER, prefecto emérito de Doctrina de la Fe

La confusión mediática sobre la coautoría de Benedicto XVI con el cardenal Sarah del libro Desde el fondo de nuestro corazón (enero de 2020) muestra la paranoia desenfrenada en la esfera pública a partir de la supuesta coexistencia de dos papas. En la Iglesia católica hay solo un Papa. Rige lo siguiente: «El Romano Pontífice, como sucesor de Pedro, es el principio y el fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de fieles» (Vaticano II, Lumen Gentium, 23).

Con ocasión de la contribución de Benedicto sobre el sacerdocio católico, la distorsión grave que concibe dos principios contrarios de unidad ha encontrado de nuevo su confirmación y alimento. Por el contrario, es evidente que el papa Francisco y su predecesor, Benedicto XVI, no son los autores de esa polarización patológica, sino las víctimas de un plan ideológico.

Esto pone en peligro la unidad de la Iglesia, así como también, socava el primado de la sede romana. Todos estos acontecimientos muestran que el trauma causado en «la fe del Pueblo de Dios» (Vaticano II, Lumen Gentium, 12; 35) por la renuncia del papa Benedicto a principios de 2013 todavía no ha sido sanado. Por esto, los fieles tienen derecho a una evaluación teológica clara de la coexistencia de un Papa reinante y un predecesor suyo emérito. Este acontecimiento singular en el que un Papa –cabeza del Colegio de los obispos y de la Iglesia visible cuya cabeza invisible es Cristo– renuncia –antes de su muerte– a la Cátedra de Pedro que le fue confiada de por vida; no puede ser nunca entendido por categorías humanas (derecho a la jubilación por edad, deseo del pueblo de intercambiar sus dirigentes). Aunque el derecho canónico prevea esta posibilidad teórica (cf. can. 332 § 2 CIC 1983), faltan todavía disposiciones detalladas y experiencias concretas acerca de cómo gestionar tal situación y, sobre todo, de cómo orientarla en la práctica al bien de la Iglesia.

En la política, para llegar al poder, existen adversarios. Cuando un rival es eliminado, la contraparte vence. Sin embargo, entre los discípulos de Cristo no debería ser así. Porque en la Iglesia de Dios todos somos hermanos. Dios es nuestro Padre. Y su Hijo Jesucristo, el Verbo hecho carne (cf. Jn. 1, 14-18), es nuestro único Maestro (cf. Mt. 23, 10). Los presbíteros y obispos, en virtud de su ordenación sacramental, son siervos de la Iglesia elegidos por el Espíritu Santo (cf. Hch. 20, 28). Ellos, en nombre y con la autoridad de Cristo, guían a la Iglesia de Dios. En la predicación Él habla por su boca como Maestro divino (cf. 1 Ts. 2, 13). Dios santifica a los fieles por medio de los sacerdotes en los sacramentos. Y Cristo el «Pastor y Guardián de vuestras almas» (1 Pedro 2, 25) se preocupa por la salvación de los hombres y mujeres al llamar como pastores de su Iglesia a los sacerdotes (obispos y presbíteros) (cf. 1 Pedro 5, 2s; Hechos 20, 28). El Obispo de Roma ejerce el ministerio de san Pedro que fue llamado por Jesús, Señor de la Iglesia, al ministerio pastoral universal (cf. Jn. 21, 15-17). Con todo, los obispos son hermanos entre sí; están unidos como miembros del Colegio de los Obispos con y bajo la autoridad del Papa (cf. Vaticano II, Lumen Gentium, 23).

Así pues, un papa emérito que aún vive está unido como hermano con los demás obispos y se encuentra bajo la autoridad magisterial y jurisdiccional del Papa reinante. No obstante, tal situación no excluye en absoluto que su palabra siga teniendo un gran peso en la Iglesia, ya sea debido a su competencia teológica y espiritual, ya sea a su experiencia de gobierno como obispo y como papa.

La relación de todo obispo emérito con su sucesor se debe caracterizar por un espíritu de fraternidad. El prestigio del mundo y los juegos de poder político son un veneno en el cuerpo de la Iglesia que es el Cuerpo místico de Cristo. Esto se aplica a fortiori a la relación aún más delicada entre un Papa reinante y su predecesor que renunció al ejercicio del ministerio petrino y, por tanto, a todas las prerrogativas del primado pontificio. Así pues, un papa emérito ya no es más el Papa.

Sorprende aquí la colaboración del círculo de neo-ateístas liberales y marxistas –antes enemigos de la Iglesia– con el secularismo en el interior en la Iglesia. Tal colaboración está orientada a transformar la Iglesia de Dios en una organización humanitaria planetaria.

El ateo militante Eugenio Scalfari se jacta de su amistad con el papa Francisco. Además, se suma y presta su colaboración a la idea común de una religión mundial única hecha por el hombre (sin Trinidad ni Encarnación). Hoy se lanza contra los enemigos y adversarios –identificados por Scalfari como cardenales, obispos y católicos «conservadores de derecha»– la idea de un frente popular de creyentes y no creyentes. En tal frente se encuentran personas de la «guardia bergogliana», como ellos se suelen presentar. Esta red de populistas de izquierdas está impulsada por una pura voluntad de poder que pervierte ideológicamente la potestas plena del Papa y la transforma en una potestas illimitata et absoluta. El voluntarismo consiste en lo siguiente: todo es bueno y verdadero solo porque el Papa lo quiere; y no al revés, o sea, que el Papa dice algo porque es bueno y verdadero. Contradicen el Vaticano II que concibe el Magisterio al servicio de la palabra de Dios pues enseña solo «lo que ha sido transmitido en cuanto que, por mandato divino y asistido por el Espíritu Santo, la escucha piadosamente, la custodia santamente y la expone fielmente» (Vaticano II, Dei Verbum, 10). Así se convierten en antagonistas diabólicos del papado, como afirma la doctrina de los dos concilios vaticanos. Si entre Jesús y los discípulos no existe una relación de servilismo, sino de amistad (cf. Jn. 15,15); ¿cómo la relación del Papa con sus hermanos en el episcopado puede estar marcada por un oportunismo sumiso y una obediencia ciega e irracional que excede la unidad de la fe y la lógica de la teología católica? Según las ideas marxistas-liberales, un Papa «contemporáneo» se legitima a sí mismo siguiendo de modo despiadado la agenda de la extrema izquierda y promoviendo un pensamiento único sin trascendencia, sin Dios y sin la mediación histórica de la salvación por medio de Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres (cf. 1 Tim. 2, 5).

En el mundo (la civitas terrena), los gobernantes, líderes de opinión e ideólogos abusan de su poder e ignoran la ley moral natural, así como también, los mandamientos divinos. Suelen usurpar el lugar de Dios y se transforman en demonios con apariencia humana. Sin embargo, donde se reconoce a Dios como el único Señor reina la gracia y la vida, la libertad y el amor. En el reino de Dios rige la palabra de Jesús: «No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea como vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos» (Mc. 10, 43-45).

La ordenación sacramental (de obispo, presbítero y diácono) sigue siendo válida y efectiva; y, con ella, su responsabilidad de enseñanza y misión pastoral en la Iglesia. Los antiguos detractores de Joseph Ratzinger (sea como cardenal prefecto que como papa) no tienen derecho a imponerle una damnatio memoriae; sobre todo, porque la mayoría de ellos –debido a su escandaloso diletantismo en teología y filosofía– se distancian de su calidad de maestro de la Iglesia. La contribución de Joseph Ratzinger al libro del cardenal Sarah sólo puede ser desacreditada como una contraposición al papa Francisco por quienes confunden la Iglesia de Dios con una organización ideológico-política. No entienden que los misterios de la fe sólo pueden ser comprendidos con el «Espíritu de Dios» y no con el «espíritu del mundo». «El hombre no espiritual no percibe las cosas del Espíritu de Dios» (1 Cor. 2, 14).

Cuando los apóstoles al inicio no entendían que hay personas que renuncian voluntariamente al matrimonio por el servicio del Reino de Dios, Jesús les dijo: «Quien sea capaz de entender, que entienda» (Mt. 19, 12). Y lo explicó así: «–Os aseguro que no hay nadie que haya dejado casa, o mujer, o hermanos, o padres, o hijos por causa del Reino de Dios, que no reciba mucho más en este mundo y, en el siglo venidero, la vida eterna» (Lc. 18, 29-30; cf. Mt. 19, 29).

La afirmación que Benedicto es el adversario secreto del actual Papa y que su postura sobre el sacerdocio sacramental y el celibato proviene de una política de obstrucción contra la esperada exhortación apostólica post-sinodal de la Amazonia sólo puede surgir en el semillero de la ignorancia teológica. Nadie rechaza esa afirmación de modo tan brillante como lo hace el papa Francisco.

En el prólogo a la colección de textos sobre el ministerio sacramental ordenado en ocasión del 65º jubileo sacerdotal de Joseph Ratzinger (2016), el Santo Padre Francisco escribe: «Cada vez que leo las obras de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI, me doy cuenta de que hizo y sigue haciendo teología «de rodillas»: de rodillas porque se ve que no sólo es un destacado teólogo y maestro de fe, sino también un hombre que cree realmente, que reza de verdad. Se ve que es un hombre que encarna la santidad, un hombre de paz, un hombre de Dios».

Después de que el papa Francisco rechazara la caricatura del sacerdote católico como funcionario o miembro de una ONG, subrayó –una vez más– la extraordinaria colocación de Joseph Ratzinger como teólogo en la Cátedra de Pedro: «El cardenal Gerhard Ludwig Müller afirmó con autoridad que la obra teológica de Joseph Ratzinger primero y, luego, de Benedicto XVI, lo coloca entre los más grandes teólogos que se sentaron en la Cátedra de Pedro; como, por ejemplo, el papa León Magno, santo y doctor de la Iglesia. [...] Desde este punto de vista, quisiera añadir a la justa consideración del Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe que quizás, justo ahora, como papa emérito, él nos imparte del modo más evidente una de sus más grandes lecciones de «teología de rodillas».

La contribución de Benedicto al libro de Sarah –una profundización de la hermenéutica cristológico-neumatológica de la unidad interna entre el Antiguo y el Nuevo Testamento que se funda en la auto-comunicación histórica de Dios– ofrece una ayuda para superar la crisis teológica y espiritual del sacerdocio «que es de máxima importancia para la renovación de la Iglesia» (Vaticano II, PO 1). El sacerdote no es el funcionario de una empresa de servicios religioso-sociales. Tampoco es el exponente de una comunidad autónoma que reivindica derechos ante Dios en vez de recibir «toda dádiva generosa y todo don perfecto [que] vienen de lo alto y descienden del Padre de las luces» (Sant. 1, 17). Antes bien, el sacerdote, mediante la sagrada consagración, es conformado a Jesucristo, Sumo Sacerdote y Mediador de la Nueva Alianza, Divino Maestro y Buen Pastor que da su vida por las ovejas (cf. Vaticano II, LG, 29; y Vaticano II, PO, 2).

De esta conformitas cum Christo surge también la adecuación interior de la forma de vida célibe de Jesucristo con el sacerdocio sacramental. El mismo Jesús habló de los discípulos que, escatológicamente como testimonio del Reino futuro y en servicio de la salvación humana, viven sexualmente célibes y renuncian a la vida matrimonial y familiar por voluntad propia (cf. Mt. 19, 12; 1 Cor. 7, 32). El celibato no es requerido de modo necesario por la naturaleza del sacerdocio. Sin embargo, brota de la más íntima adecuación de la naturaleza de este sacramento como representación de Cristo Cabeza de la Iglesia con la fuerza de su misión y su forma de vida entregada por completo a Dios (cf. Vaticano II, PO 16). Por esta razón, las dispensas de la ley del celibato –que se llevan a cabo de manera diferente en las iglesias orientales y occidentales– se deben justificar solo como excepciones a la regla general del celibato sacerdotal. En principio, la Iglesia tiene que trabajar por un sacerdocio célibe. Arraigándose en la Biblia se ha desarrollado la práctica –con la necesaria abstinencia conyugal de los clérigos casados–que sólo sean ordenados como obispos, sacerdotes y diáconos los candidatos que desde el principio hayan prometido vivir el celibato. En las iglesias orientales –que se apartaron de la antigua tradición eclesiástica (bajo ningún punto de vista fue una continuidad) en el segundo concilio Trulano (691/92) celebrado en el palacio imperial y no en una iglesia– se permitió proseguir la vida conyugal a los sacerdotes y diáconos. En cambio, en la Iglesia latina se continuó a consagrar a hombres solteros que prometían vivir célibes. En las iglesias orientales, los clérigos casados –aunque no los obispos– podían continuar su matrimonio, pero debían mantener abstinencia sexual antes de la celebración de la Divina Liturgia; asimismo, tenían prohibido un segundo matrimonio en caso de enviudar. Esta disposición también se aplica hoy a los clérigos católicos que han recibido una dispensa de la obligación del celibato (cf. Vaticano II, Lumen gentium, 29). Por el bien de la unidad, desde el papa Pío XII, la Iglesia católica acepta esta práctica en las iglesias orientales en comunión; y, desde el papa Benedicto XVI, también concede una dispensa de la obligación del celibato a los clérigos anglicanos y de otras denominaciones que están casados y entran a la plena comunión de la Iglesia católica, si la ordenación al sacerdocio es posible.

Una abolición completa del celibato sacerdotal –como en las comunidades protestantes y anglicanas del siglo XVI– sería una violación de la naturaleza del sacerdocio y un desprecio de la entera tradición católica. ¿Quién responderá ante Dios y su santa Iglesia de las desastrosas consecuencias para la espiritualidad y la teología del sacerdocio católico? Incluso millones de sacerdotes desde la fundación de la Iglesia se sentirían interiormente heridos si ahora se les explicara que su sacrificio existencial por el Reino de Dios y la Iglesia se basó solamente en una disciplina legal externa que no tenía nada que ver con el sacerdocio ni con vivir célibes por el Reino de los Cielos. La falta de sacerdotes (en número y calidad) en los países ex-cristianos de Occidente no se debe a la falta de vocaciones por parte de Dios, sino por la falta de vida de acuerdo con el evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios y Salvador del mundo.

No solo existe hoy una discusión sobre el celibato, sino también una lucha feroz en su contra y, por lo tanto, contra el sacerdocio sacramental. En el siglo XVI, los reformadores protestantes concibieron el oficio eclesiástico como una mera función religiosa en la comunidad cristiana y por ello lo despojaron de su carácter sacramental. Si la ordenación sacerdotal ya no es más una conformación interior con Cristo –el Divino Maestro, el Buen Pastor y Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza–, no se puede comprender su conexión íntima con el celibato por el Reino de Dios que encontramos en el evangelio (cf. Mt. 19, 12; 1 Cor. 7, 32).

A raíz de la polémica en época de la Reforma y debido a su visión inmanentista del hombre, los filósofos franceses de la Ilustración vieron en el celibato sacerdotal y en los votos religiosos una simple represión del instinto sexual que provocaba neurosis y perversiones (similar a la posterior interpretación psicológica profunda de la sexualidad como satisfacción mecánica de los instintos, en la que se considera que con esa «represión» surgen neurosis y perversiones).

En la actual dictadura del relativismo, el acento en la potestad sacramental proveniente de Dios se percibe como una reivindicación clerical de poder; el modo de vida célibe, como una acusación pública contra la reducción de la sexualidad a una adquisición egoísta de placer. El celibato sacerdotal aparece como el último bastión del rechazo radical y trascendente del hombre, y de la esperanza en la vida del más allá. Sin embargo, según los principios ateos, es una ilusión peligrosa. La Iglesia católica como alternativa ideológica al inmanentismo radical es, por lo tanto, combatida ferozmente por una élite internacional de poder y de dinero que se esfuerza por un dominio absoluto del espíritu y del cuerpo de las masas sordas. En un gesto terapéutico esa élite parece imitar un filántropo que hace un favor a los pobres sacerdotes y religiosos al liberarlos de la jaula de su sexualidad reprimida. Pero en su intolerancia engreída, estos benefactores de la humanidad no se dan cuenta de cómo violan la dignidad humana de todos aquellos cristianos que en su conciencia ante Dios toman en serio la indisolubilidad del matrimonio o cumplen fielmente –con la ayuda de la gracia– la promesa del celibato. Porque justamente allí –en lo más profundo de su conciencia ante Dios– donde los fieles hacen su decisión de vida, los negadores de la vocación sobrenatural del hombre quieren persuadirlos de que se inserten en el horizonte limitado de una existencia condenada a la muerte, como si el Dios vivo no existiera (cf. Vaticano II, Gaudium et Spes, 21). «Pues desde la creación del mundo las perfecciones invisibles de Dios –su eterno poder y su divinidad– se han hecho visibles a la inteligencia a través de las cosas creadas. De modo que son inexcusables, porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios se hicieron necios y llegaron a transferir la gloria del Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible, y a aves, a cuadrúpedos y a reptiles» (Rom. 1, 20-23).

La infame acusación es que los siniestros reaccionarios de la Iglesia –que defienden el sacerdocio sacramental, la moral sexual no mundana y el celibato misantrópico– están retrasando o incluso impidiendo la necesaria modernización de la Iglesia católica y su adaptación al mundo moderno. Al máximo, lo único que tales acusadores pueden tolerar es una iglesia sin Dios, sin la cruz de Cristo y sin la esperanza de la vida eterna. Esta «iglesia de indiferenciación dogmática y relativismo moral» –que podría incluir también a ateos y no creyentes– puede hablar de manera contemporánea sobre el clima y sobre la superpoblación de los migrantes. No obstante, debe guardar silencio sobre el aborto, sobre la automutilación que se presenta como una reasignación de género, sobre la eutanasia y sobre el rechazo de las relaciones sexuales fuera del matrimonio entre el hombre y la mujer. En cualquier caso, piensan, la Iglesia tendría que aceptar la revolución sexual como una liberación de la hostilidad corporal de la moral sexual católica. Así tendríamos un gesto de arrepentimiento contra la hostilidad corporal tradicional maniquea heredada de san Agustín.

A pesar de todos estos halagos, los fieles católicos opinan con razón que –en lugar del ateo Scalfari que no cree en Dios, ni puede entender el «misterio de la santa Iglesia» (Vaticano II, Lumen Gentium, 5)– Benedicto (Joseph Ratzinger) puede ser el consejero infinitamente más competente del Vicario de Cristo, del Sucesor de Pedro y Pastor de la Iglesia universal. Esto se debe no solo a sus cualidades teológicas y a su comprensión espiritual del misterio del amor de Dios, sino también a su experiencia de responsabilidad ante Dios que ejercitó como Papa de la Iglesia universal. En efecto, Benedicto es la única persona en este mundo que comparte esa experiencia con el papa Francisco.

Lo que el Santo Padre Francisco escribe en el prefacio del libro de su predecesor sobre el sacerdocio debería ser leído por todos los «sabios y poderosos de este mundo» (1 Cor. 2, 6) antes de pregonar sus fantasías paranoicas de adversarios papales, cardenales opuestos y cismas amenazadores: «Joseph Ratzinger/ Benedicto XVI encarna esa relación constante con el Señor Jesús sin la cual nada es ya verdadero, todo se vuelve una rutina; los sacerdotes casi se convierten en empleados asalariados, los obispos en burócratas; y la Iglesia no es más la Iglesia de Cristo, sino un producto nuestro, una ONG –a fin de cuentas– superflua». Y el papa Francisco continúa dirigiéndose –no como a subordinados, sino como a amigos– a los cardenales, obispos y sacerdotes reunidos para la presentación de ese libro en la Sala Clementina (28 de junio de 2016): «¡Queridos hermanos! Me permito decirles que si alguno de ustedes alguna vez tuviera dudas sobre cuál es el centro del propio ministerio, sobre su significado, sobre su utilidad; si alguna vez dudara sobre lo que la gente espera realmente de nosotros, que medite profundamente las páginas que aquí se nos ofrecen. Porque ellos esperan de nosotros sobre todo aquello que en este libro encontrarán descripto y testimoniado: que les traigamos a Jesucristo y que los conduzcamos a Él, al agua fresca y viva de la que tienen más sed que de cualquier otra cosa, que sólo Él puede dar y que nadie jamás podrá reemplazarla; que los guiemos a la felicidad verdadera y plena cuando ya nada los satisfaga; ¡que los conduzcamos a realizar su sueño más profundo que ningún poder del mundo puede prometerles ni hacérselos realidad!

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