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Jueves, Mayo 28, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Del diario de Ratzinger. Buenas y malas acciones de la Comisión Teológica Internacional

Autor: Sandro MAGISTER, periodista

A fines de noviembre se reunió en el Vaticano la Comisión Teológica Internacional para celebrar su primer medio siglo de vida. Y el papa Francisco, al recibirla en audiencia, le agradeció por haber producido en el 2018 un documento sobre un tema muy querido por él, la sinodalidad, explicando que ésta no es lo que muchos piensan, es decir, “tomarse de la mano e ir por el camino, hacer fiestas con los jóvenes o hacer una encuesta de opiniones sobre qué se piensa sobre el sacerdocio de las mujeres”.

Pero pocos se han dado cuenta que a los treinta teólogos de la Comisión les llegó también el mensaje de otro Papa, hoy “emérito”, de nombre Joseph Ratzinger, también él un teólogo de primer nivel, que formó parte de esta misma Comisión en su nacimiento, en 1969.

El mensaje dirigido por Benedicto XVI a la Comisión Teológica Internacional puede ser leído íntegramente en idioma italiano, en esta página del sitio oficial del Vaticano:


> Indirizzo di saluto del papa emerito…

Es un texto indudablemente escrito de su puño y letra. Con interesantes apuntes autobiográficos que se entrecruzan con una biografía de la Iglesia Católica de fines del siglo XX.

A continuación, presentamos los principales pasajes.

Para comenzar, Ratzinger aprecia la autonomía que la Comisión Teológica tuvo desde sus orígenes respecto a la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es cierto que el prefecto de la Congregación es también el presidente de la Comisión, pero es como en la “monarquía austro-húngara”, en la que “el emperador de Austria y el rey de Hungría eran la misma persona, mientras que los dos países vivían autónomamente uno junto al otro”.

La ausencia de esta autonomía de la Comisión, observa Ratzinger, “habría podido disuadir a algunos teólogos que aceptaran en ser miembros de ella”.

La recién nacida Comisión, prosigue Ratzinger, tuvo su primer campo de prueba con el Sínodo de los Obispos del año 1971 sobre el sacerdocio. Precedió al Sínodo un libro, “Le ministère sacerdotal”, que fue como un subsidio preparatorio. Y durante la asamblea algunos teólogos de la Comisión, “gracias a un extraordinario trabajo, hicieron que el Sínodo pudiese publicar inmediatamente un documento sobre el sacerdocio realizado por él”.

“Desde entonces, esto no sucedió jamás”, se lamenta Ratzinger. Se dejó al Papa la tarea de escribir una “exhortación post-sinodal”, pero que es un documento de su autoría, no propiamente del Sínodo.

Ratzinger se detiene después sobre los componentes del primer quinquenio de la Comisión, de la que él también formaba parte.

Estaban los que él llama “las grandes figuras del Concilio”, y da los nombres de Henri de Lubac, Yves Congar, Karl Rahner, Jorge Medina Estévez, Philippe Delhaye, Gerard Philips, Cipriano Vagaggini y Carlo Colombo, “considerado el teólogo personal de Pablo VI”.

Pero había también “teólogos importantes que curiosamente no habían encontrado un lugar en el Concilio”, como Hans Urs von Balthasar y estos otros:

- Louis Bouyer “quien como convertido y monje era una personalidad extremadamente voluntariosa, y por su despreocupada franqueza no agradaba a muchos obispos, pero fue un gran colaborador con una increíble amplitud de saber”;

- Marie-Joseph Le Guillou, “quien había trabajado noches enteras, sobre todo durante el Sínodo de los Obispos [del 1971], haciendo así posible en esencia el documento de ese sínodo, con su modo radical de servir”;

- Rudolf Schnackenburg, que “encarnaba la exégesis alemana, con toda la pretensión que la caracterizaba”;

- André Feuillet y Heinz Schürmann, de Erfurt, “cuyas exégesis eran de tersura más espiritual, como una especie de polo opuesto”;

- y por último, “el profesor Johannes Feiner, de Coira , quien como(Suiza) representante del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos cubría un rol particular en la Comisión. La cuestión respecto a si la Iglesia Católica hubiese debido adherir al Consejo Ecuménico de las Iglesias, en Ginebra, como miembro normal a todos los efectos, se convirtió en un punto decisivo sobre la dirección que la Iglesia habría tenido que emprender después del Concilio. Después de un desencuentro dramático sobre la cuestión se decidió finalmente por la negativa, lo cual indujo a Feiner y a Rahner a abandonar la Comisión”.

En el segundo quinquenio Ratzinger señala el ingreso en la Comisión del “joven” Carlo Caffarra, del jesuita alemán Otto Semmelroth y del otro alemán Karl Lehmann, éste último de “una nueva generación cuya concepción comenzó a afirmarse claramente”.

“Bajo la guía de Lehmann – prosigue Ratzinger – surgió el tema de la teología de la liberación, que en ese momento no representaba en absoluto un problema sólo de tipo teórico, sino que determinaba muy concretamente y amenazaba también la vida de la Iglesia en Sudamérica. La pasión que animaba a los teólogos estaba en paralelo al peso concreto, también político, de la cuestión.

Y en una nota a pie de página agrega:

“Permítanme aquí un pequeño recuerdo personal. Mi amigo el padre Juan Alfaro S.J., que en la Pontificia Universidad Gregoriana enseñaba sobre todo la doctrina de la gracia, por razones para mí totalmente incomprensibles en esos años se había convertido en un apasionado partidario de la teología de la liberación. No quise perder la amistad con él y así fue la única vez en todo el período de mi pertenencia a la Comisión que escapé de la sesión plenaria”.

Pero más todavía que sobre la teología de la liberación, Ratzinger se detiene en el “problema de la teología moral”, que salió a la luz dramáticamente desde finales de los años sesenta:

“La contraposición de los frentes y la falta de una orientación de fondo común, de lo cual sufrimos todavía como en ese entonces, en ese momento se me volvió inauditamente clara. Por una parte estaba el teólogo moral americano, el profesor William May, padre de muchos hijos, que venía siempre a nosotros con su esposa y sostenía la concepción antigua más rigurosa. Dos veces él tuvo que experimentar el rechazo unánime de su propuesta, algo que nunca antes había sucedido. Se echó a llorar, y yo mismo no pude consolarlo eficazmente.

“Cercano a él estaba, por lo que recuerdo, el profesor John Finnis, quien enseñaba en Estados Unidos y que expresó la misma impostación y el mismo concepto en una forma nueva. Fue considerado seriamente desde el punto de vista teológico, y sin embargo ni siquiera él logro alcanzar algún consenso. En el quinto quinquenio, de la escuela del profesor alemán Tadeusz Styczen – el amigo del papa Juan Pablo II – llegó el profesor Andrzej Szoztek, un inteligente y prometedor representante de la postura clásica, quien de todos modos no llegó a crear un consenso. Por último, el padre Servais Pinckaers intentó desarrollar, a partir de santo Tomás de Aquino, una ética de las virtudes que me pareció muy razonable y convincente, y sin embargo tampoco logró reunir algún consenso.

“Cuán difícil es la situación se lo puede evidenciar también por el hecho que Juan Pablo II, quien era particularmente afecto a la teología moral, al final decisión enviar la redacción definitiva de su encíclica moral ‘Veritatis splendor’, al querer atender ante todo al Catecismo de la Iglesia Católica. Publicó su encíclica sólo el 6 de agosto de 1993, encontrando también para ella nuevos colaboradores. Pienso que la Comisión Teológica debe seguir teniendo presente el problema y debe fundamentalmente proseguir el esfuerzo de buscar un consenso”.

Por último, Ratzinger se detiene en el tema de la relación con las otras culturas y religiones:

“¿Hasta qué punto las jóvenes Iglesias están vinculadas a la tradición occidental y hasta qué punto las otras culturas pueden determinar una nueva cultura teológica? Fueron sobre todo los teólogos provenientes de África, por un lado, y de la India, por el otro, los que plantearon la cuestión, sin que desde ese momento haya sido propiamente tematizada. E igualmente no ha sido tematizado hasta ahora el diálogo con las otras grandes religiones del mundo”.

Y agrega en otra nota a pie de página:

“Quisiera señalar también aquí un curioso caso particular. Un jesuita japonés, el padre Shun’ichi Takayanagi, se había familiarizado de tal manera con el pensamiento del teólogo luterano alemán Gerhard Ebeling, que podía argumentar totalmente sobre la base de su pensamiento y de su lenguaje. Pero nadie de la Comisión Teológica conocía a Ebeling tan bien como para permitir que se pudiera desarrollar un diálogo fructífero, por eso el erudito jesuita japonés abandonó la Comisión, porque su lenguaje y su pensamiento en ella no lograron encontrar un lugar”.

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