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Jueves, Agosto 22, 2019
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"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Los "viri probati", una degradación del sacerdocio católico

Autor: José Manuel DELGADO, sacerdote

Estamos en la recta final hacia el Sínodo de la Amazonía y, providencialmente, me encuentro estos meses dando clases de teología y filosofía en el Seminario de la Prelatura de Moyobamba, que es una de las dos misiones diocesanas de la Archidiócesis de Toledo. La Prelatura de Moyobamba comprende prácticamente el Departamento de San Martín, en Perú. Aunque la ciudad de Moyobamba está ya en una zona que suele llamarse «ceja de selva», por encontrarse ya a cierta altura sobre el nivel del mar, el Departamento, y con ello el territorio de la Prelatura, se encuentra sociológica y geográficamente en la Amazonía peruana, al menos si se entiende de manera amplia (como parece que se hará en el Sínodo).

Es verdad que mi labor aquí se ciñe al seminario, por lo que mi conocimiento de la realidad rural es muy limitado, pero puede decirse que esta reflexión la realizo directamente sobre el terreno, aunque en muchos casos me baso en lo que conozco a través de conversaciones con los sacerdotes que están aquí de manera permanente.

El desafío más importante de la pastoral en la Amazonía, como se está repitiendo hasta la saciedad recientemente, es la carencia de sacerdotes que puedan atender las pequeñas comunidades alejadas de las grandes ciudades. Cuando España afrontó la titánica tarea de civilizar y evangelizar América, entendió desde el inicio que resultaría imposible una adecuada atención a los indios si no se conseguía «reducirlos», es decir, reunirlos en ciudades de un tamaño adecuado para que pudieran desarrollarse todos los aspectos de la vida social. Lamentablemente, desde que Perú (y así el resto de América) dejó de formar parte del Imperio, y mucho más recientemente, la gente ha vuelto a desperdigarse por el terreno, lo que hace dificilísimo poder atender las necesidades pastorales, en particular las sacramentales. Además, como es notorio a todo el mundo, las congregaciones religiosas, que han liderado con una generosidad admirable el empeño misionero, no se encuentran hoy capacitadas para seguir cumpliendo ese papel de forma predominante, fundamentalmente por la carencia de vocaciones y la elevada edad de sus miembros. Muchas de estas prelaturas y vicariatos (estructura canónica que resalta la indigencia de estos territorios de misión) dependen en gran medida hoy del clero diocesano nativo, que resulta numéricamente insuficiente, sobre todo teniendo en cuenta la gran dispersión de la población a la que nos referíamos antes.

La solución que se han sacado de la chistera los pastoralistas de moda (estaban de moda ya en los 60, años desde los que siguen fracasando sin descanso), ha sido la de los llamados viri probati, que en realidad es el eufemismo de turno para la ordenación de varones casados en la Iglesia latina y, eventualmente, la destrucción del celibato sacerdotal. Esta solución, curiosamente, no ha venido desde la porción de Pueblo de Dios para la que se sugiere como remedio de todos los males, sino desde otras partes que, buscándola desde hace décadas, han querido ahora utilizar a los pobres (¡vaya novedad!) para promover su agenda ideológica.

El mensaje oficial es claro: el celibato es, al fin y al cabo, una mera disciplina. No es un dogma de fe, ni por asomo. En la Iglesia de oriente siempre se ha ordenado a casados (mejor ocultar que no es que ellos tengan tampoco una gran abundancia de candidatos para ese sacerdocio de casados). Además, si se ha hecho oficial la norma de que adúlteros impenitentes puedan comulgar, algo que, salvo por el recurso al oscuro probabilismo jesuítico, constituye una herejía de tomo y lomo, ¿cómo vamos ahora a hacernos los remilgados a la hora de cargarnos una disciplina milenaria en la Iglesia? Quien puede lo más, puede lo menos.

Pero, ¿qué son exactamente los viri probati? ¿Son meramente sacerdotes casados, como se dan entre los orientales o los miembros de los ordinariatos anglicanos? Me temo que no. A juzgar por las explicaciones que se están dando sobre el tema, estaríamos hablando de algo muy distinto.

Para entender la situación, hay que explicar primero cómo se está realizando ahora mismo la pastoral en la Amazonía. Los sacerdotes normalmente atienden de forma ordinaria los núcleos más poblados, pero éstos tienen anejas numerosas comunidades, que están a cargo de catequistas o animadores. La formación de animadores es fundamental para poder mantener vivas las comunidades, porque la ausencia del sacerdote hace a la comunidad cristiana terriblemente vulnerable a los ataques de las sectas: pentecostales, mormones, testigos de jehová, presbiterianos, adventistas y un largo etcétera, sin contar algunas ocurrencias nacionales (busquen información sobre los israelitas peruanos y verán hasta dónde se puede llegar). Así, pues, los sacerdotes cuidan de la formación intelectual de los animadores, con encuentros de formación esporádicos a los que éstos acuden a veces caminando largas distancias. Pero también tienen que vigilar la rectitud moral, porque la vida escandalosa de un animador (no digamos la del mismo sacerdote), es la mejor publicidad para las sectas.

La perseverancia y la entrega de los animadores es muchas veces admirable. En los tiempos de la persecución que el comunismo maoísta desató en las poblaciones rurales peruanas, no pocos catequistas y animadores fueron martirizados por su fe cristiana. Por supuesto, generalmente no reciben remuneración alguna, a diferencia de los responsables de comunidades pentecostales y sectas similares, que se desarrollan como pequeñas sucursales de empresas muy rentables, o a modo de redes de mercadeo. Sin embargo, muchas veces las circunstancias de la vida hacen que su entrega sea intermitente, lo que es totalmente comprensible.

La propuesta de los ilustres pastoralistas que capitanean desde las sombras el próximo sínodo es la siguiente: dado que la carencia fundamental de las comunidades es la participación en la Misa, ordenemos presbíteros a los animadores varones más fiables y, mientras se allana el camino para la ordenación de mujeres, instituyamos para las animadoras un pseudo diaconado en forma de ministerio laical que llamaremos «ginacolitado» (todo un alarde de esnobismo progre-eclesial).

La pretensión es que esta novedad no modificaría nada la realidad de la Iglesia, ni del sacerdocio, sino que sólo vendría a suplir una carencia de medios humanos para la atención pastoral. Pero yo creo que las consecuencias serían mucho más graves, y me barrunto que a los promotores de estas ocurrencias no les pillaría de sorpresa.

Uno de los primeros factores que salta a la vista es el de la formación. La gran obra del Concilio de Trento respecto del sacerdocio católico fueron los seminarios, audazmente promovidos por reformadores católicos de la talla de San Carlos Borromeo o Santo Toribio de Mogrovejo entre otros. Desde entonces la insistencia de la Iglesia en la formación de los sacerdotes es creciente. La última ratio para la formación de los presbíteros, recientemente aprobada, ha añadido incluso años a la formación en forma de propedéutico. Entonces, a los viri probati, ¿se les va a hacer pasar por el seminario? Si los comparamos con los orientales, la respuesta sería afirmativa, pues éstos tienen una formación muy cuidadosa. Pero mucho me temo que ninguno de los promotores de estas ideas tiene en mente que los animadores de las comunidades amazónicas pasen cinco o seis años estudiando teología o en un régimen de formación. Así que, o los viri probati son una especie de sacerdocio de segunda categoría, o es que esta solución no está pensada para la Amazonía y tierras de misión, sino para los países de la vieja cristiandad, en los que ya hace años se promovió eso del diaconado permanente, con idénticas intenciones. Mucho me temo que estas dos opciones no son incompatibles.

En efecto, ya algunos están postulando para Hispanoamérica un modelo de Iglesia pentecostalizado. Serían pequeñas comunidades regidas por laicos con poca preparación (o sacerdotes viri probati) con una pastoral que diera poco peso a la doctrina y mucho a la experiencia. Hace ya años, Mons. Strotmann, obispo de Chosica, lo proponía en el marco de un Congreso organizado en el Vaticano por la Conferencia Episcopal Alemana.

El problema de este modelo de sacerdocio es que reduciría la identidad del sacerdote católico a una mera funcionalidad sacramental. El sacerdote, de ser pastor de la comunidad, fuente de consejo, maestro de vida cristiana, presencia cercana de Cristo, pasaría a ser un mero (perdónenme la expresión) «consagrador de hostias». Y, encima, esta pérdida de la identidad sacerdotal afectaría sobre todo a los pobres: total, ¿para qué sacrificarse mandando misioneros de primera a la Amazonía cuando podemos darles esto sacerdotes de segunda clase?

Pero la cosa no se quedaría en la Amazonía. Porque como el interés principal está en Europa, y particularmente en Alemania, también allí la identidad del sacerdocio católico quedaría transformada, degradada, con gran intensidad. Aquí los cálculos serían fáciles de hacer. ¿Para qué gastar recursos en la formación de sacerdotes célibes, cuando para los viri probati bastarían unas clases de nivel más o menos superior? Piensen cuántos recursos deben invertir las diócesis en mantener sus seminarios (algunos con una «productividad» nula) en comparación con lo que cuesta, por ejemplo, formar a un diácono permanente de nivel europeo.

Si, por otro lado, estos sacerdotes de segunda sirven sólo para una función meramente sacramental, y vemos que así nos vamos apañando, ¿qué necesidad tendríamos de ministros a tiempo completo, cuando sus funciones podrían desempeñarlas laicos sin problemas? Cuando, además, en estas iglesias particulares ni siquiera se suele frecuentar la confesión, ¿qué otra función exclusiva tiene el sacerdote además de presidir la liturgia?

En definitiva, y para concluir, el proyecto de los viri probati, apoyado unánimemente por el oficialismo eclesial de cara al Sínodo de la Amazonía, supone la última vuelta de tuerca de un sector de la Iglesia para la destrucción de la Iglesia misma. ¿Dónde está la resistencia ante esto? Porque está muy bien quejarse de las maldades que los obispos alemanes operan con el dinero recibido a través de ese impío impuesto que cobran a los fieles, pero la realidad es que no estaríamos hablando de estas cosas si la terrorífica crisis de vocaciones y de sacerdocio que se da en la Iglesia no fuera un dato innegable. ¿Dónde están los obispos fieles que dejan los complejos a un lado y rigen sus diócesis por el único camino que se ha mostrado fecundo para la renovación de la Iglesia en el espíritu de Cristo, que es el de la Tradición? ¿Es que hay que esperar a que nos despojen de todo, incluso del sacerdocio, para empezar a actuar?

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