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Viernes, Mayo 29, 2020
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

La fidelidad del cristiano

Autor: Osman RAMOS, sacerdote FM

Estamos inmersos en la cultura de la huida: huimos de los problemas para no enfrentarlos, huimos de nuestras obligaciones para exigir solamente derechos, huimos del pobre y necesitado para permanecer acomodados en nuestras riquezas, huimos de la vida real para meternos en una virtual, huimos de la familia para irnos con los “amigos”, huimos de los verdaderos amigos para hacernos esclavos de los vicios, huimos de la verdad para sumergirnos en la mentira, huimos de nuestro propio “yo” para buscar las reverencias y alabanzas de los otros...Y así vamos en la vida: de ola en ola, de tumbo en tumbo, de vacío en vacío; y nada nos llena, nada nos satisface, nada nos convence; y todo nos estorba y aburre, todo nos cansa, todo nos hace falta, todo nos sobra, todo lo creemos merecer y nada agradecemos…

Pero todas estas huidas se resumen en una sola: huimos de Cristo… y huimos de Él porque es “Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo y lo invade todo” (Ef 4, 6), le tenemos miedo a la luz… Él es el único que traspasa el alma para purificarla, convertirla y mantenerla siempre fresca y renovada. No hay ser humano inteligente ni siquiera el más santo que lo pueda superar, “¡Oh abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia el de Dios!¡Cuán insondables sus designios e inescrutables sus caminos” (Rm 11, 33). El miedo nos embarga porque la Verdad nos confronta con nosotros mismos y el Sol que nace de lo alto nos visita para iluminar a los que viven en tinieblas en sombra de muerte (cf. Lc 1, 78-79) y entonces preferimos lo fácil, lo cómodo, lo oscuro…elegimos renunciar a la verdadera y “gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Rm 8, 21) que nos conduce al bien, para entregarnos al libertinaje que nos hace esclavos de nuestras pasiones y de nuestras malas inclinaciones. Preferimos nuestras absurdas y pecaminosas doctrinas que escupen el rostro de Dios que la Verdad de Cristo que todo lo sana y lo hace nuevo.

Huimos de Cristo pero no huimos de quien debemos huir: de la mentira, de lo obscuro, de lo fácil; en definitiva: del demonio y sus seguidores que van disfrazados de mansas ovejas destilando discursos melifluos para confundir al Pueblo Santo de Dios; pero “Ay de aquel que escandalice a unos de estos pequeños que creen en Mí” (Mt 18, 6). En mi caso, esos “pequeños” han sido seminaristas confundidos y laicos angustiados por culpa de tantos falsos profetas que se creen más que Jesucristo y que consideran sus doctrinas superiores a la de nuestra Madre la Iglesia y la de todos los santos.

“¿También vosotros queréis marcharos?”(Juan 6, 67), es la pregunta que sale del Corazón de Cristo que sufre ante la infidelidad de sus hijos. Se nos olvida que Cristo es Dios y Hombre verdadero, es el Hombre perfecto, pero que por ser perfecto, no deja de ser hombre, se nos ha olvidado que su Carne gloriosa es también una carne humana que sufrió por amor y que espera una respuesta de amor, de amor fiel. Pedimos de Él toda la compasión y misericordia para nosotros, pero nosotros no tenemos ninguna compasión ni misericordia hacia Él; le pedimos que siempre nos sea fiel al amor que nos prometió, pero luego nosotros somos los más enfieles a ese amor; le pedimos que siempre se acomode a nuestra forma de ser y que nos comprenda, pero muy pocas veces nos ajustamos a lo que Él nos pide. En otras palabras: queremos desbaratar su doctrina y la de su Iglesia milenaria en una conferencia, en una entrevista, en un librillo… hemos llegado al punto de dudar de su Palabra Sagrada fundamentando nuestras tesis con flojos y hasta ridículos argumentos … Para muchos ya no importa lo que dicen San Mateo, San Marcos, San Lucas o San Juan; mucho menos lo que dice San Pablo o los Santos Padres de los primeros siglos… lo único que les importa es descontextualizar la Palabra de Dios para acomodarla a sus doctrinas vacías llenas de falacias.

Pero demos un paso ulterior intentado llegar a la raíz del problema. Ante todo, nos hemos olvidado de que Jesucristo es Dios, el verdadero y único Dios que existe y de que, como Dios, tiene derecho intrínseco a ser amado y adorado y que por lo tanto nosotros tenemos la obligación de amarle y adorarle. Esta obligación de amarle y adorarle significa serle fiel, cuidarle, defenderle e incluso identificarse con Él… ¿Habrá un modelo perfecto? ¿Habrá un camino de perfección? ¿Habrá un ser humano que le haya amado y adorado sin nunca defraudarle?

Claro que existe. Ese modelo, ese camino, ese es ser humano es su Madre. Ella le dijo “sí” desde Nazaret hasta el Calvario y desde el Calvario hasta hoy…hasta la eternidad. Ella supo perfectamente que era la madre pero la madre de Dios, no de cualquiera… ella supo que era la criatura y Él su creador, Ella fue la primera que le dijo “sí” y nunca intentó suplantar el lugar de su Hijo queriendo ser diosa o queriendo cambiar la doctrina de su Hijo. Ella fue la discípula perfecta porque sabía que solo hay un único Maestro y Juez que enseña y legisla: Su Hijo Jesucristo.

Este amor y fidelidad incondicional de María a Cristo se deje entrever numerosas veces en el Evangelio cómo cuando le buscó para defenderle cuando sus mismos parientes pensaban que su Hijo estaba loco y cuando los escribas le levantan calumnias diciendo que estaba poseído por el demonio (cf. Mc 3, 20-35) esto es amor y no las falacias que hoy escuchamos. Es por ello que el modelo de perfección es María, es ser María que en ningún momento duda del mensaje de su Hijo y no cree en las mentiras de los falsos profetas que en ese momento ya abundaban. Ella, con su testimonio silencioso pero fecundo, tenía la fuerza del profeta que extirpa y destruye, que pierde y derroca, que construye y planta (cf. Jr 1, 10), con su total disponibilidad a modo de esclava fiel y leal acepta humildemente las órdenes de su Señor. Ella no quiere dirigir, eso lo quieren hacer todos… Ella quiere hacer lo que nadie quiere hacer: obedecer, obedecer a su Hijo y sus enseñanzas por amor a Él.

Así pues, inspirados en San Pablo, queremos permanecer “…cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio…” (Col 1, 23). No queremos apartarnos de la Fuente de agua fresca ni de la Roca firme que es Cristo; ni de sus enseñanzas, ni de su Santa Iglesia, ni de sus santos pastores, ni de su Santa Doctrina. Nosotros no queremos abandonar al Señor en ningún momento ni queremos defraudar su mensaje; no queremos seguir la voz ruidosa y vacía del falso profeta que retumba como hueca campana (1 Co 13, 1) sino la voz fuerte y valiente “que clama en el desierto: rectificad el camino del Señor” (Is 40, 3).

Por tanto la fidelidad del cristiano que hoy nos exige y, en el fondo, nos mendiga Nuestro Señor es la fidelidad en clave mariana, la fidelidad de su Madre; Ella es el camino seguro para ser fiel a Cristo. El secreto, por ende, es estar cerca de Ella para que nos haga fieles como Ella fue y es fiel. Sin embargo esta unión a Ella no consiste solamente en una mera devoción mariana que, en algunos casos, es vacía o llena de sentimentalismo, sino que ante todo debe ser una unión que esté marcada por la imitación. Este es el camino: imitar a María para permanecer ser fieles a Cristo y no sucumbir. Imitarla significa estar junto a Cristo siempre y defenderle en todo momento, no cambiar o acomodar su doctrina a la nuestra. Ser María es cuidar de Él siempre, aunque eso nos cueste la vida, identificarnos con Él como Ella se identificó totalmente con su Hijo y estuvo siempre con Él en Nazaret, en Belén, en la Cruz, en la Resurrección y en Pentecostés… El que vive una fidelidad arraigada en María vive una autentica fidelidad. Esta fidelidad en clave mariana es la que ha caracterizado a todos los santos a lo largo de la historia de la Iglesia; incluso, algunos de ellos llegaron a realizar importantes reformas en la Iglesia pero siendo fieles a Cristo y permaneciendo dentro de la Iglesia, haciendo todo siempre acorde a las enseñanzas de Cristo, de la Tradición y del Magisterio y muriendo, como dijo Santa Teresa de Ávila, hijos de la Iglesia. María, pues, nos enseña a amar a Cristo como Él merece ser amado; Ella nos enseña adorar a Cristo como merece ser adorado, a obedecerle sin cuestionarlo…. Ella como la primera cristiana, mejor que nadie tiene certificada experiencia en cuanto a la virtud de la fidelidad.

Imitando a María, nosotros no queremos proponer nada nuevo, ni muchos menos nada que vaya en contra de nuestro Señor Jesucristo ni de su santa doctrina; nosotros simplemente queremos amar a Cristo como le amo su Madre, siendo esclavos y no superiores del Señor. Nosotros queremos permanecer siempre junto a Cristo en todos sus momentos tanto de gloria como de dolor; queremos decirle: “Adonde Tú vayas, iré yo, donde Tú vivas, viviré yo” (Rt 1, 16). Queremos ser María porque así tendremos renovado nuestro “sí” fiel a Cristo que un día le juramos en público o, en algunos casos, en privado.

Nosotros tampoco te abandonaremos, Señor; como María queremos estar siempre contigo. Queremos huir de los falsos profetas para escuchar solamente tu Palabra que sale también de la boca de tus verdaderos profetas que aunque hoy son pocos siguen existiendo y con valentía no dudan en defenderte cuantas veces haga falta. Cueste lo que nos cueste; nosotros, en este caso, sí somos de dura cerviz pues nadie nos moverá de Ti. Y si todo esto nos trae dolor, persecución y hasta la muerte, preferimos todo eso a serte infiel. Esta es la verdadera respuesta del cristiano que Cristo Nuestro Señor nos mendiga hoy.

Queridos laicos, seminaristas o quien sea que me lea, yo sólo soy un cura que quiere ser fiel a Cristo, a la Iglesia y al carisma fundacional de mi Familia espiritual; soy un pecador más con muchísimos defectos pero que por esa misma razón necesita estar siempre al lado de Cristo…Simplemente deseo aportar mi granito de arena ante el terrible desierto y confusión en los que nos encontramos sumergidos; lo demás depende de vosotros: sed astutos y no os dejéis engañar. Cristo te necesita, sigue teniendo sed (cf. Jn 19, 28), sed de ti, de tu fidelidad. No le dejemos solo. No nos cansemos de orar por el Papa que le ha tocado gobernar la Iglesia en un momento difícil de la historia; tampoco olvidemos en nuestras oraciones a los los sacerdotes, los Obispos y a toda la Iglesia que peregrina en este mundo "Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:13). 

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