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Lunes, Julio 22, 2019
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¿Es Jesús Emmanuel (Dios con nosotros)?

Autor: Luciana Rogowicz, judía y católica

O Jesús fue un loco, o un mentiroso, o fue Dios. No cabe otra opción, como bien lo dijo C.S. Lewis en su libro Mero cristianismo. Y este planteamiento es esencial para todo creyente. Ya que si bien puede ser aparentemente lindo escuchar a alguien, con mucho respeto, decir que aunque no cree en la divinidad de Jesús, igual fue “un gran profeta”, o “un gran maestro”, o “una persona muy sabia”, Jesús nunca dejó habilitada esa opción. Sino que claramente afirmó su condición divina.

De modo que no podemos decir que alguien que afirma ser Dios, y no lo es, es un gran profeta o un gran sabio. Sería para el caso o un mentiroso o un loco. En este artículo voy a hacer un pequeño recorrido bíblico con las principales citas y argumentos que muestran al mismo Jesús proclamando su divinidad.

Número uno, los Cuatro Evangelios

Cuando se habla de la divinidad de Jesús, lo más usual es referirse al Evangelio de Juan, dejando de lado los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). Pero la realidad es que todos muestran a Jesús afirmando su divinidad, sólo que de modos diferentes.

Es verdad que en el Evangelio de Juan lo manifiesta de forma más evidente, por el modo en que Jesús lo expresa en diferentes ocasiones: “Jesús respondió: «Les aseguro que desde antes que naciera Abraham, Yo Soy»” (Jn 8, 58).

Además de afirmar que Él existe antes de Abraham, Jesús al utilizar ese “yo soy” alude a la respuesta que Dios le da a Moisés cuando le pide que le revele su Nombre en el capítulo 3 del libro del Éxodo: "Moisés dijo a Dios: «Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?». Dios dijo a Moisés: «Yo soy el que soy». Luego añadió: «Tú hablarás así a los israelitas: 'Yo soy' me envió a ustedes»" (Ex 3, 13-14).

Las acusaciones de blasfemia

“«El Padre y yo somos una sola cosa». Los judíos tomaron piedras para apedrearlo. Entonces Jesús dijo: «Les hice ver muchas obras buenas que vienen del Padre. ¿Por cuál de ellas me quieren apedrear?». Los judíos le respondieron: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino porque blasfemas, ya que, siendo hombre, te haces Dios»" (Jn 10, 30-32).

Esto muestra claramente que Jesús afirmaba su divinidad y quienes estaban allí lo entendieron perfectamente. Es por eso que querían apedrearlo. Ya que eso constituía una blasfemia. Y Jesús en ningún momento aclaró que en realidad Él no estaba proclamando ser igual a Dios, sino que dejó que se escandalicen porque en verdad era eso lo que Él quería demostrar.

Continuamos el recorrido bíblico, ahora sí pasando a los evangelios sinópticos. Y es necesario leerlos desde una visión judía de la época o con conocimiento del Antiguo Testamento para poder darnos cuenta que también es claro que Jesús proclama su divinidad.

“Al verlo caminar sobre el mar, pensaron que era un fantasma y se pusieron a gritar, porque todos lo habían visto y estaban sobresaltados. Pero él les habló enseguida y les dijo: «Tranquilícense, soy yo; no teman» (Mc 6, 49-50).

Ese “soy yo” en griego se dice "ego eimi”, y es,  nuevamente,  la misma expresión que se usa en el Evangelio de Juan para expresar la divinidad de Jesús, aludiendo a Éxodo 3, 14.

Si bien “ego eimi” también puede significar “soy yo” simplemente (dependiendo del contexto), en el texto del Evangelio de Marcos, cuando Jesús se presenta de ese modo, está caminando sobre el agua. Esta acción milagrosa aparece claramente en el Antiguo Testamento como un atributo sólo de Dios (Job 9, 8).

Jesús con este hecho no sólo está haciendo un milagro, sino revelando quién verdaderamente es.

En respuesta a esto los que estaban en la barca viéndolo “se postraron ante él, diciendo: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios»” (Mt 14, 33).

En el judaísmo, postrarse era sólo algo que estaba permitido hacerlo ante Dios. Los apóstoles lo sabían, y Jesús no sólo tenía conocimiento de esto, sino que lo había expresado anteriormente en su encuentro con el tentador en el desierto: “«Te daré todo esto, si te postras para adorarme». Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: 'Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto'»” (Mt 4, 9-10).

El juicio, otra manifestación de su Divinidad

“Pero Jesús callaba. El Sumo Sacerdote insistió: «Te conjuro por el Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Jesús le respondió: «Tú lo has dicho. Además, les aseguro que de ahora en adelante verán al hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir sobre las nubes del cielo». Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia”.

La reacción del Sumo sacerdote no fue tal porque Jesús afirmaba ser el Mesías, ya que eso no era considerado una blasfemia, de lo contrario ¿cómo algún Mesías alguna vez iba a poder declarar que lo era?

Lo que sí constituía una blasfemia era proclamar ser divino. Y Jesús se identifica a sí mismo con el hijo del hombre celestial, que ha de “venir sobre las nubes del cielo”… ese “atributo” era únicamente destinado a Dios. “Vi venir una especie de hombre entre las nubes del cielo… A él se le dio poder, honor y reino. Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su poder es eterno… Su reino no acabará” (Dn 7, 13 s). Jesús con esta expresión está proclamando su divinidad con un estilo judío, citando al profeta Daniel, y Caifás, por supuesto conocedor de las escrituras judías, lo pudo captar inmediatamente.

La blasfemia consistía en la proclamación de su divinidad. Y en los evangelios podemos ver claramente que el cargo por el cual Jesús fue entregado a los romanos fue la blasfemia.

Señor mío y Dios mío

“Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»” (Jn 20, 27-28).

Jesús no corrige a Tomás por adorarlo como Dios, sino que le afirma su creencia.

Como decíamos en el párrafo anterior, a lo largo de todo el Antiguo Testamento, y también en el libro del Apocalipsis, cuando un hombre quería postrarse ante algún enviado de Dios, siempre se les corregía y se les prohibía hacerlo, ya que sólo se puede rendir culto, adorar, a Dios.

Claramente Jesús no sólo no corrige a Tomás, sino que que le dice: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»

No sólo palabras, acciones divinas

Jesús no sólo proclamó su divinidad sino que hizo cosas que sólo le correspondían a Dios: “Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: «¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?» Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: «¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate, toma tu camilla y camina”? Para que ustedes sepan que el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al paralítico– yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa» (Mc 2, 5-11).

Tal como  lo lo expresaron los escribas, ¿quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? Y Jesús, pudiendo sólo haber curado al paralítico, sin causar ningún escándalo, eligió decir que sus pecados fueron perdonados, justamente para revelar su condición divina.

¿Qué profeta exhortaría a beber su sangre?

Es clara la prohibición en el Antiguo Testamento acerca de beber la sangre de los animales (Lv 17) ¿Por qué entonces Jesús, en la última cena, deja este mandato, que aparentemente quebraba la ley de la Torá, de Moisés?

Si bien esto fue algo shockeante, desconcertante, no estaba en contra de la ley, ya que la prohibición de ingerir la sangre aludía a la de los animales, no a la de los humanos, porque estos ritos estaban asociados a prácticas paganas de idolatría.

Ahora bien, según el libro del Levítico, la vida está en la sangre, el “nefesh”, el “alma”, está en la sangre.

En el evangelio de Juan, durante el discurso del pan de vida del capítulo 6, Jesús dice: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes” (Jn 6, 53).

Hay que consumir su sangre para obtener su vida divina, su vida eterna y ser resucitado en el último día (Jn 6, 40). Y esto va en absoluta continuidad con la explicación del Levítico acerca de que la vida está en la sangre.

Ningún “mero” profeta dijo jamás algo semejante…

El que pueda entender, que entienda

Más allá de todas estas explicaciones, y muchas más que no están detalladas aquí, podríamos preguntarnos: si Jesús quería dejar clara su divinidad, ¿por qué no lo dijo explícitamente?

Es evidente, para quien conoce los evangelios, que Jesús siempre habló en parábolas, acertijos y de forma indirecta.

Los mismos apóstoles “decían: «¿Qué es este poco de tiempo? No entendemos lo que quiere decir»” (Jn 16, 18).

Jesús les responde: “Les he dicho todo esto por medio de parábolas. Llega la hora en que ya no les hablaré por medio de parábolas, sino que les hablaré claramente del Padre. (Jn 16, 25).

Su identidad siempre tuvo cierto “secretismo”. Pareciera ser como si Jesús quisiera revelar su mesianismo, su misión, su divinidad, sólo a quienes eran capaces de poder entenderlo, incluso hoy en día.

Como bien Jesús le dijo a Pedro: “Esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16, 17). La fe es un don, siempre lo fue. Y si bien tenemos razones de nuestra fe, y nuestras creencias tienen fundamentos lógicos, hay una parte que no es revelada ni por la razón, ni por la “sangre”, sino por el Padre que está en el cielo.

“Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” (Jn 6, 44).

Por eso, pidamos siempre mantener este hermoso don de la fe. Que no sólo nos permite conocer y comprender la divinidad de Jesús, verdadero Emmanuel, sino sentir ese intenso amor que tiene por los hombres y todo lo que está dispuesto a hacer por nosotros.

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