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Lunes, Febrero 18, 2019
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La destrucción del catolicismo en Brasil y las implicaciones eclesiales de la victoria de Bolsonaro

Autor: Vicente MONTESINOS, escritor

El fenómeno de la realidad católica en Brasil; de la creciente ocupación de espacios religiosos por la sectas evangélicas en dicho país, y del papel jugado por los políticos en toda esta historia, especialmente por la izquierda populista que ha dominado el país en los últimos años, así como la participación en todos estos fenómenos de la jerarquía eclesial, me ha llamado siempre especialmente la atención.

Por eso he vivido con cierta expectación el proceso electoral de las últimas fechas; y he estudiado bastante a fondo en las últimas semanas las acontecimientos que han llevado finalmente a Jair Bolsonaro a alzarse con la victoria en estas elecciones y desalojar por fin a la izquierda del sufrido país brasileño.

Pero hay muchas causas y consecuencias que analizar en este asunto, especialmente en lo que a InfoVaticana le puede interesar especialmente contar a sus lectores; a saber: las implicaciones eclesiales de la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil.

Me voy a disponer a contarles como veo yo este asunto; por si puede interesarles. De uno u otro modo, es un asunto complejo, y no poco importante en las relaciones políticas mundiales, y en la evangelización de Hispanoamérica (o la evangelización de Europa por Hispanoamérica, que quizá sea el momento histórico en el que nos encontremos).

Parto del hecho de que al día siguiente de la victoria de Bolsonaro escuché, absolutamente en todas las cadenas de radio y televisiones convencionales (y no tan convencionales), el siguiente mensaje: la victoria del ultraderechista, homófobo, racista, radical, ultra, fascista, etc… Ello me tranquilizó y me hizo pensar que en principio, la cosa, no pintaba mal. Si la prensa rabiaba tanto, se cumplían las mejores expectativas. Además, según en boca de quien, todos esos insultos suenan a gloria.

Me he zambullido a continuación en las últimas fechas a leer las repercusiones en los medios brasileños, los análisis internacionales y la lectura que da al asunto la gente de Iglesia. También he podido hablar al respecto con diversos amigos católicos brasileños, y hasta con algún evangélico. Por hablar he hablado hasta con una par de políticos cariocas. Y después de todo ello, debo de decir que, aunque he enriquecido mis puntos de vista, como no podía ser de otra forma, no ha variado mucho mi análisis previo de la situación.

Y es que, les guste o no les guste a los todopoderosos, ocurrió.

Era impensable en la mente de los brasileños otro desenlace. Jair Bolsonaro ha sido la única alternativa realmente factible contra el criminal esquema de poder concebido para perpetuarse  décadas por el Partido de los Trabajadores (en adelante PT), con las bendiciones de la Conferencia Episcopal de Brasil (Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, en adelante CNBB).

Y una vez más, y ya van muchas, en lo que debiera ser una frustración para ellos, los católicos no han escuchado a sus obispos. Y es que, aunque ellos piensen que sí, ni el PT ni la CNBB representan al pueblo brasileño. A Dios gracias. Ya ocurrió en el referéndum sobre las armas en 2005, cuando el pueblo católico no dudó en pronunciarse contra la dirección de los obispos. O en 2015 con el asunto de la reforma política. La importancia de los Obispos católicos para el pueblo brasileño es cero. Ni más ni menos. Y nadie los escucha.

El problema viene de lejos. Se gestó ya tras el Vaticano II cuando el clero brasileño sucumbió ante la euforia de “abrirse a la modernidad”, que en aquella época, se vestía con el traje del marxismo. Y con esa euforia la teología de la liberación echó al clero católico en brazos de los ideólogos de la izquierda. El pueblo parecía socialista, y los obispos quisieron ser la vanguardia de ese giro político que se consolidaría con la fundación del Foro San Pablo y las posteriores victorias del PT ya en los inicios del siglo XXI.

Y la Iglesia brasileña, sumida en esta devastación ideológica, no fue capaz en ningún momento de liberarse de sus nefasta filias ideológicas. Y aunque los gobiernos de Lula y Dilma hayan pisoteado los principios morales católicos, lo cual además ha sido aderezado con una conducta política despreciable con mega casos de corrupción que han destruido totalmente la credibilidad del partido, los obispos parece que han sido los únicos que no han visto lo evidente para todos, en un ejercicio de sectarismo político impresentable.

Desgraciadamente la CNBB ha seguido defendiendo a su hijo bastardo, el Partido de los Trabajadores. Quizá incluso reconfortados por el apoyo de Francisco a Lula, en prisión por corrupción.

Y así, mientras los obispos brasileños y la izquierda brasileña se auto-erigían como adalides de los intereses del pueblo, eran sólo la caja de resonancia de los intelectuales del PT; y el pueblo católico, sin encontrar apoyo, respuestas ni lógica en sus pastores, quedó huérfano. Y comenzó su sangrante éxodo hacia las comunidades pentecostales. De nada han servido las patéticas intentonas misioneras de este decadente progresismo eclesial que no interesa a nadie (y que en la actualidad parece incluso, para desgracia nuestra, haberse extendido con fuerza en la Iglesia universal). La CNBB ha arrojado al pueblo a los brazos de los protestantes. Y son por tanto los Obispos católicos brasileños los responsables de esta destrucción del catolicismo en Brasil.

Con ello y con todo, a poco que escuches a los hermanos brasileños, pronto te das cuenta de que en el fondo no es un fracaso de los obispos católicos, sino un éxito para ellos en su objetivo principal. No hay fracaso. Hay destrucción. Impresión que queda más que confirmada al escuchar a Monseñor Steiner, en relación al descalabro de las nuevas estadísticas de católicos en el país carioca, decir que: “más importante que el porcentaje de católicos en Brasil es cuántas personas realmente buscan la justicia” .Y arreglado. No falla. Donde llegó la Teología de la Liberación, allí se instaló la muerte. Y los obispos de la azada odian cualquier cosa que se asemeje al catolicismo.

Y aquí, en medio de este páramo dejado por los obispos católicos, llegamos a la actualidad, y a como la pérdida de credibilidad de sus nefastas excelencias se acentuó aún más por el increíble fanatismo con que el episcopado brasileño se embarcó en la campaña contra Jair Bolsonaro.

Y no dieron una, una vez más, y los hechos vencieron a la retórica: se lanzaron a hacer de politicuchos hablando de que Bolsonaro era la representación máxima de la violencia, cuando el único candidato que efectivamente fue objeto de violencia e intento de asesinato fue él.

Le llamaron totalitario, dictador, etc…; mientras el pueblo seguía asistiendo atónito a la defensa y apología por los obispos al Partido de los Trabajadores,  aliado de los regímenes más totalitarios del mundo.

Y en un último intento desesperado la CNBB hizo de vocera de todo tipo de artistas, intelectuales, etc; cuya voz ha sido ignorada de forma ostensible por un pueblo hastiado.

La campaña contra Bolsonaro alcanzó tan alta intensidad en los altares, y hay tantas decenas de ejemplos entre Obispos, cabildos, deanes y párrocos brasileños (tengo gran parte de ellos documentados, pero no es cuestión de cansarles) que se tuvo que llegar a emitir notas electorales dirigidas a determinados obispos para que se cumpliera con la ley y se dejara de inducir de esa forma el voto de los católicos brasileños.

A su vez, de igual modo, he podido documentar la mayor de las ignominias en la acera de enfrente. Y es que mientras la gran mayoría de obispos y clero brasileños abandonaban sus tareas de apostolado para dedicarse a hacerle la campaña al PT, los sacerdotes que se atrevieron a apoyar al candidato del PSL, Jair Bolsonaro, fueron sistemáticamente silenciados por los obispos. Baste un ejemplo: el Padre Cleidimar Moreira, después de declarar su voto a Bolsonaro recibió una advertencia de su Obispo en  la que se le informaba de que “no es compatible con el ministerio sacerdotal la participación en política partidista” y que “está absolutamente prohibido hacer campaña electoral para cualquier candidato y, quien lo haga, recibirá la debida pena canónica “.

Finalmente, el atentado contra Bolsonaro, seguido del intento de asesinato de su reputación, le han dado mucha mayor popularidad. La desesperación de los medios de comunicación, de la casta marxista y de la jerarquía católica brasileña iba siendo cada vez más notable, y acabó siendo una auténtica frustración ante la respuesta de un pueblo que ha votado por sí solo.

Y ahora… ¿qué? La CNBB ha llamado fascista a Bolsonaro. ¿Qué dirá ahora?  ¿Que los pueblos de sus diócesis son fascistas?

Los brasileños, que nada tienen de violentos, ni de fascistas ni de extremistas, ni de nada lo que han querido acusar a Bolsonaro; han dicho basta a tanta demagogia marxista, igual que los católicos han dicho basta a tanta mitra socialista. Eso es todo.

Y Bolsonaro ha vencido al tirano cambalache de marxismo, mass-media y obispos; que han dilapidado ingentes cantidades de dinero en sus campañas, mientras él, con la campaña más austera que se recuerda y con solo 8 segundos de anuncio electoral, ha dado el vuelco a la situación política, y al alma del país.

Jair Bolsonaro ha sido adoptado por el pueblo como el aglutinador de  todos los valores y símbolos que unificaban siglos de lucha de los pobres de la nación. Esta es la gran ironía: en nombre de la opción por los pobres, la CNBB se quedó del lado de las élites, junto con la izquierda; mientras los verdaderos pobres se identificaron con Bolsonaro. Es como si, de repente, dieran voz al alma del país.

Esto ha sido, en lo que a los católicos nos concierne, una muestra más de la podredumbre de la jerarquía que nos abochorna. Porque los brasileños son buenos, pero no tontos, y les ha parecido increíble e indecente  que obispos y sacerdotes hayan destacado sin vergüenza  en sus cartas y discursos que un católico consciente no vota a personas violentas, refiriéndose a Bolsonaro, sin mencionar para nada el aborto, la ideología de género, la corrupción estructural, el comunismo, las dictaduras de izquierda, etc., parte integral de todo el proyecto de poder comunista del Partido de los trabajadores.

¿Lo que queda a nivel eclesial? Una gravísima situación de la Iglesia católica. Una grieta insalvable entre los obispos y el clero. Y otra grieta insalvable entre el clero y el pueblo. La ideología los cegó completamente y han quedado absolutamente inhabilitados. Los obispos emplearon décadas para crear un efecto hipnótico sobre la población, que dejaba sus almas seducidas por el mesianismo de Lula. No votar al PT era como un pecado, una blasfemia, una traición.

Pero el hechizo se acabó. Votar a Bolsonaro ha sido una experiencia liberadora para multitudes. Ahora, quienes deberán despertar de su hipnosis serán los propios obispos católicos, que han acabado con nuestra Iglesia en Brasil.

Porque la otra solución, que ellos desearían, a modo de reactivación nuevamente de las comunidades cristianas de base para volver a dar al marxismo el nicho electoral que ha perdido, no la tienen tan sencilla. En primer lugar porque la mayoría de los católicos se han hecho protestantes. Y en segundo lugar, porque su discurso se ha distanciado de tal modo de la doctrina católica que no consigue más que causar escándalo y rechazo. Es simplemente una especie de fijación senil, y sus filósofos y teólogos están entre los 80 y 90 años. La Teología de la Liberación actualmente se resume en la repetición de clichés desgastados, moralistas y rancios.

Nunca como hoy la población estuvo tan vacunada contra la Teología de la Liberación, la cual llegó al apogeo de su desprestigio. En la década de 1970, con un pueblo desprevenido, fue fácil para los “libertadores” imbuir de socialismo su predicación supuestamente cristiana. Hoy, como la propia experiencia de estas elecciones demuestra, el pueblo simplemente los ignora.

Incluso la influencia que el clero “liberador” todavía ejerce sobre la población de regiones más desfavorecidas está profundamente amenazada por la posibilidad de acceso al estudio que la era digital favorece, y por las inmensas posibilidades que el progreso económico de un gobierno de derechas les puede traer.

Indudablemente, además, y sobre todo, la gracia divina es el factor determinante que actúa en las almas honestas, haciéndolas no sólo impermeables a estos errores, sino también creando en ellas la resistencia necesaria para que los puedan combatir hasta la completa execración.

Sin público, sin credibilidad, sin intelectualidad y sin el auxilio de la gracia, los teólogos de la liberación no tienen más instrumentos de reproducción.

Es la hora de que por fin el clero y los laicos conservadores se levanten. Y eso es lo que ha pasado en las elecciones. Ni más, ni menos.

Y para finalizar no me gustaría dejar de lado como este proceso electoral no ha sido sólo relevante para Brasil. Porque la elección del único candidato de verdadera oposición al Foro de San Pablo en cierto modo rediseña toda la política mundial del movimiento socialista. Si cualquier otro partido hubiera vencido esta elección, una vez más, el dinero del Estado brasileño sería usado para subvencionar todas las acciones de los partidos de izquierda de América Latina y, por consecuencia, para hinchar la izquierda en el mundo entero.

Y no hace falta que me extienda mucho en las consecuencias que tiene esto para la política eclesial mundial. El Vaticano de Francisco era próspero e inexpugnable mientras era protegido por el izquierdismo de Obama. Y la elección de Donald Trump retiró el apoyo que sostenía políticamente a este pontificado. Y los cánceres ocultos en los Estados Unidos comenzaron a emerger.

Como respuesta, Francisco alcanzó un acuerdo con China , por el que el Partido Comunista Chino designará a los obispos de la Iglesia Católica. La Iglesia Patriótica China ha reafirmado enérgicamente su compromiso de “perseverar en el camino de una sociedad socialista bajo la dirección del Partido Comunista de China.”

Si el Foro de Sao Paulo hubiera ganado las elecciones en Brasil, veríamos una resurrección de la izquierda en América Latina,  que como resultado hubiera llevado al relanzamiento de los objetivos de Bergoglio, que, de hecho, y lo sigo diciendo, por tiempo que pase, con pena y estupefacción, se ha erigido como el “líder de la izquierda mundial”.

La victoria de Bolsonaro, sin embargo, no sólo derriba del poder a la izquierda brasileña y latinoamericana, sino que fortalece el eje que le es opuesto: el del nuevo Brasil uniendo fuerzas con Estados Unidos, Hungría, Polonia, Italia y los demás países europeos que están asistiendo a una ascensión gradual de las derechas.

(Publicado en Infovaticana)

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