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Martes, Noviembre 13, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Monseñor Viganó responde al cardenal Ouellet

Autor: Carlo María VIGANÒ, ex nuncio en Estados Unidos

En la memoria de los Mártires de América del Norte

Testimoniar la corrupción en la jerarquía de la Iglesia católica ha sido para mí una decisión dolorosa, y siguen siéndolo. Pero soy un anciano. Un anciano que sabe que pronto tendrá que rendir cuenta al Juez de las propias acciones y omisiones, que teme a Aquel que puede arrojar su cuerpo y su alma en el infierno. Juez que, a pesar de su infinita misericordia, “dará a cada uno según sus méritos el premio o la condena eterna” (Acto de fe).  Anticipando la terrible pregunta de ese Juez: “¿Cómo has podido, tú que sabías la verdad, permanecer en silencio en medio de tanta falsedad y depravación?”, ¿qué respuesta podría dar?

He hablado plenamente cosciente de que mi testimonio habría causado alarma y consternación en muchas personas eminentes: eclesiásticos, hermanos obispos, compañeros con los que he trabajo y rezado. Sabía que muchos se sentirían heridos y traicionados. Había previsto que algunos de ellos, a su vez, me acusarían y cuestionarían mis intenciones. Y, lo más doloroso de todo, sabía que muchos fieles inocentes se sentirían confundidos y desconcertados por el espectáculo de un obispo que acusa a sus hermanos y superiores de delitos, pecados sexuales y de negligencia grave hacia lo que es su deber. Estoy convencido de que mi prolongado silencio habría puesto en peligro muchas almas, y ciertamente habría condenado la mía. A pesar de haber informado en diversas ocasiones a mis superiores, incluso al Papa, de las acciones aberrantes de McCarrick, habría podido denunciar antes públicamente la verdad de la que yo estaba al corriente. Me arrepiento de verdad si tengo alguna responsabilidad por el retraso, que ha sido debido a la gravedad de la decisión que tenía que tomar y el gran sufrimiento de mi conciencia.

Me han acusado de haber creado, con mi testimonio, confusión y división en la Iglesia. Esta afirmación puede ser creíble sólo para quienes consideren que dicha confusión y división eran irrelevantes antes de agosto de 2018. Sin embargo, cualquier observador desapasionado seguramente ya se había dado cuenta de la prolongada y significativa presencia de ambas, algo inevitable cuando el sucesor de Pedro renunciar a ejercer su misión principal, que es la de confirmar a sus hermanos en la fe y en la sana doctrina moral. Cuando, además, acentúa la crisis con mensajes contradictorios o declaraciones ambiguas, la confusión se agrava.

Por lo tanto, he hablado. Porque es la conspiración del silencio la que ha causado y sigue causando enorme daño a la Iglesia, a las almas inocentes, a las jóvenes vocaciones sacerdotales, a los fieles en general. En mérito a esta decisión mía, que he tomado en conciencia ante Dios, acepto gustoso cualquier corrección fraterna, consejo, recomendación e invitación que se me haga para que progrese en mi vida de fe y de amor a Cristo, a la Iglesia y al Papa.

Permitidme que os recuerde de nuevo los puntos principales de mi testimonio.

– En noviembre del 2000, el nuncio en los Estados Unidos, el arzobispo Montalvo, informó a la Santa Sede del comportamiento homosexual del cardenal McCarrick con seminaristas y sacerdotes.

– En diciembre del 2006, el nuevo nuncio, el arzobispo Pietro Sambi, informó a la Santa Sede del comportamiento homosexual del cardenal McCarrick con otro sacerdote.

– En diciembre de 2006, yo escribí una Nota al cardenal secretario de Estado Bertone, que entregué personalmente al sustituto para Asuntos Generales, el arzobispo Leonardo Sandri, en la que le pedía al Papa que tomara medidas disciplinarias extraordinarias contra McCarrick para prevenir futuros delitos y escándalos. Esta Nota nunca tuvo respuesta.

– En abril de 2008, una carta abierta al Papa Benedicto por parte de Richard Sipe fue transmitida por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Levada, al secretario de Estado, el cardenal Bertone, que contenía más acusaciones contra McCarrick por acostarse con seminaristas y sacerdotes. Esta carta me fue entregada un mes más tarde y, en mayo de 2008, yo personalmente presenté una segunda Nota al entonces sustituto para Asuntos Generales, el arzobispo Fernando Filoni, informando de las acusaciones contra McCarrick y pidiendo sanciones contra él. Tampoco esta segunda Nota tuvo respuesta.

– En 2009 o en 2010, el cardenal Re, prefecto de la Congregación para los Obispos, me informó que el Papa Benedicto había ordenado a McCarrick que cesara su ministerio público y que empezara una vida de oración y penitencia. El nuncio Sambi le comunicó a McCarrick las órdenes del Papa, y al hacerlo elevó tanto el tono de voz que le oyeron en los pasillos de la nunciatura.

– En noviembre de 2011, el cardenal Ouellet, nuevo prefecto de la Congregación para los Obispos, me confirmó, como nuevo nuncio en los Estados Unidos, las restricciones impuestas por el Papa a McCarrick, y fui yo quien se las comuniqué personalmente, cara a cara, a McCarrick.

– El 21 de junio de 2013, hacia el final de un encuentro oficial con los nuncios en el Vaticano, el Papa Francisco me dirigió una palabras de reproche y de difícil interpretación sobre el episcopado americano.

– El 23 de junio, el Papa Francisco me recibió en una audiencia privada en su apartamento para algunas aclaraciones, y me preguntó: “¿Cómo es el cardenal McCarrick?”, palabras que sólo puedo interpretar como una falsa curiosidad para descubrir si yo era aliado o no de McCarrick. Le dije que McCarrick había corrompido a generaciones de seminaristas y sacerdotes, y que el Papa Benedicto le había impuesto retirarse a una vida de oración y penitencia.

– McCarrick, en cambio, continuó disfrutando de una especial consideración por parte del Papa Francisco, quien le confió nuevas e importantes responsabilidades y misiones.

– McCarrick formaba parte de una red de obispos favorables a la homosexualidad que, gozando del favor del Papa Francisco, han impulsado nombramientos episcopales para protegerse de la justicia y reforzar la homosexualidad en la jerarquía y en la Iglesia en general.

– El mismo Papa Francisco parece, o ser cómplice con el difundirse de dicha corrupción o, consciente de lo que hace, es gravemente responsable porque no se opone a ella y no intenta erradicarla.

He invocado a Dios como testigo de la verdad de estas afirmaciones mías, y ninguna de ellas ha sido desmentida. El cardenal Ouellet ha escrito reprochándome mi temeridad por haber roto el silencio y haber lanzado graves acusaciones contra mis hermanos y superiores, pero su reproche, en realidad, me confirma en mi decisión y, además, confirma mis afirmaciones, una a una y en conjunto.

El cardenal Ouellet admite que me habló de la situación de McCarrick antes de que yo viajara a Washington para tomar posesión de mi cargo como nuncio.

El cardenal Ouellet admite que me comunicó por escrito las condiciones y restricciones impuestas a McCarrick por el Papa Benedicto.

El cardenal Ouellet admite que dichas restricciones prohibían a McCarrick viajar y aparecer en público.

El cardenal Ouellet admite que la Congregación para los Obispos le ordenó a McCarrick por escrito, primero por medio del nuncio Sambi y, después, a través de mí, llevar una vida de oración y penitencia.

¿Qué es lo que cuestiona el cardenal Ouellet?

El cardenal Ouellet cuestiona la posibilidad de que el Papa Francisco haya podido acordarse de informaciones importantes sobre McCarrick en un día en el que había recibido a decenas de nuncios, y en el que había dado a cada uno de ellos sólo pocos instantes de conversación. Pero no es lo que yo he testimoniado. Yo he testimoniado que en un segundo encuentro, privado, informé al Papa, respondiendo a una pregunta que él me planteó sobre Theodore McCarrick, entonces cardenal arzobispo emérito de Washington, figura preminente de la Iglesia de los Estados Unidos, de que el cardenal McCarrick había corrompido sexualmente a sus propios seminaristas y sacerdotes. Ningún Papa puede olvidarse de esto.

El cardenal Ouellet cuestiona la existencia en sus archivos de cartas firmadas por Benedicto XVI o por el Papa Francisco relacionadas con las sanciones impuestas a McCarrick. Pero no es lo que yo he testimoniado. Yo he testimoniado que en sus archivos tenía documentos clave -independientemente de su procedencia-, que incriminan a McCarrick y que tienen relación con las medidas tomadas respecto a su persona, y otras pruebas del encubrimiento de su situación. Y confirmo ahora lo que testimonié en su momento.

El cardenal Ouellet cuestiona la existencia en los archivos de su predecesor, el cardenal Re, de “notas de audiencias” que imponían a McCarrick las restricciones citadas anteriormente. Pero no es lo que yo he testimoniado. Yo he testimoniado que hay otros documentos: por ejemplo, una nota del cardenal non ex-Audientia SS.mi, o también firmada por el secretario de Estado o el sustituto.

El cardenal Ouellet cuestiona que es falso presentar las medidas tomadas contra McCarrick como “sanciones” decretadas por el Papa Benedicto y anuladas por el Papa Francisco. Cierto. Técnicamente no eran “sanciones”, sino medidas, “condiciones y restricciones”. Pero discutir si eran sanciones o medidas o cualquier otra cosa no es más que puro legalismo. Bajo el perfil pastoral, son la misma cosa.

En resumen, el cardenal Ouellet admite las afirmaciones importantes que he hecho y hago, y cuestiona las afirmaciones que no hago y nunca he hecho.

Hay un punto en el que debo desmentir totalmente lo que escribe el cardenal Ouellet. El cardenal afirma que la Santa Sede tenía conocimiento sólo de simples “voces”, que no eran suficientes para poder tomar medidas disciplinarias contra McCarrick. Yo afirmo, en cambio, que la Santa Sede tenía conocimiento de una multiplicidad de hechos concretos y que estaba en posesión de documentos probatorios y que, a pesar de ello, las personas responsables prefirieron no intervenir, o se les impidió hacerlo. Las indemnizaciones a las víctimas de los abusos sexuales de McCarrick en la archidiócesis de Newark y en la diócesis de Metuchen; las cartas del P. Ramsey, de los nuncios Montalvo en 2000 y Sambi en 2006, del Dr. Sipe en 2008, mis dos Notas sobre el tema a mis superiores de la secretaría de Estado que describían con detalle las acusaciones concretas contra McCarrick, ¿son sólo voces? Son correspondencia oficial, no cotilleos de sacristía. Los delitos denunciados eran gravísimos, e incluían también los delitos de absolución de sus cómplices en actos obscenos, con la sucesiva celebración sacrílega de la misa. Estos documentos detallan la identidad de los perpetradores, la de sus protectores y la secuencia cronológica de los hechos. Están custodiados en los archivos correspondientes, no es necesario hacer ulteriores investigaciones para obtenerlos.

En las acusaciones que se han vertido públicamente contra mí he observado dos omisiones, dos silencios dramáticos. El primero está relacionado con las víctimas. El segundo con la causa principal de que haya tantas víctimas, es decir, sobre el papel de la homosexualidad en la corrupción del sacerdocio y la jerarquía. En lo que respecta al primer silencio, es sobrecogedor que, en medio de tantos escándalos e indignación, se tenga tan poca consideración por quienes han sido víctimas de depredadores sexuales que habían sido ordenados ministros del Evangelio. No se trata de ajustar las cuentas o de una cuestión de carreras eclesiásticas. No es una cuestión de política. No es una cuestión de cómo los historiadores de la Iglesia puedan valorar este o ese papado. ¡Estamos hablando de almas! La salvación eterna de muchas almas ha sido puesta en peligro; y siguen estando en peligro.

En lo que respecta al segundo silencio, esta gravísima crisis no puede ser abordada correctamente y resuelta mientras no llamemos a las cosas por su nombre. Esta crisis está causada por la plaga de la homosexualidad en quienes la practican, en sus mociones, en su resistencia a que sea corregida. No es una exageración decir que la homosexualidad se ha convertido en una plaga en el clero y que sólo puede ser erradicada con armas espirituales. Es una hipocresía enorme reprobar el abuso, decir que se llora por las víctimas y, sin embargo, negarse a denunciar la causa principal de tantos abusos sexuales: la homosexualidad. Es una hipocresía negarse a admitir que esta plaga es debida a una grave crisis en la vida espiritual del clero y no buscar los medios para resolverla.

Existen, sin duda, en el clero violaciones sexuales también con mujeres, y también estas causan un daño grave a las almas de quienes las realizan, a la Iglesia y a las almas de quienes son corrompidas. Pero estas infidelidades al celibato sacerdotal están habitualmente limitadas a las personas directamente implicadas; no tienden, de por sí, a difundir comportamientos similares, a encubrir delitos similares; en cambio, las pruebas de que la homosexualidad es endémica, que se difunde por contagio y que tiene raíces profundas, difíciles de eliminar, son aplastantes.

Se ha demostrado que los depredadores homosexuales abusan de su privilegio clerical en su provecho. Pero reivindicar la crisis misma como clericalismo es un puro sofisma. Es fingir que un medio, un instrumento, es en realidad la causa principal.

La denuncia de la corrupción homosexual, y de la vileza moral que permite que crezca, no encuentra apoyos ni solidaridad en nuestros días, ni siquiera, por desgracia, en las más altas esferas de la Iglesia. No me sorprende que al llamar la atención sobre estas plagas, yo haya sido acusado de deslealtad hacia el Santo Padre y de fomentar una rebelión abierta y escandalosa. Pero la rebelión implicaría empujar a los demás a derrocar el papado. Yo no estoy exhortando a nada de esto. Rezo cada día por el Papa Francisco más de lo que he hecho por otros papas. Pido, es más, imploro ardientemente que el Santo Padre haga frente a los compromisos que ha asumido. Al aceptar ser sucesor de Pedro, ha tomado sobre sí la misión de confirmar a sus hermanos y la responsabilidad de guiar a todas las almas en el seguimiento de Cristo, en el combate espiritual, por el camino de la cruz. Que admita sus errores, que se arrepienta, que demuestre que quiere seguir el mandato dado a Pedro y, una vez que se haya arrepentido, que confirme a sus hermanos (Lucas 22, 32).

Concluyendo, deseo repetir el llamamiento a mis hermanos obispos y sacerdotes que saben que mis afirmaciones son verdaderas y que están en condiciones de poderlo testimoniar, o que tienen acceso a los documentos que pueden resolver esta situación más allá de toda duda. También vosotros estáis ante una decisión. Podéis elegir retiraros de la batalla, continuar en la conspiración de silencio y desviar la mirada ante el avance de la corrupción. Podéis inventar excusas, compromisos y justificaciones que pospongan el día del juicio final. Podéis consolaros con la hipocresía y la ilusión de que mañana, o el día después, será más fácil decir la verdad.

O podéis elegir hablar. Confiad en Aquel que nos ha dicho “la verdad os hará libres”. No digo que sea fácil decidir entre el silencio y hablar. Os exhorto a considerar qué decisión nos os arrepentiréis de haber tomado cuando estéis en el lecho de muerte y ante el Juez justo.

+ Carlo Maria Viganò

Arzobispo tit. di Ulpiana

Nuncio Apostólico

19 de octubre de 2018

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