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Lunes, Marzo 25, 2019
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Papa Francisco

El gnosticismo hoy

Autor: Thomas G. WEYNANDI, teólogo y sacerdote capuchino

Hoy se discute mucho sobre la presencia de un nuevo gnosticismo en el interior de la Iglesia Católica. Algo de lo que se ha escrito es útil, pero mucho de lo que se ha descrito como "revival" de esta herejía tiene poco que ver con su antiguo antecedente. Además, las atribuciones de esta antigua herejía a varias corrientes en el interior del catolicismo contemporáneo son en general erradas. Para llevar un poco de claridad a esta discusión sobre el neo-gnosticismo, es necesario ante todo una comprensión clara de qué fue en esencia el antiguo.

El antiguo gnosticismo se presentó en diversas formas y expresiones, muchas veces más bien retorcidas, pero con algunos principios esenciales bien distinguibles:

- En primer lugar, el gnosticismo sostiene un dualismo radical: la "materia" es la fuente de todo mal, mientras que el "espíritu" es el origen divino de todo lo que es bueno.

- En segundo lugar, los seres humanos están compuestos tanto de materia (el cuerpo) como de espíritu (que proporciona el acceso a lo divino).

- En tercer lugar, la "salvación" consiste en obtener el conocimiento verdadero, la "gnosis", una iluminación que permite progresar desde el mundo material del mal al reino espiritual, y por último a la comunión con la suprema divinidad inmaterial.

- En cuarto lugar, se han presentado diferentes "redentores gnósticos", cada uno de los cuales sostuvo que poseía ese conocimiento y que proporcionaba acceso a esta iluminación "salvífica".

A la luz de lo dicho hasta aquí, los seres humanos se dividen en tres categorías:

1) los "carnales" o "sarkici", prisioneros del mal en el mundo material o corpóreo e incapaces de recibir el “conocimiento salvífico”;

2) los "espirituales" o "psichici", son en parte confinados en la realidad carnal y parcialmente iniciados en el dominio espiritual (en el interior del "gnosticismo cristiano" son los que viven de la “fe” simple, porque no poseen la plenitud del conocimiento divino, no están plenamente iluminados y, en consecuencia, deben confiarse en lo que “creen”);

3) por último, están las personas capaces de iluminación plena, los "gnósticos", porque poseen la plenitud del conocimiento divino. Gracias a su conocimiento salvífico, pueden separarse completamente del malvado mundo material y ascender a lo divino.

Ellos viven y son salvados no gracias a la “fe”, sino al “conocimiento”.

Comparado con el gnosticismo antiguo, lo que ahora se propone como neo-gnosticismo en el catolicismo contemporáneo parece confuso y ambiguo, además de errado. Algunos católicos son acusados de neo-gnosticismo, porque supuestamente creen que se salvan porque adhieren a “doctrinas” inflexibles y sin vida y observan rigurosamente un “código moral” rígido y despiadado. Proclaman “conocer” la verdad y, en consecuencia, exigen que ésta sea afirmada y, sobre todo, obedecida. Estos “católicos neo-gnósticos” – se sostiene – no están abiertos al nuevo movimiento del Espíritu en la Iglesia contemporánea. Un movimiento, éste, definido frecuentemente como "el nuevo paradigma".

Ciertamente, todos conocemos a católicos que se comportan como si fuesen superiores a los demás, que ostentan su comprensión plena de la teología dogmática o moral para acusar a los demás de laxismo. No hay nada nuevo en este moralismo autojustificativo. Pero este sentimiento pecaminoso de superioridad entra propiamente en la categoría del orgullo y de por sí no es una forma de gnosticismo.

Sería justo llamar a esto “neo-gnosticismo” sólo si los así acusados propusieran un “nuevo conocimiento salvífico”, una nueva iluminación que se diferencia de la Sagrada Escritura como se la entiende tradicionalmente y de lo que es auténticamente enseñado por la tradición viviente del magisterio.

Pero esa acusación no puede ser formulada contra “doctrinas” que, lejos de ser verdades sin vida y abstractas, son las expresiones maravillosas de las realidades centrales de la fe católica: la Trinidad, la encarnación, el Espíritu Santo, la presencia real y sustancial de Cristo en la eucaristía, la ley de Jesús de amor a Dios y al prójimo reflejada en los diez mandamientos, etc. Estas doctrinas definen lo que era la Iglesia, lo que es y lo que será. Son las doctrinas que la hacen una, santa, católica y apostólica.

Además, estas doctrinas y estos mandamientos no son una forma de vida esotérica que someta a los individuos a leyes irracionales y despiadadas, impuestas desde el exterior por una autoridad tiránica. Más que nada, estos mismos “mandamientos” han sido dados por Dios, en su amor misericordioso, a la humanidad para asegurar una vida santa y a imagen de Dios.

Jesús, el Hijo encarnado del Padre, nos ha revelado además la forma de vida que debemos vivir mientras esperamos que venga su reino. Cuando Dios nos dice lo que no debemos hacer jamás, nos está protegiendo del mal, el mal que puede destruir nuestras vidas humanas, vidas que él ha creado a su imagen y semejanza.

Jesús nos ha salvado de la devastación del pecado a través de su pasión, muerte y resurrección, y ha infundido su Espíritu Santo precisamente para darnos el poder de vivir una vida auténticamente humana. Promoover este modo de vivir no significa proponer un nuevo conocimiento salvífico. En el gnosticismo antiguo, las personas de fe – obispos, sacerdotes, teólogos y laicos – las habrían definido como “psíquicas”. Los gnósticos las mirarían de arriba hacia abajo, precisamente porque no pueden reivindicar algún “conocimiento” único o esotérico. Están obligadas a vivir sólo de la fe en la revelación de Dios, tal como es entendida y fielmente transmitida por la Iglesia.

Los que hoy erróneamente acusan a los demás de neo-gnosticismo proponen – cuando se confrontan con el núcleo de las cuestiones doctrinales y morales de la vida real – la necesidad de buscar personalmente lo que Dios querría que hagan. Animan a las personas a discernir, por sí solas, en el dilema moral en que se encuentran para afrontar en su contexto existencial la mejor línea de acción, es decir, lo que son capaces de hacer en ese momento dado en el tiempo. De este modo, la conciencia propia del individuo, su comunión personal con lo divino, determina cuáles son las exigencias morales en las circunstancias personales del individuo. Lo que enseña la Escritura, lo que Jesús ha afirmado, lo que la Iglesia transmite a través de su tradición viviente del magisterio es suplantado por un “conocimiento” más elevado, por una “iluminación” más evolucionada.

Si hay un nuevo paradigma gnóstico en la Iglesia de hoy, parecería precisamente que se encuentra aquí. Proponer este nuevo paradigma significa afirmar estar verdaderamente “in-the-know”, en “conocer” verdaderamente, tener un acceso especial a lo que Dios está diciéndonos como individuos aquí y ahora, aunque esto fuese más allá y pudiera incluso contradecir lo que Él ha revelado a todos los demás en la Escritura y en la tradición.

Es de esperar, al menos, que nadie que reivindique este conocimiento ridiculice como neo-gnósticos a los que viven simplemente de su “fe” en la revelación de Dios, como propuesta por la tradición de la Iglesia.

Espero que todo esto lleve un poco de claridad a la actual discusión eclesial sobre el gnosticismo “católico” contemporáneo, poniéndolo en el justo contexto histórico. El gnosticismo no puede ser utilizado como un epíteto contra esos fieles “no iluminados” que buscan simplemente actuar, con la ayuda de la gracia de Dios, como la enseñanza divinamente inspirada de la Iglesia los llama a obrar.

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