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Sábado, Noviembre 17, 2018
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"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

El cristianismo actual en Occidente: Una práctica semi-clandestina

Autor: Antonio CAMUÑAS, empresario

Cuenta la historia que Talleyrand, el legendario clérigo, político y diplomático francés de destacada influencia en la monarquía, la revolución, la etapa imperial y la restauración, sufría de unos intensos dolores de cabeza sumamente inoportunos cuando coincidían con sus intervenciones en la Asamblea. De ahí que el "Sacerdote de la Revolución" no dudara en postrarse de hinojos suplicando al Señor que le librase de aquel tormento insoportable durante sus brillantes declamaciones.

El hombre solía acudir a Dios en momentos de especial debilidad y desesperación, y así lo hizo durante siglos, cuando sus moradas endebles, la escasez de alimentos y la supervivencia dependían de las cosechas, las enfermedades más comunes, las periódicas epidemias o de las frecuentes guerras entre unos y otros pueblos.

Pero bastó que se inventara la aspirina, para que nadie volviera a arrodillarse a suplicar al Altísimo el alivio que brindaba una simple grajea. De ahí que no sea de extrañar que el hombre contemporáneo propio de las sociedades desarrolladas, rodeado de botones, mandos y pulsadores, haya acabado por ignorar su existencia.

Los avances de la ciencia y el desarrollo del mundo ilustrado habían ido desmontando dogmas y misterios para sustituir a la fe revelada como fuente última de conocimiento por la verdad científica, piedra angular del nuevo universo de certezas antropocéntricas por el que el mundo pasaría a regirse. Al igual que Newton daría paso al Siglo de las Luces, Einstein fue el gran precursor de la postmodernidad, una de las eras más oscuras en términos filosóficos e intelectuales. No así en el ámbito de la ciencia, donde el hombre, entregado a sus avances, empezó a controlar a voluntad la luz y la oscuridad, el calor y el frío, mejorar los medios para transportarse y encontrar medios eficaces contra males incurables. Es comprensible que en ese frenesí de descubrimientos -que a la postre tampoco fue capaz de dar respuesta a las preguntas esenciales- la humanidad optase por centrarse en encontrar la felicidad. No la colectiva, sino la propia, tal y como proclama la Declaración de Independencia de los EEUU. No en vano, esta nueva sociedad parecía poder dispensar todas las mercedes que el poder feudal y la intransigencia del clero se habían negado a concederle. Por fin se podría vivir sin los impedimentos del dogma, la moral y la tradición. Una sociedad de ciudadanos libres, con sus derechos reconocidos y sin ataduras de ningún tipo sería la nueva Arcadia feliz en la que la humanidad podría finalmente vivir en plenitud.

Poco importaba que los cimientos sobre los que se asentaba el inigualable esplendor de Occidente, que retrata Niall Ferguson en Civilization, estuvieran unidos de forma indisoluble al cristianismo. Que la dignidad de cualquier ser humano -base de los derechos inalienables de la persona- fuera la plasmación laica del hombre en cuanto que criatura a imagen y semejanza de su creador, o que la separación Iglesia-Estado encontrase su primera referencia en los denarios que correspondía entregar al Cesar de Roma. Mucho menos todavía que la dignidad de la mujer tuviera en el cristianismo el máximo exponente imaginable al hacer de ella madre del hijo de Dios. Por no hablar de los incontables beneficios que la sociedad debe a la Iglesia en todos los campos imaginables.

Todo eso fue pasando a un segundo plano hasta desaparecer del discurso socialmente permitido por las autoridades en favor de nuevos mandamientos que invitan a abrazar cualquier opción contraria a las certezas más incuestionables, bajo pena de incurrir en las más severas condenas. Demonizar lo sagrado y sacralizar lo profano parece ser parte esencial del manual oficial de instrucciones de nuestro tiempo, si bien en última instancia, las sociedades occidentales secularizadas en la que vivimos distan bastante de las bondades que nos prometían sus más fervientes paladines. Junto al disfrute de progresos admirables de todo orden se han ido estrechando los horizontes, apostatándolo de sus creencias en favor de los mismos ídolos que indignaron a Moisés en su bajada del Sinaí, y sacrificando en el altar del hedonismo cuanto ha sido necesario en aras de la laxitud moral y el bienestar material.

Cabría preguntarse si el sacrilegio como norma (la irreverencia ante lo sagrado forma parte del actual universo cotidiano) y el vacío que la vida de espaldas a Dios lleva aparejado, ha compensado el esfuerzo, visto que los libros de autoayuda siguen siendo superventas, y ni el yoga (o ahora el mindfullness) suelen evitar el paso por el diván del psiquiatra. De hecho, a primera vista todo parecería indicar que las sucesivas ‘liberaciones’ contemporáneas no parecen haber colmado los resultados apetecidos. Las mujeres se muestran francamente insatisfechas con su actual status y su indignación avanza firme hacia nuevas e ignotas fronteras. Tampoco la revolución sexual ha saciado los apetitos de unos paladares cada vez más abiertos a degustar menús de imposible digestión. La convivencia, por su parte, se aleja de los beneficios de la tierra prometida por el multiculturalismo y conforma nuevos patrones de conflictividad y fragmentación en la nueva torre de babel que propicia el neotribalismo postmoderno.

No deja de resultar llamativo que unas sociedades tan liberadas de Dios sigan desplegando semejantes dosis de energía para orillar de la vida cotidiana todo lo que implique un enfoque trascendente. Que el triunfo de la transgresión sacrílega no baste para cejar en la tarea de silenciar las referencias religiosas y de empujar a los creyentes extramuros de la plaza pública hacia ámbitos no ya particulares sino íntimos. Porque no es exagerado decir que el espacio destinado a la práctica religiosa en Occidente es hoy semi-clandestino, excepción hecha de las manifestaciones públicas que se permiten porque no queda más remedio, como nuestros pasos procesionales de Semana Santa,  eso sí, presentados como tradiciones de cultura popular cercanas a la superstición: espectáculos anacrónicos y exóticos de una especie en extinción.

Las expresiones contra lo religioso que afloran por estas fechas son una constante ya sea desde la más vulgar ignorancia o bajo los argumentos más variados propios la soberbia intelectual que otorga a Flavio Josefo más credibilidad que a todos los evangelistas y exégetas juntos. Los improperios de unos y otros rezuman una mezcla de desprecio y de rabia, como si no pudieran soportar que en estos tiempos nuestros tan modernos existan todavía quienes sienten que la verdadera libertad no es la derivada de las circunstancias que nos rodean sino la que cada uno lleva en su interior, que alcanza su más sublime expresión en la muerte de un inocente perdonando a los que le clavaron en la cruz, nosotros incluidos.

El espectáculo que contemplamos no puede resultar más anacrónico toda vez que, si ya el Concilio Vaticano II rompió el nexo entre el derecho a la libertad de conciencia y de culto con la imposición de su propia verdad, la Centesimus Annus acepta plenamente la democracia hasta el punto de reconocer que ni sus abusos como sistema, que puede sean moralmente inválidos, le restan legitimidad formal. Este reconocimiento de la magna encíclica, que este año celebra su 25 aniversario, expresa por primera vez una clara opción preferencial por la democracia, frente a la tradicional indiferencia vaticana hacia los sistemas políticos.

La conexión con la verdad religiosa no apela ahora sin embargo al Estado o a los gobiernos sino a los propios cristianos y a su particular compromiso personal. Tampoco la Iglesia reclama libertad para su verdad, sino el derecho de la persona a ejercer su libertad de conciencia y practicar libremente sus creencias sin injerencias ni coerción del Estado, en plena sintonía con la primacía del individuo propia del constitucionalismo moderno, que supera el concepto de súbditos por el de ciudadanos de pleno derecho.

Mientras la Iglesia ha tardado siglos en encontrar la fórmula más apropiada para ese mutuo y respetuoso entendimiento con el poder político, la laicidad ha evolucionado en sentido contrario: de una aconfesionalidad neutral y respetuosa con lo sagrado ha pasado a una política activamente antirreligiosa, esa que Martin Rhonheimer denomina “laicismo integrista” o “integrismo laico” que ni la iglesia ni los cristianos podemos aceptar, no ya por el daño al fenómeno religioso en sí, sino por la tiranía que conlleva ese magma de rencor y resentimiento, de agravios y venganza, de rabia incontenible que puede resumirse en una sola palabra: odio.

Un odio cerval a todo lo socialmente establecido, a las instituciones, la cultura con mayúsculas, la historia y la tradición, que tiene en su punto de mira a la religión como una de las primeras piezas a abatir. Sus enemigos saben que aunque en el mundo actual las convicciones hayan sido superadas por el escepticismo y la confusión generalizadas, aunque el número de ‘paganos bautizados’ de los que hablaba Benedicto XVI no deje de crecer, aún queda un reducto numeroso de personas dispuestas a defender sus creencias.

Es posible que más allá de planteamientos políticos excluyentes y totalitarios, la animadversión cerril e irracional de quienes pretenden borrar a Cristo de la faz de la tierra esté animada por “ese fermento atormentador que empuja al ser hacia todo lo peligroso, hacia el exceso y el extasis, hasta la anulación de sí mismo” sobre el que escribe Stefan Sweig en “La lucha contra el demonio” analizando, entre otras, la vida de  Friedrich Nietzsche, quien, tras anunciar la muerte de Dios urbi et orbi y arrastrar consigo a una pléyade de entusiastas seguidores, acabó sus días en un manicomio. Aun así el filósofo existencialista acertaba al decir que habíamos sido nosotros quienes le habíamos matado.

Sea como sea, no deja de resultar de lo más chocante que sea precisamente ahora, en la Era de los Influencers, cuando no se repare en lo inexplicable que resulta que el mensaje de un humilde galileo haya pervivido a lo largo de veintiún siglos de historia.

Porque es ahora -cuando mejor podemos constatar lo efímeras que resultan todas las obras y logros humanos, lo pasajero de la fama y la gloria terrenales- el momento para asombrarnos de que la trayectoria de un nazareno de tan triste humillante destino siga vivo y plenamente vigente. La mera evocación de sus orígenes aldeanos, su elemental instrucción, o su escasa experiencia del mundo que le rodeaba, bastarían para hacernos pensar cómo es posible que las contadas palabras que salieron de su boca sigan siendo guía para miles de millones de personas y hayan servido de inspiración a buena parte de los pensadores y creadores más sublimes de la historia, superando en influencia la de todos los reyes, emperadores y poderosos de este mundo.

Incluso Charles-Maurice de Talleyrand se aprestó a firmar, a escasas horas de su muerte, una declaración repudiando sus grandes errores “que habían perturbado y afligido a la Iglesia”. Fue así como el primer ministro de Francia, el gran Chambelán del Primer Imperio, príncipe de Benevento, obispo de Auton, el político promonarquista, revolucionario, girondino, imperialista y restauracionista, acabó reconociendo el madero de la Cruz como verdadero árbol de vida.

(Publicado en DISIDENTIA)

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