Algunos rasgos del líder espiritual
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Sábado, Agosto 18, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Algunos rasgos del líder espiritual

Autor: Fernando CHICA, Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO

Me piden que formule las características más relevantes que ha de tener un líder espiritual. Si recorremos el diccionario, leemos que “líder” (del inglés leader) es alguien que va a la cabeza de un grupo, que marca el camino a seguir. Se trata de una persona que dirige una colectividad, que la conduce. Por otra parte, si buscan la palabra “líder” en la Escritura Santa, ésta no aparece. Sin embargo, hallamos el vocablo “pastor”, que creo que puede sintetizar y plasmar los rasgos a los que alude ese otro término que a nosotros nos interesa.

En el Evangelio a Jesús nunca se le llama “líder”. Cristo es el Buen Pastor (cf. Jn 10,11; 1Pe 2,25; Heb 13,20). Contemplando cómo el Señor apacienta a su grey, podremos descubrir las cualidades que pueden servir para guiar a un grupo de personas, también a un grupo de espiritualidad. No pretendo describirlas todas exhaustivamente. Vamos a fijarnos solamente en algunas, en concreto en las que ayudan a ponerse a la cabeza de una asociación apostólica, ser un buen padre o madre, y por tanto ejercer una responsabilidad sobre la familia. Un buen líder es alguien que estimula a los otros con su ejemplo, que está a la vanguardia de los caminos de la espiritualidad, que se convierte con su vida en una avanzadilla de la santidad de Dios en el mundo. En primer lugar, para guiar a otros por el camino de la vida, para ser un punto de referencia para los demás, para tener madera de líder espiritual, me parece que, a la luz del Evangelio, es fundamental permitir que Cristo conquiste del todo la vida del líder. Es esencial dejar que Cristo colme su existencia por completo. Se trata de abrirle absolutamente las puertas de nuestro corazón. Se trata de poner en práctica el primero de los mandamientos que, cuando uno se relaciona con Dios, consiste en no estorbarle. Ese es el primero de todos, también en la vida humana: lo primero que tenemos que hacer cuando llegamos a un sitio, cuando nos llaman a formar parte de un equipo, es no estorbar. A veces no sabemos lo que hacer, pero ya es mucho si no estorbamos. En el orden de la gracia, no estorbar a Dios es sustancial. En este sentido, la Virgen María nos ofrece una lección maravillosa. Dios se enamoró de Ella porque fue dócil a su voluntad. No le puso impedimentos. No puso trabas en su corazón a la obra de Dios, por eso es la llena de gracia (cf. Lc 1,28). Ella se vació de sí misma, arrancó de su corazón todo orgullo, altivez, toda soberbia y dejó que Dios fuera Dios en ella, que fuera el “Emmanuel” (cf. Mt 1,23). María alcanzó la cumbre que tiene porque hizo algo fundamental, que fue expropiarse, salir de sí misma para dejar que Cristo habitara en ella. Ella bien puso en práctica las palabras de San Pablo: «Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí» (Ga 2,20). Sintetizando, un líder es alguien que ha permitido que Dios haga morada en él. Le ha abierto la puerta de su alma. A este respecto, nos acordamos del Apocalipsis de San Juan: «Yo estoy a tu puerta, y llamo; si oyes mi voz y me abres, entraré en tu casa y cenaré contigo» (Ap 3,20). Entonces, para que Cristo haga morada en él, el líder, además de abrirle la puerta de su vida de par en par, ha limpiado su corazón, y de este modo ha permitido que el Señor tome posesión de él. Entonces sí, con Cristo en su corazón, el líder podrá darlo a los demás, y en esto consiste su liderazgo. El liderazgo es irradiar, dar a otros lo que llevas dentro. Esto es hermoso y muy importante, porque el mundo de hoy está harto de teatros, de hipocresías, de palabras que no se cumplen, de promesas que no se llevan a cabo. El hablar en estos términos me lleva a insistir en otro punto que es esencial. En efecto, el líder no puede ser jamás un hipócrita. El mundo de hoy está harto de humo que luego no se hace realidad, está cansado de retóricas, saturado de convenciones que no terminan en nada, atiborrado de declaraciones que al final no se ponen en práctica. En cambio, el mundo de hoy, y sobre todo los jóvenes, admira como cualidades fundamentales de la persona la coherencia y la sinceridad. Los jóvenes no son amigos de sucedáneos. Quieren lo genuino, lo auténticamente bueno, lo que no pasa, lo que perdura, lo inmarcesible, lo que no caduca, aquello que siempre tiene las baterías llenas. Si el líder tiene una doble vida se nota rápidamente. Se puede fingir un día, dos, tres, pero al final se percibe la falsedad. El grupo que comparte la vida con el líder termina conociéndolo realmente, detecta lo que realmente vale aquel que lo guía. Con el tiempo, el grupo nota si el que lo conduce habla de vanas teorías o realmente su vida respalda el discurso que pronuncia. En la vida espiritual el pueblo santo de Dios se da cuenta con toda velocidad si los pastores hablan de memoria o transmiten a otros una experiencia real. En el corazón del líder Cristo no puede ser una entelequia, algo vago, abstracto y frío. Más bien, ha de ser el amigo que nunca falla. En la vida del líder espiritual, Cristo no puede ser un mero personaje del pasado, alguien lejano, una pieza de museo que se estudia, alguien al que solo se admira pero no se imita, alguien que se tiene en la cabeza como una simple idea, pero no ha llenado el corazón ni su amor se ha traducido en gestos que luego colman sus manos de obras de caridad, de esperanza y misericordia. La hipocresía del líder perjudica mucho al grupo, hace mucho mal. Por tanto, el segundo rasgo del líder es la genuinidad, la coherencia de vida. Si en los labios del que encabeza un grupo hay un discurso que su conducta niega, si existe una palabra que luego no se traduce en hechos; si el líder mira la vida desde un balcón, pero sin implicarse, sin comprometerse, hace mucho mal. Conviene recordar a este respecto a Pablo VI, cuando afirmaba que el mundo de hoy escucha más a los testigos que a los maestros y si escucha a los maestros es porque a la vez son testigos (cf. Evangelii nuntiandi 41). Se escucha con agrado a los que abundan en gestos, a los que tienen una vida de por sí elocuente. Un líder no es un parlanchín, no es un botarate. No precisamos de manipuladores ni de genios de la palabra cuya vida deja mucho que desear. Genuinidad, sinceridad, coherencia, esto es lo que se requiere. La palabra del pastor tiene que estar apoyada en el testimonio de una vida limpia y ejemplar; de lo contrario, es hierba que florece por la mañana y por la tarde se seca. En tercer lugar, el líder es aquel que sabe en todo momento ocupar su lugar con referencia al grupo. Hemos de preguntarnos qué puesto ha de ocupar un líder, porque un líder no es alguien solitario o aislado. El líder vive para conducir el grupo, la comunidad, la grey, el equipo. Inspirándome en el Papa Francisco, he aprendido que, a menudo, el líder tiene la responsabilidad de la cabeza. Ha de ofrecer criterios y sugerencias a su grupo; ha de marcar el camino a su equipo; ha de ser una brújula. Es el responsable del trabajo común, tiene la responsabilidad final. Por eso su función consiste en abrir caminos, descubrir horizontes, indicar la ruta, señalar retos. Va, por tanto, a la cabeza, el primero de todos. Eso es bastante duro porque entonces el líder se convierte en un espejo donde todos se miran. De él todos están esperando una palabra de luz. Todos están justamente viendo qué es lo que hace para seguir sus huellas. Estar en cabeza implica un desafío enorme porque el líder ha de convertirse para su grupo en un heraldo de la virtud. Es una gran exigencia.

Pero a veces ese líder deja el puesto primero y se mete en medio del grupo, en el corazón del grupo. ¿Para qué? Para escuchar, porque a veces si estás siempre el primero no te enteras de la misa la mitad. Hay cosas que suceden y que el líder, si no comparte, si no baja, no sabe lo que pasa atrás; no lo sabe y lo engañan, o le dicen una cosa por otra, o lo adulan. Por eso el líder tiene que ser también uno que se ponga al compás de los otros, que se arremangue y se ponga a trabajar con todos, sufriendo con todos, pasando por las mismas dificultades que los otros. Estando en medio de todos, ha de escuchar, auscultar, sopesar, ponderar. En medio de todos, logra ver, percibir, sufrir las contrariedades que padece el resto del equipo, las penalidades, dolores. Ha de hacerse uno de tantos, como Jesús, que no se quedó arriba. No. Compartió. Esta es una palabra clave: compartir lo que hay. Si el líder siempre come solo, en un comedor reservado para él, si come una comida especial y la tropa come otra, nunca se enterará de lo que pasa. Si el líder siempre va a caballo y los demás a pie, nunca sabrá lo que es el cansancio. Estos ejemplos son luminosos. El líder tiene también que meterse en el fango, sufrir con los que sufren, llorar con los que lloran, alegrarse con los que se alegran. Estar en el centro, no solamente en la cumbre, en la cabeza. Tiene que mezclarse con los demás y muchas veces. Pero hay otro lugar para el líder. Y es muy importante. Se trata de ponerse el último de la fila, el último. Cuando yo era pequeño, en el colegio, el maestro antes de entrar, nos formaba en fila. El último de la fila veía lo que hacían los demás: si alguien se caía, si alguien estaba distraído, etc. El primero de la fila, en cambio, no veía nada de lo que sucedía a sus espaldas. El último, por el contrario, lo ve todo. El líder tiene que saber lo que ocurre detrás, en lo último; en los puestos más olvidados; en los servicios más humildes. El líder ha de ponerse al final de la fila, para que nada se le escape, pero, sobre todo, para recoger a los que van rezagados, para tener misericordia de los que no pueden seguir el ritmo de todos, para estar al lado de los que se caen porque no tienen fuerzas, para salir al encuentro de los que no pueden avanzar porque están tullidos. Y, entonces, estando el último de la fila, él se dedica a consolar, a alentar, a ser bálsamo para todos, a tener una palabra de sosiego, de amor, de perdón, de comprensión, de ternura. Si en el primer puesto el líder es un espejo de virtud y en el centro es un adalid del compartir, cuando se pone al final es un manantial de misericordia, de perdón, de ternura. Conviene recordarlo, porque al final lo que salvará al mundo será la ternura. El mundo no será salvado por un Decreto Ley, por la fuerza de una bomba, por la pujanza y eficacia del dinero; el mundo será salvado por la ternura, que es aquello que Dios más quiere, que es aquello que define a Dios, la ternura, la ternura de una madre. Cuando el líder está al final, cuando no olvida lo que pasa en los últimos puestos, cuando está con los que no cuentan, con los que realizan actividades más sencillas, acaba asimismo siendo experto en escuchar. Escucha el llanto de los postergados, escucha el gemido de los pobres, escucha el dolor de los afligidos. Y cuando escucha uno eso, el corazón se agranda, el corazón se vuelve verdaderamente una tierra mullida, no un pedernal duro. Es muy bueno estar atrás, atrás, entre los abatidos, entre los últimos, y esto porque Jesús, que es nuestro pastor, nuestro líder, escogió justamente ese puesto. Jesús se anonadó, se despojó de su rango y bajó a lo más ínfimo. Nos lo dice San Pablo en su carta a los Filipenses (cf. 2,1-11). También habla de ello el Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes (cf. n. 22). El último. El último con los últimos, con los preteridos, los desfavorecidos de este mundo, con los menospreciados, con los que apenas pueden hablar porque han perdido la esperanza, porque viven en un valle de lágrimas. En ese puesto, el líder se hace pañuelo de lágrimas, se hace remanso de paz. Lo dicho anteriormente parece algo inalcanzable, demasiado alto o, quizás, duro. Ante un cometido como el esbozado, surge nuestra pobreza y debilidad. Estamos tentados a tirar la toalla, diciendo: «yo no puedo ser un líder con estos rasgos; lo que se ha dicho me parece un reto que me sobrepasa». No temamos, porque no se trata de conseguir todo lo anterior a fuerza de un voluntarismo titánico. No es cuestión de lograr todo a base de un esfuerzo sobrehumano. Un rasgo esencial del líder espiritual es la certeza de que su fuerza no reside en sí mismo. Viene del buen Dios. Nadie será un buen líder si no es alguien que reza, y reza mucho. El que lidera un grupo sabe que lo más importante que tiene son sus rodillas. El líder ejerce su liderazgo de rodillas, como Jesús en la última cena. Hay que pasar mucho tiempo de rodillas. De la plegaria nace la energía para que el líder sirva con los rasgos antes apuntados. El líder madura de rodillas, rezando, suplicando, llorando ante el Sagrario. Llora por sus pecados, llora porque el mundo no conoce a Cristo, llora por los pecados de los demás. El buen líder es aquel que pasa mucho tiempo orando por aquellos que tiene a su cargo, por los que tiene a su cuidado, por los que dependen de él. El líder es más grande mientras más de rodillas está. De rodillas rezando, de rodillas sirviendo; a los pies de Cristo, para estar a los pies de los últimos de la tierra. La altura de un líder, su grandeza, aparece cuando está de ro dillas. Se trata de rezar para poder luego servir a los demás con los mismos sentimientos de Cristo. Él nos dio ejemplo en aquel primer Jueves Santo (cf. Jn 13,1-20). El líder ha de rezar para poder asumir su misión hasta el final, cabalmente; ha de rezar pidiendo a Dios luces y, de este modo, no equivocarse a la hora de tomar decisiones. Ha de rezar para asumir su misión con equilibrio, sin favoritismos. Ha de rezar para no cansarse de amar. Pide por sí mismo y por los demás. De un modo particular ha de rezar por aquellos que el Señor le ha confiado. Rezar de rodillas, para servir de rodillas, humildemente. Acabo y lo hago sugiriendo una plegaria que tal vez podría ser la oración del líder. Podría ser ésta: Señor, haz de mí un instrumento de tu gracia. Que lo que yo haya hecho mal, Tú lo endereces, que donde no haya llegado yo, llegues Tú; que aquello que yo no haya sabido hacer, tu sabiduría lo colme; que si con mi torpeza he sembrado oscuridad, tu luz disipe las tinieblas. Señor, yo soy nada para que Tú seas todo en mí y en mis hermanos. Por ellos te pido. A ellos los pongo en tus manos. Cuídalos. Haz de mí un pobre que encuentre en Ti su riqueza. Siendo yo nada, Tú serás todo, absolutamente todo en mí y en todos los que me has confiado. Señor, yo me siento débil, me siento pobre, veo que no estoy a la altura de lo que Tú me pides, pero aquí tienes mis manos elevadas y suplicantes esperando que tu Gracia me preceda, me sostenga y acompañe. Toma lo poco que soy y ponlo al servicio de mis hermanos. Dame lo mucho que eres, para que con ello yo enriquezca a mis hermanos. Sin Ti soy nada, pero contigo lo tengo todo. Dame tu amor y tu gracia y con eso todo me sobra. Solo Tú me bastas, Señor, solo Tú. Te pido por los que me has encomendado. Que ellos comprendan que quien a Ti te tiene, de nada carece. Que solo Tú bastas. Señor, dile a tu Madre, la Virgen Inmaculada, la llena siempre de gracia, la mujer de la escucha y el silencio, Aquella que no aspiró a más gloria que a servir, que esté siempre a nuestro lado, como estuvo en Caná junto a los esposos que estaban pasando dificultad. Que Ella, que es Madre de Dios y Madre nuestra, nos muestre continuamente a todos el camino que lleva a Jesús, para que aprendamos de Él a servir a los demás. Que Ella nos alcance de su divino Hijo las fuerzas necesarias para ir siempre tras sus huellas hasta la patria celestial. Amén. La plegaria incesante y confiada logra que el corazón del líder se vaya transformando paulatinamente, se vaya moldeando a los criterios del Evangelio, de modo que en él no haga mella la mundanidad, que es la peor de las tentaciones que puede asaltarlo. Un líder con criterios mundanos, miopes, mezquinos es lo peor que le puede pasar a un grupo. En cambio, la mejor de las bendiciones para un grupo es tener a la cabeza una persona que rebosa a Cristo, que encuentra en Él la genuina felicidad, que es la aspiración de todo hombre; una felicidad que no es ni más ni menos que llenarse de la vida que viene de Dios, que es una vida plena que no conoce el ocaso.

 Publicado en Ecclesia

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