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Miércoles, Mayo 23, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

Educar para un uso responsable y solidario del agua

Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Quien haya ido a Zimbabwe, Yibuti, Haití, Malí, Somalia o Eritrea, por citar algunos nombres relevantes, habrá sido testigo de lo duro que es abrir un grifo y que no corra el agua, no poder ducharte a menudo o asear tu casa en condiciones. Impacta, sobre todo, no tener a tu alcance toda el agua que necesitas y, si te descuidas y la bebes sin haberla hervido minuciosamente, sabes que, con casi toda seguridad, acabarás enfermándote.

Una auténtica pena, un dolor inmenso. Son cada vez más los países en vías de desarrollo que viven situaciones dramáticas por la falta de recursos hídricos. Pero no solo ellos. Su carestía comienza a ser desgarradora también entre nosotros, haciendo presente que las consecuencias nocivas de los cambios climáticos son algo más que simples titulares de prensa. En efecto, estamos percibiendo de primera mano cómo, en algunas regiones donde tradicionalmente el agua jamás fue un problema, ésta ya no es tan abundante como en tiempos pasados. De este modo, la preocupación por este precioso líquido se va extendiendo paulatinamente, poniendo así de manifiesto lo esencial que es una gestión adecuada del mismo, su esmerada tutela y salvaguarda, su consumo sensato. La penuria que afecta a muchos hermanos nuestros, que malviven por no tener acceso al agua, ha de hacernos pensar a todos. Hemos de ponernos en su piel para apropiarnos de su angustia. Será la sola forma de no permanecer impasibles ante su miseria. Ellos no son meras cifras, sino personas igual que nosotros, solo que, lamentablemente, no disfrutan de muchas de nuestras ventajas y oportunidades por no disponer adecuadamente de un líquido tan fundamental para el desarrollo humano como el agua. No podemos posponer un serio examen de conciencia al respecto, ni tampoco evadirnos ante un tema tan escandaloso como el despilfarro del agua. Todos tendríamos que revisar cómo nos relacionamos con este valioso recurso. Deberíamos meditar si lo desperdiciamos, si por inconsciencia o imprudencia lo contaminamos, si sabemos, en fin, compartirlo de forma altruista. Pero si importante es que cada uno se mentalice sobre el correcto uso del agua, no menos fundamental es educar a las nuevas generaciones en ese mismo sentido, inculcando en ellas el valor que poseen los recursos hídricos, ya que son un bien social, es decir, imprescindible para la conservación de la salud; básico para la producción de los alimentos; un bien muy ligado al comienzo y la conclusión de muchos conflictos entre países y regiones. La gente se pelea por el agua, y en un futuro no muy lejano lo hará todavía más. A los jóvenes hay que enseñarles,

asimismo, que el agua es un bien económico, esencial para la producción de otros bienes, entre ellos la energía. Ahora bien, el agua, siendo un elemento de vital importancia para la economía, no puede ser convertida en una simple mercancía, regulada como cualquier otro producto comercial, en cuanto que es un bien indispensable para la vida y es un don de Dios. Finalmente, a los niños hay que hacerles presente que el agua es un bien ambiental, esto es, determinante para el porvenir del planeta y su sostenibilidad. Tal vez alguien, fascinado porque vivimos en un planeta cuyo 71% es agua, crea exagerado que pueda haber una crisis de la misma, o acaso repute secundario insistir en la vertiente educativa. La cuestión es que no toda el agua es potable; únicamente lo es el 2,53% del total. Y, dentro de ese pequeño porcentaje, resulta que la mayor parte se concentra en los casquetes polares, fundamentales para la preservación y prosperidad de la Tierra. Otra gran cantidad de ese maravilloso recurso, por desgracia, sufre un enorme menoscabo, es decir, viene alterado en gran parte debido a la nefasta intervención humana, que sin piedad ha contaminado ríos y lagos, fuentes y arroyos, al haber vertido locamente en ellos colosales cantidades de residuos. Con frecuencia, dichos residuos son pesticidas empleados en la agricultura. Otras veces son producto de accidentes nucleares, que, aunque son escasos, no por ello dejan de ser muy perniciosos. En no pocas circunstancias, son el resultado de una frenética actividad industrial que crea en el agua muchos desaguisados. Pero, en la contaminación del agua, no menor parte de culpa tenemos también cada uno de nosotros, cuando, sin miramiento alguno, arrojamos a los desagües de nuestros hogares productos químicos y farmacéuticos, aceites, pinturas y otros muchos tipos de porquería, convirtiendo así nuestros campos y ciudades en un erial donde ya no hay manantiales, porque los hemos obturado con toneladas de detritus vomitivos que a diario estropean nuestro entorno. Por otra parte, el problema del agua se ve agravado porque la población mundial sigue aumentando. Por consiguiente, se precisa una mayor cantidad de recursos hídricos y, mientras tanto, cada vez llueve menos. Pero esto no se tiene en cuenta, ofuscados como estamos por un estilo de vida que se halla inmerso en un dinamismo individualista y devorador, que ciertamente invita poco al consumo racional de este preciado elemento.

Por voluntad de la ONU, el 22 de marzo, se celebra anualmente el Día Mundial del Agua. Esta jornada ha de transformarse en una oportunidad propicia y pedagógica de sensibilizar y llamar la atención sobre la importancia del agua dulce y lo perentorio que es hacer una lúcida defensa y una gestión sostenible de los recursos hídricos. El papa Francisco no deja de alertar con su magisterio en este mismo sentido. En su encíclica Laudato Si, ha abordado audazmente este tema, presentando las diversas perspectivas del mismo y subrayando las dificultades que tienen los pobres. Son ellos quienes, más a menudo, sufren padecimientos relacionados con una insuficiente calidad del agua. Se enferman, o incluso pierden la vida, por el cólera u otras tantas epidemias causadas por falta de saneamiento o por una inadecuada provisión de agua (n. 29).

Estas y otras penurias nos están diciendo que, con respecto al agua, ha llegado el tiempo de abandonar la vana palabrería. No podemos continuar con una mirada sesgada de la realidad, que, al final, solo acaba en bellos discursos y no incide en las conductas. No es cuestión tampoco de caer en el pesimismo paralizante ante la complejidad de la temática. Lo correcto es ir avanzando para que el acceso al agua potable y segura sea por doquier un derecho humano fundamental, básico y universal, puesto que determina la supervivencia de las personas, lo cual quiere decir, que es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos (cf. LS, n. 30). Si no tomamos medidas eficaces para el uso racional del agua, los que vienen detrás de nosotros nos lo echarán en cara. Pero no solo ellos. Muchos de nuestros coetáneos nos están pidiendo igualmente cuentas de nuestros excesos, en particular los más desfavorecidos de la Tierra, con los que ciertamente tenemos una grave deuda social. Esa deuda está pidiendo de nosotros que les ayudemos generosamente, que busquemos los medios para que puedan tener agua limpia y segura. Pero no debemos contentarnos solo con financiar proyectos para que las naciones depauperadas no carezcan de recursos hídricos. Estimo imperioso insistir en la exigencia de dar ulteriores pasos y hacer del agua una cuestión cultural, tomando conciencia de lo grave que es nuestro proceder cuando usamos injustamente el agua. Por ello hay que introducir este tema en las conversaciones familiares y en los programas formativos. ¿Qué podemos hacer para usar bien el agua y educar acerca de su gestión responsable? Sin querer ser exhaustivo, pienso que, ante todo, es sustancial acostumbrarnos y acostumbrar a las nuevas generaciones a ahorrar agua, y esto de forma decidida y sabia, en el hogar y en el trabajo, de forma individual y colectiva, en zonas privadas y públicas. Existen mil maneras. Por ejemplo, implantemos donde no exista el riego por goteo, lo cual es una manera excelente de no derrochar agua potable. Pidamos a los que tienen responsabilidad política y social que se trate esmeradamente el agua residual, transformándola de este modo en agua apta para el riego, bien agrícola o por lo menos para parques y jardines. Cerremos los grifos mientras nos enjabonamos, nos afeitamos o nos cepillamos los dientes. Lavemos los coches con cubos y no con mangueras, igual podemos hacer con nuestras aceras. Informemos de cualquier fuga que veamos en la calle, arreglemos las pérdidas de agua en casa, tales como grifos o cisternas que gotean, etc. Pongamos la lavadora solo cuando esté al máximo de ropa permitido. Recojamos el agua de lluvia. Usemos el lavavajillas cuando lo tengamos lleno del todo. Reguemos los jardines domésticos y los municipales durante las horas de menor calor, evitando de esta manera que el agua se evapore. Utilicemos cisternas de WC con dispositivo de ahorro, etc. Si todos nos ponemos de acuerdo en esas iniciativas de ahorro del agua, seremos millones de personas los que desde nuestras casas estaremos procurando que no se pierda una ingente cantidad de litros de ese recurso tan valioso. Esto ya es mucho. Para ello unamos fuerzas, porque juntos lograremos crear una mentalidad distinta, donde el agua ocupe ese puesto de relieve que merece, como bien imprescindible para la vida y el progreso de la humanidad. Caminemos en esta dirección y fortalezcamos nuestras convicciones. Este trabajo es necesario para que otros puedan vivir. Más aún, como dijo Su Santidad, dirigiéndose a los participantes en el Seminario Derecho humano al agua, organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias el 24 de febrero de 2017: «Es un ideal por el que merece la pena luchar y trabajar. Con nuestro “poco” estaremos contribuyendo a que nuestra casa común sea más habitable y más solidaria, más cuidada, donde nadie sea descartado ni excluido, sino que todos gocemos de los bienes necesarios para vivir y crecer en dignidad.»

Publicado en Cataluña Cristiana.

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