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Domingo, Noviembre 19, 2017
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

El cardenal Müller sobre "Amoris laetitia"

Autor: Néstor MARTÍNEZ, filósofo

El Card. Müller ha escrito la introducción a un libro de Rocco Buttiglione en el que se trata de la Exhortación Apostólica “Amoris Laetitia. De esa introducción conocemos las partes que se han publicado en Internet, sobre lo cual queremos hacer las reflexiones que siguen, recordando que todos los subrayados en negrita son nuestros.

En el texto que analizamos hay en juego tres cosas: 1) Lo que dice “Amoris Laetitia” (en adelante, AL) 2) La interpretación que Buttiglione hace de AL 3) La interpretación que el Card. Müller hace de AL y de lo que dice Buttiglione de AL.

No nos vamos a ocupar aquí de lo que dice Buttiglione, sino solamente de lo que dice el Card. Müller en lo que se ha publicado en Internet de su introducción al libro de Buttiglione.

La tesis del Card. Müller, en sustancia, es que AL no enseña nada contra la fe y que la interpretación que Buttiglione hace de ALes la correcta.

Nuestra tesis es que estas reflexiones del Card. Müller no terminan de aclarar el problema en torno a AL, sino que por el contrario, ellas mismas requieren de cierta aclaración en algunos de sus puntos.

Hemos sostenido siempre que AL es profundamente ambigua y que mientras que muchas de sus frases sugieren fuertemente una interpretación heterodoxa, en lo relativo a la comunión de los mal llamados “divorciados vueltos a casar” (en adelante, DVC) que no se proponen dejar de tener relaciones sexuales adúlteras, ésta no está explícitamente afirmada en ninguna parte del documento.

Algo de eso, aunque no sea todo, parece conceder el Card. Müller cuando dice que

“En el párrafo 305, y en particular en la nota 351 que es objeto de una apasionada discusión, la argumentación teológica sufre de cierta falta de claridad, que habría podido y habría debido ser evitada con una referencia a las definiciones dogmáticas del Concilio de Trento y del Vaticano II sobre la justificación, sobre el sacramento de la penitencia y sobre la manera apropiada para recibir la eucaristía.”

Agrega:

“Un análisis atento demuestra que el Papa en «Amoris laetitia» no ha propuesto ninguna doctrina que deba ser creída de manera vinculante y que esté en contradicción abierta o implícita con la clara doctrina de la Sagrada Escritura y con los dogmas definidos por la Iglesia sobre los sacramentos del matrimonio, de la penitencia y de la eucaristía.”

Y también:

“Es evidente que «Amoris Laetitia» (art. 300-305) no enseña y no propone creer de manera vinculante que el cristiano en una condición de pecado mortal actual y habitual pueda recibir la absolución y la comunión sin arrepentirse por sus pecados y sin formular el propósito de ya no pecar, en contraste con lo que dicen «Familiaris consortio» (art. 84), «Reconciliatio et poenitentia» (art. 34) y «Sacramentum caritatis» ( art. 29) (cfr, el «dubium» n.1 de los cardenales).”

Con lo cual estamos de acuerdo, si se habla de la enseñanza explícita, aunque señalando la gran ambigüedad de AL al respecto , de la que ya hablamos, que hace que parezca fuertemente que en ella se sugieren conceptos contrarios a la doctrina católica.

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Veamos ahora cómo el Card. Müller argumenta la compatibilidad de AL con la doctrina católica de siempre.

Su línea argumentativa principal parece ser que en los casos en que según AL se podría dar la absolución y la comunión a las personas que no hacen propósito de dejar de tener relaciones sexuales que no están amparadas por la figura del matrimonio canónico, se trata de personas que en realidad están válidamente casadas entre sí.

Dice en efecto el Cardenal Müller:

“Según su concepto, cada matrimonio sacramental es indisoluble. Pero en la realidad un nuevo matrimonio es posible (incluso mientras el cónyuge legítimo sigue con vida), cuando, en lo concreto, debido a la falta de uno de sus elementos constitutivos el primer matrimonio en realidad no subsistía como matrimonio fundado por Dios debido a la falta de uno de sus elementos constitutivos.” 

Esto sería posible, según lo que dice el Card. Müller, en el caso, por ejemplo, de un bautizado que se casó por Iglesia sin haberse realmente convertido a la fe cristiana y católica, y que luego pasa por esa conversión.  Esa persona está convencida en conciencia de que ese matrimonio no fue válido, pero no lo puede probar ante el tribunal eclesiástico. Y además está convencida en conciencia de que su nueva unión no canónica es un matrimonio válido ante Dios.

En ese caso, dice el Cardenal: “Si el segundo vínculo fuera válido frente a Dios, las relaciones matrimoniales de los dos compañeros no constituirían ningún pecado grave, sino más bien una transgresión contra el orden público eclesiástico por haber violado de manera irresponsable las reglas canónicas y, por lo tanto, un pecado leve.”

Y agrega: “Es posible que la tensión que aquí se verifica entre el estatus público-objetivo del «segundo» matrimonio y la culpa subjetiva pueda abrir, en las condiciones descritas, la vía al sacramento de la penitencia y a la Santa Comunión, pasando a través de un discernimiento pastoral en el fuero interior. “

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Recordemos que el canon 1108 del Código de Derecho Canónico dice:

Solamente son válidos aquellos matrimonios que se contraen ante el Ordinario  del lugar o el párroco, o un sacerdote o diácono  delegado  por  uno de ellos para que asistan, y ante  dos testigos, de acuerdo con las reglas establecidas en los  cánones  que  siguen.” 

Es cierto, por una parte, que en casos excepcionales los esposos pueden celebrar el matrimonio sin la presencia del sacerdote, y sólo ante dos testigos (c. 1116). Y en la hipótesis que plantea el Cardenal, o sea, que el matrimonio previo de uno de ellos o de ambos no fue válido, serían entonces hasta ese momento solteros y el matrimonio válido entre ellos sería entonces posible.

Pero entonces surgen enseguida estas preguntas ¿son esos casos solamente los que son reconocidos por AL, o por la interpretación favorable más extendida a AL, como casos en los que es posible confesarse y comulgar sin hacer propósito de enmienda de relaciones sexuales que no están amparadas por el matrimonio canónico?

Recordemos que según el Código de Derecho  Canónico son muy pocos y específicos los casos en que se puede prescindir de la presencia del sacerdote o delegado eclesial en la celebración del matrimonio (en peligro de muerte o si se prevé que la situación de dificultad para conseguir un sacerdote va a durar más de un mes, cfr. canon 1116).

¿Qué porcentaje de los que de hecho se están acogiendo ya a pastorales inspiradas en AL coincide con el caso descrito aquí por el Card. Müller? ¿Se puede pensar realísticamente que no son un porcentaje pequeño?

En el caso probable, por tanto, de que la mayoría de los casos atendidos por esa nueva pastoral no coincida con lo que el Card. Müller nos presenta aquí ¿no implica la adopción de esa praxis un cambio respecto de la doctrina católica anterior?

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Además ¿hasta qué punto se puede dar valor a la convicción subjetiva del interesado sobre la validez de su matrimonio, cuando ésta no puede ser probada en el foro externo? En el supuesto de que tal prueba no es posible ¿qué clase de “discernimiento” puede hacer el sacerdote, como dice ahí mismo el Cardenal, a fin de establecer si esa convicción es válida?

Tengamos presente que la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre este tema de 1994 dice:

“La errada convicción de poder acceder a la Comunión eucarística por parte de un divorciado vuelto a casar, presupone normalmente que se atribuya a la conciencia personal el poder de decidir en último término, basándose en la propia convicción, sobre la existencia o no del anterior matrimonio y sobre el valor de la nueva unión. Sin embargo, dicha atribución es inadmisible. El matrimonio, en efecto, en cuanto imagen de la unión esponsal entre Cristo y su Iglesia así como núcleo basilar y factor importante en la vida de la sociedad civil, es esencialmente una realidad pública.

8. Es verdad que el juicio sobre las propias disposiciones con miras al acceso a la Eucaristía debe ser formulado por la conciencia moral adecuadamente formada. Pero es también cierto que el consentimiento, sobre el cual se funda el matrimonio, no es una simple decisión privada, ya que crea para cada uno de los cónyuges y para la pareja una situación específicamente eclesial y social. Por lo tanto el juicio de la conciencia sobre la propia situación matrimonial no se refiere únicamente a una relación inmediata entre el hombre y Dios, como si se pudiera dejar de lado la mediación eclesial, que incluye también las leyes canónicas que obligan en conciencia. No reconocer este aspecto esencial significaría negar de hecho que el matrimonio exista como realidad de la Iglesia, es decir, como sacramento.”

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Pero ahí mismo el Card. Müller agrega que:

“En la situación global, en la que prácticamente ya no hay ambientes homogéneamente cristianos que ofrezcan al cristiano el apoyo de una mentalidad colectiva y en la «identificación solo parcial» con la fe católica y con su vida sacramental, moral y espiritual que deriva de ella, se plantea acaso también para los cristianos bautizados pero no suficientemente evangelizados el problema, «mutatis mutandis», de una disolución de un primer matrimonio contraído «en el Señor» (1 Cor. 7, 39) «in favorem fidei».” 

Lo de una solución “in favorem fidem” apunta a establecer un paralelismo entre el bautizado no evangelizado que luego de casarse se convierte, y el no bautizado que luego de casarse se convierte y se bautiza. En el segundo caso, se ha aceptado siempre en la Iglesia, siguiendo a San Pablo, que ese matrimonio, aún válidamente contraído, puede disolverse si la parte no bautizada no acepta convivir “sin ofensa del Creador”.  

Pero la aplicación a nuestro tema no es clara, porque al mismo tiempo el Card. Müller habla de la invalidez del primer matrimonio, lo cual nos pone en otra hipótesis distinta de la disolución de un matrimonio válido, y además, sería en sí mismo muy grave que para justificar a AL se crease una nueva causal de disolución de un matrimonio válidamente celebrado.

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En todo caso, aquí estamos hablando de un “pecado leve”, según dice el Cardenal, de infracción de la ley eclesiástica respecto de la forma canónica del matrimonio. Otras afirmaciones, sin embargo, que trae en esa “Introducción” parecen apuntar a otros pecados graves contra el orden moral objetivo.

Dice por ejemplo el Card. Müller:

“No se trata de un pecador empedernido, que quiere hacer valer frente a Dios derechos que no tiene. Dios está particularmente cerca del hombre que se sigue el camino de la conversión, que, por ejemplo, se asume la responsabilidad por los hijos de una mujer que no es su legítima esposa y no descuida tampoco el deber de cuidar de ella. Esto también vale en el caso en el que él, por su debilidad humana y no por la voluntad de oponerse a la gracia, que ayuda a observar los mandamientos, no sea todavía capaz de satisfacer todas las exigencias de la ley moral. Una acción en sí pecaminosa no se convierte por ello en legítima y ni siquiera agradable a Dios. Pero su imputabilidad como culpa puede ser disminuida cuando el pecador se dirige a la misericordia de Dios con corazón humilde y reza «Señor, ten piedad de mí, pecador». Aquí, el acompañamiento pastoral y la práctica de la virtud de la penitencia como introducción al sacramento de la penitencia tiene una importancia particular. Esta es, como dice el Papa Francisco, «una vía del amor» (AL 306)”

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Notemos que, como dijimos, aquí ya no se está hablando de un pecado de suyo leve, sino de motivos de inimputabilidad, y que por tanto la argumentación ha pasado a ser aquella que dice que aún el pecado objetivamente grave puede ser sin culpa por parte de la persona. En este caso, ciertamente que la argumentación del Cardenal podría extenderse a una mayor cantidad de los casos que de hecho se están beneficiando ya de esta nueva pastoral, pero a costa de no poder ya acudir al argumento de que en realidad son relaciones matrimoniales a los ojos de Dios, porque en ese caso el recurso a la inimputabilidad no tendría en el fondo sentido, dado que las relaciones matrimoniales no son pecaminosas

Aquí nos viene bien recordar que Billuart, por ejemplo, dice que el vicio o hábito de pecar no disminuye la culpa, sino que más bien la aumenta, porque los hábitos hacen que la voluntad tienda más fácilmente a su objeto, y por tanto, en vez de eliminarse aquí la voluntariedad, se la facilita.

Salvo en el caso de que la persona luche constantemente contra su vicio, y caiga en ocasiones por su debilidad. En esos casos, entonces, en que la persona detesta su pecado y lucha contra él, es claro que la voluntariedad con que peca está muy disminuida, por decir lo menos, y entonces, su culpa también.

Pero incluso suponiendo que lo que el Card. describe en el texto anterior coincide con esto último que hemos dicho, queda una diferencia fundamental, y es que seguramente Billuart piensa que ese pecador habitual va a confesarse antes de comulgar y en la confesión hace propósito sincero de enmienda, a futuro, de su pecado, independientemente de que su inteligencia, no su voluntad, prevea que es probable que vuelva a caer en el futuro.

Mientras que los “DVC” sobre los que versa toda la discusión actual son precisamente aquellos que se proponen seguir teniendo relaciones sexuales fuera del matrimonio canónico, y por tanto, no manifiestan ningún propósito de enmienda al respecto, sino lo contrario. Y ése es precisamente el caso del que habla el Card. Müller en este apartado, como se puede ver por el texto recién citado.

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El Card. Müller dice también “por su debilidad humana y no por voluntad de oponerse a la gracia”. Pero la voluntad de oponerse a la gracia no es un requisito necesario del pecado mortal, el cual sólo requiere materia grave, plena deliberación y advertencia, lo cual quiere decir simplemente que se sepa que lo que se hace es de suyo contrario a la ley divina en materia grave, y libremente se opte por hacerlo. 

Si alguien, por ejemplo, dijese: “Dios mío, no quiero pecar ni ofenderte, ni mucho menos rechazar tu gracia, pero la tentación a la que estoy sometido es demasiado fuerte, así que, lamentándolo con toda mi alma, voy a cometer este pecado”, esa persona está rechazando la gracia divina, sencillamente porque está libremente eligiendo lo que es prohibido por la ley de Dios.

Como dice Santa Teresa de Jesús, “obras son amores, y no buenas razones”, y no hace falta llegar al pecado diabólico, que se realiza formalmente con la finalidad de rechazar la gracia divina, para alcanzar el pecado mortal.

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En cuanto a la debilidad, podría ser una referencia a la concupiscencia, que es uno los motivos clásicos de inimputabilidad, pero con las matizaciones que introduce, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, que distingue entre concupiscencia antecedente, que no depende de la voluntad, y consecuente, que sí depende de la misma.

La concupiscencia consecuente , enseña la moral católica, no excusa de pecado, precisamente porque depende de algún modo de la voluntad. Y parece claro que nadie va a una relación objetivamente adúltera (de eso hablamos ahora, como dije, desde que estamos haciendo referencia a motivos de inimputabilidad) por un mero impulso instintivo y espontáneo que no reciba ningún consentimiento libre de la voluntad.

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También dice el Card. Müller:

“Pero al pecador arrepentido le queda la posibilidad, en caso de imposibilidad física de recibir el sacramento de la penitencia, y con el propósito de confesar los propios pecados a la primera ocasión, de obtener el perdón en voto y también de recibir la eucaristía, en voto o en sacramento. Los sacramentos han sido establecidos para nosotros, porque nosotros somos seres corpóreos y sociales, no porque Dios lo necesite para comunicar la gracia.”

Es claro que esto, que es muy cierto, no se aplica al caso de los “DVC”, que no tienen ni imposibilidad física de confesarse ni propósito de enmienda de su situación específica de pecado, ni por tanto, arrepentimiento ni voluntad de confesarlos, al menos válidamente, en la primera ocasión.

Y continúa el Cardenal:

“Precisamente por ello es posible que alguien reciba la justificación y la misericordia de Dios, el perdón de los pecados y la vida nueva en la fe y en la caridad aunque por razones exteriores no pueda recibir los sacramentos o bien tenga una obligación moral de no recibirlos públicamente para evitar un escándalo. “

Aquí se abre la posibilidad de recibir los Sacramentos en privado u ocultamente para evitar el escándalo. Si partimos de la imposibilidad física de confesarse, se está refiriendo entonces solamente a la comunión ocultamente recibida, respecto de lo cual vale lo dicho recién: eso supone también, además, el propósito de enmienda, que falta, por hipótesis, en los “DVC”.

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Agrega el Card. Müller:

“Según las explicaciones de Santo Tomás de Aquino que hemos citado, la Santa Comunión puede ser recibida eficazmente solo por quienes se han arrepentido de sus pecados y se acercan a la mesa del Señor con el propósito de ya no cometer más. Puesto que cada bautizado tiene derecho a ser admitido en la mesa del Señor, puede ser privado de este derecho solamente debido a un pecado mortal hasta que no se arrepienta y sea perdonado. Sin embargo, el sacerdote no puede humillar públicamente al pecador negándole públicamente la Santa Comunión y dañando su reputación frente a la comunidad. En las circunstancias de la vida social de hoy podría ser difícil establecer quién es un pecador, público o en secreto. El sacerdote, como sea, debe recordarle a todos en general que no se «acerquen a la mesa del Señor antes de haber hecho penitencia por los propios pecados y haberse reconciliado con la Iglesia». Después de la penitencia y la reconciliación (absolución) la Santa Comunión no debe ser negada ni siquiera a los públicos pecadores, especialmente en caso de peligro de muerte (S.th. III q.80).”  

Los tratados de Teología Moral que hemos leído establecen que hay que distinguir entre el pecador público y el que no lo es, y que a los efectos de la celebración eucarística, por ejemplo, lo que importa es si la situación objetiva de pecado es conocida o no por la asamblea.

En caso afirmativo, se debe negar la comunión al pecador público, para evitar el escándalo de los fieles. En esos casos, el sacerdote no daña la reputación del pecador público, porque ésta ya está dañada.

Obviamente, en esos casos se debe tratar de explicar las cosas a la persona antes de la celebración, en privado (y no solamente, por tanto, “en general”). Pero si eso no se consigue, entonces rige la obligación de evitar el escándalo de la asamblea, que lleva a negarle la comunión.

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Eso dice la Declaración del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, del año 2000:

“3. Naturalmente la prudencia pastoral aconseja vivamente que se evite el tener que llegar a casos de pública denegación de la sagrada Comunión. Los Pastores deben cuidar de explicar a los fieles interesados el verdadero sentido eclesial de la norma, de modo que puedan comprenderla o al menos respetarla. Pero cuando se presenten situaciones en las que esas precauciones no hayan tenido efecto o no hayan sido posibles, el ministro de la distribución de la Comunión debe negarse a darla a quien sea públicamente indigno. Lo hará con extrema caridad, y tratará de explicar en el momento oportuno las razones que le han obligado a ello. Pero debe hacerlo también con firmeza, sabedor del valor que semejantes signos de fortaleza tienen para el bien de la Iglesia y de las almas.”

La cual además agrega:

“1. La prohibición establecida en ese canon, por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: «Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Cor 11, 27-29).”

Y hablando de la obligación de negar la comunión al pecador público no arrepentido:

”4. Teniendo en cuenta la naturaleza de la antedicha norma (cfr. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada Comunión, ni dar directivas que la contradigan.”

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En el caso en que la condición pecadora del que se acerca a comulgar no es conocida por la asamblea, el sacerdote no puede negarle la comunión, como dice el Cardenal, pues no debe dañar su reputación.  Pero hay que agregar que en esos casos la persona comete un sacrilegio, que pone en peligro su salvación eterna, salvo que obre bajo ignorancia invencible de lo gravemente pecaminoso que hay en su conducta tanto al pecar como al acercarse a comulgar en ese estado. Sobre la ignorancia invencible no se dice nada en lo que hemos podido leer de la “Introducción” que venimos comentando.

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Dice el Card. Müller que “en las circunstancias de la vida social de hoy podría ser difícil establecer quién es un pecador, público o en secreto.”

Pero el caso de los pecadores secretos u ocultos no está en discusión. El sacerdote debe amonestarlos privadamente a que no se acerquen a comulgar sin antes haberse arrepentido y confesado manifestando su propósito de enmienda, y si de todos modos se acercan a la comunión, no puede negársela, aun sabiendo que con mucha probabilidad cometen un terrible sacrilegio. Es claro que no es a esto a lo que se refieren tantas pastorales que se dicen basadas en AL, que por el contrario ensalzan el estado de gracia de los “DVC”.

En el caso de los pecadores públicos, y mirando concretamente a los “DVC”, son precisamente una clase de pecadores públicos cuyo estado irregular está registrado y documentado jurídicamente, tanto su matrimonio canónico o el de su pareja, como su posterior “matrimonio” civil.  Así que en este caso la situación objetiva de pecado es particularmente fácil de conocer, máxime si se piensa en los grupos que reivindican esta condición suya dentro de la Iglesia, que explícitamente están diciendo que quieren recibir la eucaristía en una situación que es objetivamente contraria a la ley moral natural.

Y además, como vimos que lo que importa finalmente es el conocimiento que la asamblea concreta tenga o no de la situación de estas personas, es claro que el sacerdote debe estar al tanto del mismo, además de conocer la situación objetiva de estas personas, todo lo cual no parece que sea en muchos casos ni imposible ni particularmente difícil.

Y en cuanto a lo que agrega el Cardenal:

“Después de la penitencia y la reconciliación (absolución) la Santa Comunión no debe ser negada ni siquiera a los públicos pecadores, especialmente en caso de peligro de muerte”

Obviamente, ahí se supone la confesión y la absolución, y por tanto, el arrepentimiento y la manifestación del propósito de enmienda, según la doctrina católica. Por tanto, no es aplicable, por hipótesis, al caso de los “DVC”.

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Dice también el Card. Müller:

“El cristiano puede encontrarse sin su culpa en la dura crisis del ser abandonado y de no lograr encontrar ninguna otra vía de escape que encomendarse a una persona de buen corazón y el resultado son relaciones semejantes a las relaciones matrimoniales.”

Lamentablemente, este pasaje, en un texto que quiere ordenarse a aclarar la confusión reinante en torno a AL, parece él mismo confuso y confundente, porque da la impresión de estar diciendo justamente una de las cosas que se han echado en cara a AL, o sea, que en ciertas situaciones no es posible evitar el pecado, contra lo que ha definido el Concilio de Trento.

Es cierto que el pasaje parece querer distinguir entre el recurso a esa persona de buen corazón, y el resultado del mismo, que serían las relaciones sexuales no matrimoniales. ¿Lo que sería la “única vía de escape” sería solamente ese recurso, y no las subsiguientes relaciones sexuales?

Pero entonces no se ve cómo esas relaciones sexuales serían “sin su culpa”, dado que en esta hipótesis habría otras alternativas a disposición.

Y si se dice que no había otras alternativas que esas relaciones sexuales ilegítimas, entonces repetimos que no se ve cómo se evita chocar con lo que ha definido el Concilio de Trento.

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Dice también el Cardenal:

“Pero esto no significa que ahora «Amoris Laetitia» (art. 302) sostenga, frente a lo afirmado en «Veritatis splendor» (81), que, debido a circunstancias atenuantes, un acto objetivamente malo pueda volverse subjetivamente bueno (es el «dubium» n.4 de los cardenales). La acción en sí misma mala (la relación sexual con una pareja que no sea el legítimo cónyuge) no se vuelve subjetivamente buena debido a las circunstancias. Pero en la valoración de la culpa, puede haber atenuantes y las circunstancias y elementos accesorios de una convivencia irregular semejante al matrimonio pueden ser presentadas también ante Dios en su valor ético en la valoración de conjunto del juicio (por ejemplo el cuidado de los hijos en común que es un deber que deriva del derecho natural).”

Aquí se habla de una “valoración de conjunto”, que por tanto deberá ser buena o mala, y se habla también, parece, de la influencia que los elementos positivos que pueda haber en una relación de pareja semejante tienen de algún modo en esa valoración de conjunto.

Pero respecto de esto último, el mismo Card. Müller no deja aquí duda alguna:

“Aunque algunos elementos constitutivos del matrimonio se encuentran realizados en convivencias que se parezcan al matrimonio, la transgresión pecaminosa en contra de otros elementos constitutivos del matrimonio y contra el matrimonio en su conjunto no es buena.”

¿Y entonces, en qué queda el texto anterior? En efecto, nadie puede estar en pecado mortal solamente en parte, y menos aún los elementos positivos que pueda haber en un pecado mortal hacen que deje de ser pecado mortal.

Por otra parte, nunca la teología católica, que sepamos, ha dicho que los aspectos positivos que pueda haber en una acción objetivamente contraria al orden moral en materia grave puedan funcionar como causales de inimputabilidad, pues no se ve además como podrían disminuir la voluntariedad del acto, sin lo cual no hay inimputabilidad posible.

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Como conclusión de todo esto parece claro que efectivamente hay y sigue habiendo cosas que no están claras a propósito de AL. , y que sigue siendo de desear una aclaración consistente en sí misma y con la doctrina católica de siempre.

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Les prometo que estoy harto de escribir sobre Amoris Laetitia. Para mí la cosa está clarísima(...)

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