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La historia de los mártires de Tyburn en Londrés

Autor: Jorge SOLEY, economista

En pleno centro de Londres, junto a la esquina noreste de Hyde Park y a escasos pasos del eje comercial de Oxford Street, se encuentra una placa en el suelo que recuerda el lugar en el que antaño se alzaba el Árbol de Tyburn. A pocos metros, tras una fachada exterior anodina, se encuentra uno de los lugares de peregrinación más emblemáticos de la capital inglesa, el convento de Tyburn, donde se adora al Santísimo Sacramento en el mismo lugar en el que más de 350 mártires entregaron su vida durante los siglos XVI y XVII.

Tyburn, lugar de ejecuciones reales

Pero empecemos por el principio. En Tyburn, que antiguamente se encontraba a las afueras de Londres, se erigió el cadalso del Rey y allí se realizaron ejecuciones en la horca desde 1196 hasta 1783. El hecho de emplazarse fuera de la ciudad obedecía a que allí se ejecutaban las sentencias reales, no las emitidas por otros tribunales locales. La reina Isabel I amplió el cadalso con los famosos tres travesaños en los que se podía ahorcar a ocho personas en cada uno de ellos al mismo tiempo. Las ejecuciones pronto se convirtieron en uno de los espectáculos más populares de la ciudad y el lugar pasó a conocerse como el Árbol de Tyburn, el Árbol Triple o el Árbol Mortífero Nuncaverde de Tyburn. Estas ejecuciones seguían, además, un preciso ritual: una vez colgado, y aún con vida, el reo era destripado y, aún con vida, se le arrancaba el corazón, que era echado al fuego, luego era decapitado y descuartizado y finalmente sus partes eran expuestas en lugares públicos como advertencia para transeúntes. Se calcula que durante sus seis siglos de existencia, murieron en Tyburn más de 50.000 personas.

Se desata la persecución anticatólica

Pero si hoy hablamos de Tyburn es por la persecución desatada contra los católicos que no se plegaron a los deseos de los monarcas ingleses: a partir del Acta de Supremacía de 1534, bajo el reinado de Enrique VIII y más adelante, bajo Isabel I, Carlos II y Carlos III de Inglaterra, ser sacerdote católico o prestar ayuda a un sacerdote católico se convirtió en un acto considerado como delito de alta traición. La misma calificación que tenía el rechazo a confesar al monarca inglés como “la única Cabeza Suprema en la Tierra de la Iglesia de Inglaterra". El 4 de mayo del año siguiente fueron ejecutados los primeros que se negaron a realizar el juramento de supremacía: tres cartujos y dos sacerdotes. Santo Tomás Moro, quien los vio partir hacia Tyburn en una carreta desde su celda en la Torre de Londres, le comentó a su hija Meg que iban “tan felices como quien va a un banquete de bodas".

Se fueron sucediendo así cientos de mártires ingleses durante un siglo y medio, muchos de ellos ya canonizados. Como san Edmund Campion, quien entregó su vida en 1581. Brillante académico en Oxford, se convirtió al catolicismo y se hizo jesuita. Tras una estancia en Praga retornó a su país natal, donde encontraría la muerte. Junto a él fue martirizado Ralph Sherwin, acusado injustamente de conspirar para asesinar a la Reina, por quien rezó antes de ser ahorcado. Pocos años después, en 1588, era el turno de Margaret Ward, quien había logrado hacer llegar a un sacerdote encarcelado la cuerda con la que éste escapó de la prisión. Antes de morir exclamó que nunca en la vida había hecho nada de lo que se arrepintiera menos. Entre los mártires de Tyburn también encontramos a un monje benedictino, John Roberts, que había recibido su formación sacerdotal en Valladolid y Santiago de Compostela, en una época en la que nuestro país se convirtió en el refugio para aquellos católicos de Inglaterra y Gales que deseaban formarse para el sacerdocio. Encarcelado en diversas ocasiones y tras entregarse a un trabajo agotador cuidando a enfermos de peste, fue finalmente arrestado cuando celebraba misa, encarcelado y martirizado. Y así llegamos hasta el último mártir de Tyburn, Oliver Plunkett, ejecutado el 1 de julio de 1681. Se trataba del obispo de Armagh y Primado de Irlanda y fue condenado a muerte en una farsa de juicio en el que se le declaró traidor

Fue obra pues de estos mártires el transformar Tyburn para siempre, convirtiendo aquel maldito Árbol Mortífero en el Árbol de la Vida y la Puerta del Cielo de Tyburn. Fueron estos mártires los que llevaron un nuevo espíritu a ese terrible lugar, un espíritu de fe y alegría, de esperanza, de perdón e incluso de humor, como el que expresó el primero de los mártires, el cartujo John Houghton, quien momentos antes de que le arrancaran el corazón gritó “Buen Jesús, ¿qué vas a hacer con mi corazón?”. En 1642 el sacerdote Edward Morgan recibió la riña de un oficial porque se mostraba demasiado feliz y relajado; el mártir respondió: “¿Por qué alguien tendría que preocuparse de que vaya al cielo alegre?”. Philip Powel, en 1646, anunció poco antes de morir: “Este es el día más feliz y la mayor alegría que jamás haya vivido, porque he sido traído aquí por ninguna otra causa o razón que porque soy un sacerdote católico romano y monje de la Orden de San Benito”. Y el ya citado San Edmund Campion, rezó desde la misma horca por sus verdugos: “Encomiendo vuestro caso y el mío a Dios Todopoderoso, el Buscador de corazones, para que podamos finalmente ser amigos en el cielo, cuando todas las injurias serán olvidadas”. De este modo, aquel espectáculo sangriento y morboso, si bien mantuvo intacta toda su crueldad, adquirió un nuevo e inédito aire que se transmitió también a los espectadores: cuando Thomas Maxfield fue llevado a Tyburn, en 1616, el patíbulo había sido adornado con guirnaldas de flores y en el suelo alrededor se extendían hierbas fragantes y ramas de laurel.

Concluiremos nuestra incursión en este periodo martirial con dos datos que posteriormente serán relevantes. Por un lado el hecho de que durante los años en que las ejecuciones abundaban, fue el embajador español en Inglaterra quien envío a personas a recoger por la noche tantos restos de los mártires como pudieran, reliquias muchas de ellas reunidas ahora en el convento de Tyburn. Por otro, las palabras proféticas del Padre Gregory Gunne quien, en 1585, hablando de la muerte del Padre Campion, dijo “Llegará el día en que se podrá ver una casa religiosa aquí”. El Padre Gunne también fue apresado y durante su juicio repitió su profecía de que un día se alzaría una casa religiosa en Tyburn para honrar a sus mártires.

La vocación adoratriz de María Adele Garnier

Ahora nuestra historia da un salto en el espacio y en tiempo hasta la Borgoña francesa de mediados del siglo XIX. Allí, en 1838, nacerá María Adele Garnier, quien desde su juventud sintió deseos de entregarse totalmente a Cristo, especialmente a través del sacrificio eucarístico, que se convirtió en el centro de su vida espiritual. Esta entrega se concretó en su determinación de establecer la adoración perpetua al Santísimo Sacramento como modo de expresar plenamente su deseo de ofrecer al Sagrado Corazón de Jesús su merecido homenaje de amor y reparación, tan unidos estaban en el alma de María Adele la Eucaristía y el Sagrado Corazón. Así, nuestra joven francesa se decide a vivir una vida de adoración eucarística como eremita en Montmartre, París, una vida que problemas de salud le obligarán a abandonar. Pero pocos años después, el Sagrado Corazón la llama a fundar una familia religiosa consagrada al culto a la Santísima Trinidad a través de la oración litúrgica y la adoración eucarística: las Adoratrices del Sagrado Corazón de Montmartre, aprobadas en 1898. Poco tiempo pudieron estar en Francia, pues en 1901, como consecuencia de la ley Waldeck-Rousseau, las religiosas tienen que abandonar su país rumbo a Inglaterra.

La fundación del convento de Tyburn

Mientras tanto, Londres se había extendido y el emplazamiento de Tyburn, antes a las afueras de la gran ciudad, quedaba ahora en un lugar céntrico y urbanizado. También habían cesado los martirios y en 1850 se había restablecido la jerarquía católica en Inglaterra. Asimismo, un benedictino había ido recopilando aquellas reliquias de los mártires de Tyburn, salvadas por piadosos cristianos como el embajador español en Inglaterra, que se encontraban dispersas por diferentes lugares y las había ido agrupando en su convento.

Un día de aquel año 1901 el Cardenal Vaughan, arzobispo de Westminster, recibió la carta de un sacerdote solicitándole ayuda y consejo sobre cómo encontrar una casa en la que albergar a las monjas expulsadas de Francia. La Providencia hizo que ese mismo día recibiese una carta de un laico católico, un abogado que sabía que el cardenal estaba bien al corriente de la profecía del Padre Gunne hecha hacía más de tres siglos. Aquel abogado le avisaba de que una casa erigida junto al lugar donde antiguamente se alzaba el Árbol de Tyburn había salido a la venta. El cardenal no lo dudó: esa casa iba a ser para las monjas, que pasaron a ser conocidas como las monjas de Tyburn. Así, bajo los auspicios del cardenal Vaughan, se erigió en 1903 el Convento de Tyburn, que tras la donación de las reliquias recolectadas por los benedictinos, se convirtió en Santuario Nacional de los Mártires de Inglaterra y Gales. Allí vivió hasta su muerte, en 1924, María Adele Garnier, de quien se ha abierto recientemente la causa de beatificación. La fundadora de las monjas de Tyburn siempre tuvo claro el papel de la Divina Providencia en esta fundación, pues veía, en palabras del cardenal Mercier de Malinas,  cómo “la sangre de los mártires de Tyburn en Londres, a quienes aún con vida se les arrancaban los corazones por su amor a Jesús, por su amor al sacrificio de la Santa Misa y por la unidad de la Iglesia, era también la gracia final de su amor sacrificial”.

Así desde hace más de un siglo, en el lugar del martirio de tantos católicos, se adora perpetuamente a Jesús Sacramentado, que muestra de este modo que pese a las apariencias del momento, la victoria es siempre suya. La pequeña iglesia, adornada con los escudos de los mártires que entregaron su vida en Tyburn, gira en torno a la custodia donde se expone el Santísimo en medio de un silencio roto solamente por una campana cada media hora que señala el cambio de su guardia de honor, compuesta por monjas que rezan ininterrumpidamente por la conversión de Inglaterra, la salvación de las almas y el sucesor de Pedro, invocando especialmente la intercesión de los mártires. Además, cada año, el último domingo de abril, cientos de católicos recorren en peregrinación el camino que hicieron antaño los mártires, desde el tribunal de Old Bailey, emplazamiento de la antigua prisión de Newgate, hasta el convento de Tyburn. La procesión transcurre en silencio, encabezada por un crucifijo y concluye con la solemne bendición con el Santísimo Sacramento a la multitud arrodillada en unas calles habitualmente repletas de tráfico. La profecía del Padre Gunne se ha cumplido con creces e irradia aquella gozosa santidad de los mártires sobre todo Londres.

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