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Sábado, Febrero 24, 2018
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

El trabajo por la paz y la lucha contra el hambre

Autor: Fernando CHICA, observador permanente de la Santa Sede ante la FAO

Entre los cánticos de la Sagrada Escritura que la Iglesia ha incorporado a la Liturgia de las Horas, hasta formar parte de nuestra oración habitual y frecuente, se encuentra un estremecedor himno, en el que el profeta Jeremías deja constancia amargamente de la oscuridad que puebla su alma al comprobar la funesta complicidad existente entre el hambre y la guerra: «Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre» (14, 18).

Este sombrío panorama no es algo propio del pasado. Cuando la Iglesia se encuentra con su Señor en la oración litúrgica, no deja de mirar hacia estos dramas de la historia, en cuyos escenarios, impregnados de llanto y dolor, de impotencia y aflicción, continúa también hoy cabalgando el apocalíptico caballo de la muerte, que mata «por medio de la espada y del hambre» (Ap 6, 8). En efecto, en la hora presente, esta vecindad sigue siendo triste actualidad cotidiana. Los conflictos armados —que con frecuencia tienen su origen en la pobreza de los pueblos, acuciados por los mil rostros que presenta la miseria humana, entre ellos el del hambre— se vuelven más trágicos todavía cuando este cruel flagelo es usado como arma de guerra. Las agencias especializadas de Naciones Unidas afirman que, en la actualidad, son unos 800 millones los hombres y mujeres que viven bajo el despiadado yugo de la inseguridad alimentaria. En los estudios que se manejan hay datos que nos hacen ver que, a menudo, la falta de comida va unida a enfrentamientos y discordias, o se ve agravada por las enfermedades y otras calamidades provocadas por esas desalmadas beligerancias, no pocas veces interminables y sordas, que extenúan a la población, impidiéndole el acceso al alimento que precisa. Se suceden, en los últimos meses, los llamamientos a la comunidad internacional sobre la imperiosa necesidad de afrontar la mayor crisis humanitaria desde 1945. Es la que sufren Sudán del Sur, Nigeria, Somalia y Yemen: sus gentes, ya damnificadas por la sequía persistente en África Oriental, son víctimas de conflictos que, para colmo, se dan entre hermanos. Asistimos a una espiral de violencia que se ceba sin piedad alguna con los más indefensos y débiles de esas naciones. En ellas podrían morir hasta 20 millones de personas en los próximos seis meses si no se toman medidas perentorias, como ha advertido recientemente el profesor José Graziano da Silva, director general de la FAO.

Un año después, en 1996, el Pontificio Consejo Cor Unum, en un memorable documento, titulado “El hambre en el mundo. Un reto para todos: el desarrollo solidario”, hablando de las causas de esta lacra, afirmaba: «La privación de alimentos se ha utilizado a lo largo de la historia, ayer y hoy, como arma política y militar. Así pueden perpetrarse verdaderos crímenes contra la humanidad» (n. 16). En este contexto, tras pasar revista a varios casos concretos, se refieren actitudes y acciones para examinar la propia conciencia en orden a ser agentes activos de concordia y justicia. Para ello, el susodicho documento señala dos “perlas preciosas”: la necesaria «reforma del corazón del hombre» (n. 64) y la paz como «equilibrio de los derechos» (n. 28), pues «una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de fuerzas, sino de un equilibrio de derechos». Dentro de poco va a cumplirse el primer aniversario de la visita que el Papa Francisco cursó a la sede del Programa Mundial de Alimentos (13 de junio de 2016). En el discurso que pronunció en esa ocasión, el Sucesor de Pedro evidenció cómo «últimamente las guerras y las amenazas de conflictos es lo que predomina en nuestros intereses y debates». El Pontífice puso de relieve que «las armas han alcanzado una preponderancia inusitada, de tal forma que han arrinconado totalmente otras formas de solucionar las cuestiones en pugna». «Así —subrayaba el Obispo de Roma—, mientras las ayudas y los planes de desarrollo se ven obstaculizados por intrincadas e incomprensibles decisiones políticas, por sesgadas visiones ideológicas o por infranqueables barreras aduaneras, las armas no; no importa la proveniencia, circulan con una libertad jactanciosa y casi absoluta en tantas partes del mundo». La conclusión de este fenómeno es que «de este modo, son las guerras las que se nutren y no las personas. En algunos casos la misma hambre se utiliza como arma de guerra». En aquella circunstancia llamó mucho la atención que el Santo Padre insistiera en «la excesiva información» con la que contamos y que va generando paulatinamente la «naturalización de la miseria»; es decir —p re c i s ó — «poco a poco nos volvemos inmunes a las tragedias ajenas y las evaluamos como algo natural». Su Santidad desenmascaraba de esta manera uno de los dinamismos que, en nuestro tiempo, contribuyen a la «globalización de la indiferencia», de forma que se agudizan y prolongan los grandes dramas humanos. Para acabar con ellos de modo categórico se requiere tanto una audaz voluntad política como el incremento de la solidaridad mundial, pero es fundamental, sobre todo, esa «reforma del corazón» auspiciada por Cor Unum en el citado documento de 1996. Si no se da un radical cambio de mentalidad, si el hombre no abandona de una vez por todas el deplorable camino del rencor y la pugna insensata, los gritos y las tribulaciones de los postergados de este mundo nunca terminarán, y el hambre y la guerra seguirán aliándose vilmente para mal de muchos. Por eso, hoy más que nunca, el trabajo por la paz se vuelve una urgencia en la lucha contra el hambre. Para que esto sea una feliz realidad, viene en nuestra ayuda una de las más profundas oraciones que compuso el gran poeta David María Turoldo: «Señor, sálvame de la indiferencia, de este anonimato de hombre adulto. Es el mal que sufrimos sin tener conciencia de ello. Es la muerte de cada religión y de cada posibilidad lírica para la creación; la indiferencia y la ausencia del espíritu son la causa de nuestra esclavitud y decadencia» (Il sapore del pane, Cinisello Balsamo 2002, 11).

*Artículo publicado en L'Osservatore Romano el 19.5.2017

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