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Jueves, Junio 29, 2017
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La frase del día: 

"Solo el que sirve con amor sabe custodiar"
Papa Francisco

La necesaria coherencia del Magisterio con la Tradición

Autor: Claudio PIERANTONI, filósofo

En esta intervención examinaremos primero y en forma breve la historia de dos Papas de la antigüedad, Liberio y Honorio, quienes por diferentes motivos fueron acusados de desviarse de la Tradición de la Iglesia, durante la larga controversia trinitaria y cristológica que comprometió a la Iglesia desde el siglo IV al siglo VII.

A la luz de las reacciones del cuerpo eclesial frente a estas desviaciones doctrinales, examinaremos luego el debate actual que se ha desarrollado en torno a las propuestas del papa Francisco en la exhortación apostólica «Amoris laetitia» y a las cinco «dubia» planteadas por los cuatro cardenales.

1. El caso de Honorio

Honorio I fue el único Papa que ha sido formalmente condenado por herejía. Estamos en las primeras décadas del siglo VII, en el contexto de la controversia sobre las dos voluntades de Cristo. Honorio sostenía la doctrina de la única voluntad de Cristo, el «monotelismo», la cual fue declarada posteriormente en contradicción con el dogma de las dos naturalezas, la divina y la humana, doctrina sólidamente fundamentada sobre la base de la revelación bíblica y solemnemente sancionada en el año 451 por el Concilio de Calcedonia.

Aquí presentamos el texto con el cual, en el 681, luego de su muerte, el sexto concilio ecuménico, el Tercer Concilio de Constantinopla, lo condenó junto con el patriarca Sergio:

«Examinadas las cartas dogmáticas escritas por Sergio, en su momento patriarca de esta ciudad imperial,… y la carta con la que Honorio respondió a Sergio, y constatado que no son conformes a las enseñanzas apostólicas y a las definiciones de los santos Concilios y de todos los ilustres santos Padres, que por el contrario siguen las falsas doctrinas de los herejes, las rechazamos y las condenamos como corruptas».

2. El caso de Liberio

Liberio, por el contrario, fue Papa en uno de los momentos más delicados de la controversia arriana, a mitad del siglo IV. Su predecesor, Julio I, había defendido tenazmente la fe establecida por el Concilio de Nicea, del año 325, que declaró al Hijo consustancial al Padre. Pero Constancio, emperador de Oriente, apoyó la posición mayoritaria de los obispos orientales, contrarios a Nicea, que según ellos no dejaba espacio para la diferencia personal entre el Padre y el Hijo. Hizo raptar, deponer y enviar al exilio, en Tracia, al Papa, quien después de casi un año terminó por ceder.

De este modo Liberio renegó de la fe de Nicea y llegó a excomulgar a Atanasio, quien era el más significativo defensor. Ahora dócil al emperador, Liberio obtuvo el permiso de volver a Roma, donde fue restablecido como obispo. En los meses que siguieron, todos los prelados filoarrianos que habían hecho carrera gracias al favor de Constancio consolidaron su poder en las principales sedes episcopales. Éste es el momento en el que, según la famosa frase de san Jerónimo, «el mundo se lamentó de haberse convertido en arriano». De los más de mil obispos que contaba el cristianismo, solamente tres se mantuvieron irreductibles en el exilio: Atanasio, de Alejandría; Hilario, de Poitiers, y Lucifer, de Cagliari.

Pero Constancio murió imprevistamente, en el año 361, y subió al trono imperial Juliano, luego llamado el Apóstata, quien impuso el retorno del Estado romano al paganismo, canceló de un golpe toda la política eclesiástica de Constancio y permitió a los obispos exiliados retornar a la patria. Libre de amenazas, el papa Liberio envió una encíclica que declaraba inválida la fórmula aprobada por él anteriormente y exigía de los obispos de Italia la aceptación del Credo de Nicea. En el año 366, en un sínodo celebrado en Roma poco antes de morir, tuvo incluso la alegría de obtener la firma del Credo de Nicea por parte de una delegación de obispos orientales. Apenas murió fue venerado como confesor de la fe, pero rápidamente se interrumpió su culto, a causa del recuerdo de su defección.

A pesar de sus diferencias, los dos casos de Liberio y de Honorio tienen en común un atenuante: es el hecho que las respectivas desviaciones doctrinales tuvieron lugar cuando todavía estaba en curso el proceso de fijación de los respectivos dogmas, el trinitario en el caso de Liberio y el cristólogico en el caso de Honorio.

3. El caso de Francisco

Por el contrario, la desviación doctrinal que se está verificando durante el pontificado actual tiene un agravante, porque no se contrapone a doctrinas poco claras o en vías de fijación, sino a doctrinas que, además de estar sólidamente ancladas en la Tradición, también ya han sido exhaustivamente debatidas en las décadas pasadas y aclaradas en detalle por el magisterio reciente.

Ciertamente, la desviación doctrinal en cuestión ya estaba presente en las décadas pasadas y con ella, entonces, también el cisma subterráneo que aquélla significaba. Pero cuando se pasa de un abuso a nivel práctico a su justificación a nivel doctrinal a través de un texto del magisterio pontificio como «Amoris laetitia» y a través de declaraciones y acciones positivas del mismo pontífice, la situación cambia radicalmente.

Veamos, en cuatro puntos, el progreso de esta destrucción del depósito de la fe.

Primero

Si el matrimonio es indisoluble, pero también en algunos casos se puede dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, parece evidente que esta indisolubilidad ya no es considerada absoluta, sino solamente una regla general que puede sufrir excepciones.

Ahora bien, esto, como ha explicado el cardenal Carlo Caffarra, contradice la naturaleza del sacramento del matrimonio, que no es una simple promesa, aunque solemne, hecha frente a Dios, sino una acción de la gracia que actúa al nivel propiamente ontológico. En consecuencia, cuando se dice que el matrimonio es indisoluble, no se enuncia simplemente una regla general, sino que se dice que el matrimonio no puede disolverse ontológicamente, porque en él está contenido el signo y la realidad del matrimonio indisoluble entre Dios y su Pueblo, entre Cristo y su Iglesia. Este matrimonio místico es justamente la finalidad de todo el plan divino de la creación y de la redención.

Segundo

El autor de «Amoris laetitia» eligió insistir, en su argumentación, más bien sobre el lado subjetivo de la acción moral. El sujeto, dice, podría no estar en pecado mortal porque, por distintos factores, no es consciente que su situación es un adulterio.

Pero esto que en líneas generales puede suceder sin más, en la utilización que hace de ello «Amoris laetitia» conlleva por el contrario una contradicción evidente. En efecto, es claro que los tan recomendados discernimiento y acompañamiento de las situaciones particulares contrastan directamente con el supuesto que el sujeto permanece, indefinidamente, inconsciente de su situación.

Pero el autor de «Amoris laetitia», lejos de percibir tal contradicción, la impulsa hasta el ulterior absurdo de afirmar que un discernimiento profundo puede llevar al sujeto a tener la seguridad que su situación, objetivamente contraria a la ley divina, es precisamente lo que Dios quiere de él.

Tercero

Recurrir al anterior argumento, a su vez, revela una peligrosa confusión que, además de la doctrina de los sacramentos, llega a menoscabar la noción misma de la ley divina, entendida como fuente de la ley natural y reflejada en los Diez Mandamientos: ley dada al hombre y como tal apta para regular sus comportamientos fundamentales, no limitados a circunstancias históricas particulares, sino fundamentados en su misma naturaleza, cuyo autor es precisamente Dios.

En consecuencia, suponer que la ley natural puede soportar excepciones es una verdadera y auténtica contradicción, es una suposición que no comprende su verdadera esencia y por eso la confunde con la ley positiva. La presencia de esta grave confusión está confirmada por el ataque reiterado, presente en «Amoris laetitia», contra los leguleyos, los presuntos «fariseos» hipócritas y duros de corazón. En efecto, este ataque revela un malentendido completo de la posición de Jesús respecto a la ley divina, porque su crítica al comportamiento farisaico se funda justamente sobre una clara distinción entre la ley positiva – los «preceptos de los hombres» – a los que son tan apegados los fariseos, y los Mandamientos fundamentales, que por el contrario son el primer requisito, irrenunciable, que Él mismo pide al que aspira a ser su discípulo. Sobre la base de este equívoco se comprende el verdadero motivo por el cual, luego de haber insultado a los fariseos, el Papa termina por alinearse de hecho con su misma posición a favor del divorcio, contra la posición de Jesús.

Pero yendo todavía más a fondo, es importante observar que esta confusión desnaturaliza profundamente la esencia misma del Evangelio y su necesario arraigo en la persona de Cristo.

Cuarto

En efecto, según el Evangelio, Cristo no es simplemente un hombre bueno que vino al mundo para predicar un mensaje de paz y justicia. Él es antes que nada el Logos, el Verbo que existía en el principio y que se encarna en la plenitud de los tiempos. Es significativo que Benedicto XVI, desde su discurso «Pro eligendo romano pontifice», haya hecho justamente del Logos la piedra angular de su enseñanza, no por casualidad combatida a muerte por el subjetivismo de las teorías modernas.

Ahora bien, en el ámbito de esta filosofía subjetivista se justifica uno de los postulados más apreciados por el papa Francisco, según el cual «la realidad es superior a la idea». De hecho, una máxima como ésta tiene sentido solamente en una visión en la cual no pueden existir ideas verdaderas, que no sólo reflejen fielmente la realidad, sino que puedan también juzgarla y dirigirla. Tomado en su totalidad, el Evangelio supone esta estructura metafísica y gnoseológica, en la que la verdad es en primer lugar adecuación de las cosas al intelecto, y el intelecto es en primer lugar el divino, justamente el Verbo divino.

En esta atmósfera se comprende cómo es posible que el director de «La Civiltà Cattolica» afirme que es la pastoral, la praxis, la que debe guiar la doctrina y no al revés, y que en teología «dos más dos pueden ser cinco». Se explica por qué una señora luterana puede recibir la comunión junto al esposo católico: de hecho, la praxis, la acción, es la de la Cena del Señor que ellos tienen en común, mientras que aquello en lo que difieren son sólo «las interpretaciones, las explicaciones», en síntesis, simples conceptos. Pero se explica también cómo, según el superior general de la Compañía de Jesús, el Verbo encarnado no estaría en condiciones de ponerse en contacto con sus creaturas a través del medio elegido por él mismo, la Tradición apostólica: en efecto, sería necesario saber qué es lo que ha dicho verdaderamente Jesús, pero no podemos, dice, «desde el momento que no hubo un grabadora».

Yendo todavía más a fondo, en esta atmósfera, se explica en última instancia cómo el Papa no puede responder «sí» o «no» a las «dubia». Si en efecto «la realidad es superior a la idea», entonces el hombre no tiene ni siquiera necesidad de pensar con el principio de no-contradicción, no tiene necesidad de principios que digan «esto sí y esto no» y ni siquiera debe obedecer a una ley natural trascendente que no se identifica con la realidad misma. En síntesis, el hombre no tiene necesidad de una doctrina, porque la realidad histórica se basta a sí misma. Es el «Weltgeist», el Espíritu del Mundo.

4. Conclusión

Lo que salta a la vista en la situación actual es justamente la deformación doctrinal de fondo que, a pesar de ser hábil para esquivar formulaciones directamente heterodoxas, maniobra sin embargo en forma coherente para llevar adelante un ataque no sólo contra los dogmas particulares como la indisolubilidad del matrimonio y la objetividad de la ley moral, sino directamente contra el concepto mismo de la recta doctrina y, con ello, de la persona misma de Cristo como Logos. La primera víctima de esta deformación doctrinal es precisamente el Papa, que me atrevo a hipotetizar que es muy poco consciente de ella, víctima de una alienación generalizada y epocal de la Tradición, en amplios estratos de la enseñanza teológica.

En esta situacion, las «dubia», estas cinco preguntas presentadas por los cuatro cardenales, han puesto al Papa en un callejón sin salida. Si respondiera negando la Tradición y el magisterio de sus antecesores, pasaría a estar también formalmente hereje, entonces no puede hacerlo. Si, por el contrario, respondiera en armonía con el magisterio anterior, entraría en contradicción con gran parte de las acciones doctrinalmente relevantes llevadas a cabo durante su pontificado, por eso sería una decisión muy difícil. Ha elegido entonces el silencio, porque humanamente la situación puede parecer sin salida. Pero entre tanto se extienden en la Iglesia la confusión y el cisma «de hecho».

A la luz de todo esto, se vuelve entonces más que nunca necesario un ulterior acto de valentía, de verdad y de caridad, por parte de los cardenales, pero también de los obispos y luego de todos los laicos calificados que quisieran adherir. En una situación tan grave de peligro para la fe y de escándalo generalizado, no sólo es lícita sino directamente obligatoria una corrección fraterna francamente dirigida a Pedro, por su bien y por el de toda la Iglesia.

Una corrección fraterna no es ni un acto de hostilidad, ni una falta de respeto, ni una desobediencia. No es otra cosa que una declaración de la verdad: «caritas in veritate». Antes de ser Papa, el Papa es nuestro hermano.

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